Manu Chao, el rey de la selva y el festival más libertario que Lima vivió

Revive aquí el evento que reunió a lo mejor y más explosivo de la música peruana y a 2 de los más jugosos representantes de la música del mundo

(Video: elcomercio.pe)

MARÍA PÍA BARRIENTOS @pia_barrientos
Redacción Online

Pasadas las 12 de la noche. La camiseta naranja muestra su pecho de trovador. Los botones ya cedieron hace rato. La mano cargada con el pesado micrófono golpea el torso expuesto una vez más. El sonido seco vuelve a retumbar en los oídos creyentes de más de 10,000 bailarines poseídos por la música. Pum. Pum. Pum pum. Pum. Pum. Lima es una fiesta sangrante y jodidamente viva. Mientras tanto, Manu Chao, el francés, continúa con su rito de rey de la selva y encaja, con el micrófono en la mano rabiosa, otro golpe certero a la altura del corazón, ese que todos parecemos oír retumbar gracias a su masoquista percusión. La multitud ruge por él. Baila por él. Se contorsiona en su nombre y ‘poguea’ en su honor. Manu Chao ha vuelto después de 12 años.

EL INICIO
4:45 p.m. Los pies corren. Se deben estar perdiendo de algo que vale la pena. Afuera, decenas tratan de vender su arte, de mostrar lo suyo, de probar que si les da la gana pueden ser hippies en pleno siglo XXI. Venden vinchitas, aretes, panes. Están sentados en el piso, encima de pareos. Hasta hacen ‘picnics’. Lima se ve diferente.

Adentro un mar de gente espera en las colas de chela. Otros, tirados en el pasto, dibujan formas extrañas con las manos. Veo ‘dreads’, pelos largos, rubios, verdes, negros, dos turcos, tres noruegos, gordos, flacos, guapos, lacios, cholos, zambos, chinos, modelitos, blancos, extranjeros. Hay de todo. ¿Y lo más raro de la ensalada? Están todos juntos. En un mismo espacio. En una misma parcela de tierra. Junto a una misma fuente, en un mismo parque, en un mismo centro. Rozando sus cuerpos contra el que está al costado. Lima es fusión, es mezcla. Eso sí, es joven y pujante y parece tener varias cosas que decir. Lima es más multicultural que nunca y anoche le provocó gritarlo.

ELLOS
La farra comenzó a eso de las 2 de la tarde. Lima, la altiva, estaba lista para vibrar y para alocar hasta no poder más. Tribal de Manongo Mujica fue el primero y fungió de aquellos previos certeros que anuncian que lo que vendrá será gigantesco.

Nostálgico, tenue e irreverente, así se mostró Kanaku & el tigre, el cual encandiló al estilo de un trago de Ayahuasca a la multitud con sus canciones integradoras.

Totó la Momposina, quien cantara junto a Calle 13 y Susana Baca en “Latinoamérica”, ingresó con colombianísimo punche para sacarle la lengua a los que no la conocían y afirmaban que su nombre no les inspiraba confianza. Prejuicios y más prejuicios. Con pañuelo en la cabeza, la originaria del estado colocho de Talaigua Nuevo hizo bailar a una Lima que se calentaba, a un cielo que amenazaba con ceder. Lima despidió la tarde zapateando, moviendo las anchas caderas al ritmo de la cumbia, el folclore, la chalupa y el porro (ojo, es un tipo de música) de la Momposina, en el que fue, en la opinión de la mayoría, uno de los mejores números del Festival de los 7 Mares.

Sabor y Control inoculó una sandunguera descarga en las venas de los asistentes. Bareto, sus nuevas y más reflexivas canciones (como “Camaleón”) y su sabor de siempre vendría después para que la multitud siga rumbeando.

Un video aterrizó después. ‘Lima Milenaria’, rezaba y nos presentaba una oda a la rica ciudad en la que habitamos. Lejos quedaron las imágenes del “peruano oprimido” que “largo tiempo la cadena arrastró”. Este peruano, indio, cholo y bravo ya no tiene que levantar ninguna “humillada cerviz”. Tiene la frente en alto desde hace rato y por ahora solo quiere bailar y gozar de sus ritmos, de su música.

Lima aplaudió de pie. Luego irrumpió La Sarita. Tan combativa como siempre, ensartaría las balas que le provocaran en los corazones abiertos de los danzantes que en la multitud lo ensalzaban. Y cantó como siempre “Guachimán” y gritó “Más poder” y salieron los danzantes de tijeras y Julio Pérez se puso la máscara de diablo y empezó a patear pelotas al público mientras las luces enceguecían a la mayoría y las pantallas amenazaban con hacer que perdiéramos la cabeza. Dengue Dengue Dengue pasó a continuación para hacernos explotar. Con coloridas máscaras y desafiantes gráficos en las pantallas, los DJ (como lo hicieran antes de ellos Dj Elegante y La Imperial, Dj Dinguisman y Pulso Danza, Dj Loko Bonó, entre otros) permitieron que la temperatura no bajara. Para lograr su objetivo hasta tropicalizaron a Mario Bros. ¿Cómo? Haz clic aquí. Mientras, los bailarines desafiaban a una lluvia que en vez de tranquilizarlos los obligaba a moverse todavía más frenéticamente.

Lima se mezclaba, se licuaba, se extendía, se condensaba y mutaba. Cada vez perdía más el control. Se dejaba llevar. Olvidaba la gravedad. Empezaba a saltar. Gritaba descarnada mientras seguía zarandeándose. El tiempo pasaba. Ella no parecía tener intenciones de parar. Las 10:45 anunció el reloj. La hora había llegado.

ÉL
Entra saltando. Con todas las pilas puestas agarra el micro convencido. Luce igual. Esta tierra lo extrañó. Para muchos es la primera vez que lo tienen al frente. Respiramos hondo.

“¿Qué cosa quiere Lima?”, pregunta picarón Jose Manuel Arturo Tomás Chao, Manu Chao. El francés, descendiente de vascos y gallegos. Lima sabe lo que quiere. Lo desea a él.

Y el señor hace caso a los telepáticos pedidos de su juvenil hinchada. Y empieza su rumba loca. Y no para. Lo combina todo, lo amasa, lo engancha. “Bienvenida a Tijuana”, entona como para saludar a Lima, la divertida, la loca, la demencial.

INTERMINABLE CANCIÓN DE LIBERTAD
¿Cómo describir, explicar y reproducir el ‘setlist’ de una presentación que por más de dos horas y media no paró nunca? Manu Chao no dio tregua. Mezcló sus más representativas melodías en lo que se sintió como una sola y larguísima canción en la que todo terminó por encajar. Vimos como algo nuevo se formaba gracias al cerebro, las manos y la voz de este ciudadano del mundo que cerraba con broche de oro el festival de la multiculturalidad.

“Me gustas tú”, nos confesó. “Se esfuerzan la máquinas”, decía una y otra vez. “Mala Vida”, concretaba, “Bongo Bong”, vibraba. “La despedida”, se demoraba en sonar, porque el francés, descendiente de vascos y gallegos que hoy vive en Barcelona se negaba a irse. El público no lo dejaba.

LA CONGA DE MANU CHAO
Paró en seco por un segundo. “Los compañeros de Cajamarca ahora van a hablar, ¿sí?”, dijo sin esperar una respuesta que de todas formas recibió. “Conga no va”, se escuchó potente.

Luego salieron a hablar por lo que creen justo. “Por los hermanos de Bagua, por los amigos de la tierra (…) Eso a lo que llaman desarrollo está perjudicando a miles de comunidades y Cajamarca dice basta”, gritó el interlocutor desde el escenario. Unos silbidos en son de protesta se escucharon. Los aplausos vinieron después. “Conga no va”, se volvió a oír. Era un día para decir libremente lo que se piensa, un día para ser rebeldes, para no bajar la cabeza. “Clandestino”, entonó luego el ex líder de Mano Negra, la banda que creó junto a su hermano y su primo en 1987 y le dio una estocada a los que a veces no vemos a quienes están al frente, a quienes algunas veces preferimos voltear la cabeza para no mirar directamente eso que nos duele. “Desaparecido” también llegó para visibilizar a los que muchas veces ocultamos.

La canción eterna del hombre que se atrevía a cantar en francés, español e inglés continuaba ininterrumplible. “Se esfuerzan las máquinas”, entonaba una vez más. Luego y sin previo aviso se despidió. Lima aplaudió acompasada. “Tengan un poquito de paciencia y espérenme. Ya vuelvo”, dijo franco como siempre.

EL FINAL
Lima no se callaba. Pogueaba, se contorsionaba, lo aplaudía y lo esperaba. Cumplió su promesa y regresó una vez más, con la misma ropa.

Los pies se revelaban aniquilados y las rondas se volvían cada vez más extrañas. Pero ahí estaban. Vivos. De pie. Cansados, pero contentos, mientras una lluvia desafiante y sumamente inusual en una ciudad casi desértica caía como dardos para alentar a los exhaustos.

Y Manu Chao, el libertario, el político, el hombre que por 12 años no nos cantó, continuaba como para pagar su deuda. Como para recompensarnos por el olvido, por el no habernos visitado por tanto tiempo. “La despedida” nos cantó. Tras ir y regresar y saltar y abrazar a sus músicos, y agradecer a la eufórica Lima, el explosivo cantante de 50 años, casi a la 1 de la mañana, por fin cedió. Manu Chao nos dijo adiós. Lima continuaba saltando contenta, extasiada. Junta.

Chau, Lima fragmentada. Hola a una ciudad que ahora puede juntarse, más hermana que nunca, a bailar hasta no poder más. Una ciudad que hoy se celebra por multicultural y cosmopolita (nunca vi tantos extranjeros en un concierto aquí) y en la que no todos somos iguales, pero sí valemos lo mismo. Manu Chao, el libertario, ayer nos enseñó lo que podemos hacer. Y terminó la rumba, la farra, la juerga, la chupeta. Y los pies están exhaustos, pero el corazón está contento y eso, como siempre, es lo que importa.