CRÓNICA: Joe Cocker, el gigante que diseccionó el corazón de Lima

Descarnado, crudo y nostálgico. Revive el concierto que ofreció en nuestra capital uno de los grandes del rock

(Video: elcomercio.pe)

MARÍA PÍA BARRIENTOS @pia_barrientos
Redacción online

Cerca de 3.000 personas lo esperan impacientes. Él se demora sacándole la lengua a todos los que piensan que los ingleses siempre han de ser puntuales. Llega 45 minutos tarde a la cita. Detrás de él solo un gran banner con su nombre. Dos coristas, una bajista, un guitarrista, dos tecladistas, un baterista, un multi. Se enciende el motor. Empieza el ronroneo.

No se ve igual. Pesa más y una abultada barriga se asoma detrás de su camisa negra. Prácticamente está calvo, canoso, viejo. Lima lo mira desconfiada por una milésima de segundo. Luego, Joe Cocker empieza a cantar y el pequeño cosmos que se reunió en el Jockey Club para verlo brillar se queda mudo. Es el mismo, es el grande. “God bless Lima” (“Dios bendiga a Lima), exclama y comienza con su trabajo, con su arte.

Sus manos continúan moviéndose sin parar. Sus dedos dibujan teclados imaginarios, sus brazos emulan guitarras invisibles. Se contraen, se elevan, se mueven epilépticas. Hipnotizan. Su voz, y esto es lo más importante, lo inunda todo. Y nos olvidamos que ya tiene 67 años, que ya no usa polos psicodélicos, que mucha agua pasó debajo del puente. Su voz rasga, penetra, disecciona, abre, rompe, corta y se inserta adentro, muy adentro. A veces parece emular a una sierra eléctrica, otras a un bisturí que sabe exactamente qué hacer para conseguir milagros.

“Hitchcock Railway” entona para empezar. “Feelin’ Alright”, continúa. Luego salta con los dos pies y cae, pesado. Se ve que le cuesta. No importa, es el rey de la noche, se ha ganado a pulso su puesto y puede hacer lo que le venga en gana. “The Letter”, continúa, mientras sus coristas hacen lo suyo y él aprovecha para hacer gala de su voz inusual, repleta de matices, poseída por los claroscuros, extrema y por eso seductora.

Lima cae redondita en su juego. Entra en trance. Muchos cierran los ojos, mientras mueven frenéticamente las cabezas, los pies, las manos. Tal vez intentan transportarse a Woodstock 69. No es difícil. Joe Cocker suena igual, incluso mejor. Hay vinos que se ponen mejor con los años. Lima está en trance.

El hombre que se hizo famoso haciendo covers a su estilo y superando a los autores originales de las canciones de su repertorio no se ve cansado. Cuando canta no tiene edad. Toma agua después de cada canción. Gasolina para su motor. Antídoto para su garganta que no se cansa, que raspa, que se da toda, sin miramientos, a la que parece no importarle nada, que no tiene límites. Decide que es tiempo de hacer que Lima termine de rendirse a sus pies.

CLÍMAX
A partir de la séptima canción comienza lo mejor. “Up Were We Belong”, entona de frente. Romántico, pero crudo disecciona a sus comensales, se mete en sus corazoncitos melancólicos y los hace añicos. “Hard Knocks”, viene después. “Come Together”, prosigue, para luego mostrar su cara más seductora y pérfida con “You can leave your hat on”. Las coristas se zarandean al ritmo de la música. Lima se excita. “Unchain my heart” le canta luego casi al oído, para luego darle la estocada demoledora y terminar de hacer trizas a su hinchada. “With a Little Help from My Friends”, entona.

Lima por fin se para de su silla y recuerda con nostalgia y siente que ve su niñez, esa que tal vez estuvo acompañada por Kevin Arnold de ‘Los años maravillosos’ o cuando soñaba con ser hippie e ir a Woodstock y ver a Joe Cocker en vivo y cantar junto a él su canción más emblemática. Lima se pone nostálgica.

Luego se va. Sin despedirse. Lima lo llama, lo aclama y regresa, le canta tres canciones más, incluída “Cry me a river” de la gran Ella Fitzgerald. Se vuelve a retirar. Lima le vuelve a reclamar y él regresa una vez más para darle en la yema del gusto. Con “Long as I Can See the Light” termina todo. “Gracias. Ha sido un placer”, afirma. Luego nos promete regresar. Esperemos que el tiempo le alcance.

Y así fue. No fue largo, pero sí conciso, directo y descarnado, así como lo imaginábamos. Probablemente mejor. El camaleón capaz de cantar rock, blues y baladas. Capaz de excitar, de conquistar, de ponernos románticos, furiosos o nostálgicos llegó y creó nudos en las gargantas y olas de nostalgia.