"'El guachimán' intenta tantear una vía que no resulta novedosa pero sí significativa"

Crítica de “El guachimán”, película dirigida por Gastón Vizcarra que varía el menú del cine peruano apelando a la comedia

(YouTube)

Por Ricardo Bedoya

En el Perú nunca existió una industria de cine. Por eso, no se asentaron tradiciones fílmicas, ni se formaron precedentes, ni se establecieron géneros, ni se crearon nexos sólidos de comunicación con las audiencias. Cada película peruana debió construir a su propio espectador, como sucede hasta hoy.

En los años treinta, al influjo de las nacientes industrias del cine sonoro latinoamericano en Argentina y México, se hizo entre nosotros un cine de acentos criollos, tramas melodramáticas, personajes populares y nostalgia por ambientes y lugares en trance de desaparición a causa de los embates de la modernidad y los cambios en la fisonomía de Lima. En los años 70, luego de la ley de cine dictada por la dictadura militar, llegó al cine una promoción de realizadores debutantes que buscaban movilizar a los espectadores jóvenes y urbanos mediante los recursos de la identificación con sus formas de ser, hablar y comportarse, en relatos marcados por los signos más o menos atenuados de un neocostumbrismo. Ahí están “Cuentos inmorales” y “Aventuras prohibidas”, entre otras.

Han pasado años y décadas y el cine peruano aún busca a ese espectador, hoy más esquivo que antes. Mejor, busca un tipo de película que sustente la comunicación con un público amplio, popular, que no se interesa por las búsquedas estilísticas ni por las derivas del cine de autor apoyado por los fondos internacionales europeos de producción, ligados a los festivales. “El guachimán” intenta tantear una vía que no resulta novedosa pero sí significativa.

Si, por ejemplo, “La teta asustada” es representante de un tipo de coproducción europea globalizada, “El guachimán” apela a la otra coproducción, a la que integra a una empresa exhibidora peruana con una distribuidora internacional de películas en mercados latinos de Estados Unidos y otros. En ambos casos, las películas dejan ver las huellas de sus orígenes.

“El guachimán” trata de hablar el esperanto del sketch humorístico audiovisual acuñado por las prácticas televisivas de aquí y de allá, desde los tiempos de Jorge Porcel, Alberto Olmedo e incluso antes. Es decir, ilustra una anécdota simple, la del ‘tonto’ que resulta ser más vivo que todos, con las rutinas cómicas del sainete de barrio, el chiste verbal en tres tiempos y las estancias del protagonista en los espacios de la supeditación y el desquite, es decir, los del ‘jefecito’ exigente y estereotipado y los del goce con las prostitutas.

En “El guachimán”, el cuento del ser envidiable mientras ‘quema’ miles de dólares se torna mediático y todos entonan su canción de gesta. En la peripecia, se baja y se sube por una ciudad que es Lima, pero podría ser cualquier otra de América Latina en estos tiempos de fusión: desde los cerros hasta los distritos costeros y de ahí a las alturas de la habitación de un hotel caro. Pero la trayectoria simbólica del guachimán siempre es ascendente porque es el sentido de la fábula que aspira a globalizarse en el mercado anónimo del DVD latino: el guiño del personaje hacia el final dice todo acerca de la moral triunfal del arte de arreglárselas.

El director Gastón Vizcarra tiene un corto, “Ukuku” (2009), interesante y original, que deja ver posibilidades que no se confirman en su primer largo. Tal vez porque a “El guachimán” le pesan en demasía esos lugares comunes que debe colocar justo ahí para lograr la complicidad del público. Chirrían, por ejemplo, algunas actuaciones estereotipadas en el sentido más teatral o televisivo. Lo mejor: la aparición fóbica de Anahí de Cárdenas. Esperemos la segunda película de Vizcarra.

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