¿Cómo cambió el mundo el ataque terrorista del 11-S?

Luego de lo sucedido en setiembre del 2001, el historiador inglés Timothy Garton Ash escribió: “Será un acontecimiento que cambiará el curso de la historia”

¿Cómo cambió el mundo el ataque terrorista del 11-S?

JORGE MORENO

A las 8:46 de la mañana del 11 de setiembre de hace 10 años, cuatro vuelos comerciales fueron secuestrados por igual número de comandos suicidas islámicos, quienes los estrellaron, dos de ellos contra las Torres Gemelas del World Trade Center (Nueva York), y uno contra el Pentágono (Washington). El cuarto avión, que se estrelló en un paraje de Pensilvania, no logró su objetivo gracias a que los propios pasajeros decidieron enfrentarse a los terroristas y evitar así que alcanzara su objetivo. Solo en los atentados de Nueva York más de 3.000 personas, incluidos los 19 terroristas. Fue un día que cambió la historia.

Tres días después de ocurrida esa masacre, el historiador y columnista británico Timothy Garton Ash sentenció: “el 11 de setiembre del 2001 marcaba el inicio del siglo XXI. Así, de un modo trágico y funesto, anticipo de más días trágicos y funestos, empezaba nuestro siglo hace diez años. Luego vendrían los ataques en Madrid (2004) y en Londres (2005) con cientos de muertos y miles de heridos. De este modo, la brecha que entre Oriente y Occidente se abrió, primero con las cruzadas y luego con la invasión napoleónica en el corazón mismo del islam en el siglo XIX, terminó por separarlos definitivamente. O, al menos, por hacer más difícil la comunicación entre dos mundos totalmente opuestos en todos los aspectos. Para un pueblo tan arraigado en su historia y sus costumbres como el musulmán, las guerras de Afganistán e Iraq son solo la continuación de esas dos primeras invasiones de Occidente a su mundo”.

Una década después, ¿cómo cambió nuestras vidas ese suceso? No importa desde que perspectiva lo veamos ni desde que punto de vista lo analicemos; lo evidente es que todo cambió y nosotros también. Desde los aspectos más sencillos de nuestras vidas hasta los más complejos, nada resultó ajeno a esa fecha.

Nuestras diferencias se volvieron más insalvables que nunca, nuestros prejuicios se ahondaron todavía más y nuestro temor al ‘otro’ creció ilimitadamente. Ese fatídico día el mundo entero contuvo la respiración mientras sin darse cuenta contemplaba, perplejo, cómo la historia cambiaba de rumbo ante sus ojos.

SE REDESCUBRIÓ AL ISLAM Y AL MEDIO ORIENTE
Hasta antes del 11 de setiembre, Afganistán, Iraq y todo lo que tuviera que ver con el Medio Oriente había sido asunto exclusivo de académicos, políticos e internacionalistas. Ni siquiera la Guerra del Golfo de 1991, transmitida en vivo y en directo por la CNN, logró interesar por mucho tiempo. Luego de ese día, el mundo entero redescubrió y se interesó por dicha región, el islam y todo lo relacionado a su gente. Tan solo en los primeros tres meses después de los atentados, se publicaron en EE.UU. decenas de libros relativos a la historia, geografía, geopolítica y cultura de esa región del planeta que para muchos apenas era solo una referencia en el mapa.

Aunque desde entonces se ha publicado bastante, el abismo existente entre Occidente y el mundo islámico es cada vez más grande, pero salvable. “Las revueltas árabes han demostrado que la democracia no solo es posible, sino que puede surgir al margen del patrocinio de Occidente”, explica César Puerta, historiador y profesor de historia política contemporánea de la Universidad de San Marcos.

Sin embargo, la mayor consecuencia de los atentados fue la identificación de todo lo árabe y lo islámico con el terrorismo. Una satanización que hasta el día de hoy persiste. La comunidad sij, por ejemplo, que no es musulmana, es una de las que más ha sufrido el prejuicio de los estadounidenses en estos diez años debido al turbante y las largas barbas que los distinguen. Las protestas el año pasado contra la construcción de un centro islámico cerca de la Zona Cero y el publicitado anuncio de un pastor evangélico de quemar ejemplares del Corán (“El islam es el diablo”, predicaba), son otra muestra de esa intolerancia que se instaló en EE.UU. tras los ataques.

Así, las cosas se volvieron muy difíciles para los musulmanes estadounidenses. Una encuesta del instituto Pew Research Center for the People and the Press divulgada esta semana revelaba que algo tan simple como ir de compras o tomar el metro se convirtió en motivo de miedo para ellos. Y aunque más de la mitad de los encuestados declaró sentirse ‘vigilado’, un 48% reconoció que muchos estadounidenses los ayudaron a sobrellevar ese mal momento.

CONSTRUIR RASCACIELOS SE CONVIRTIÓ EN UN DILEMA
Tras el colapso de las Torres Gemelas del World Trade Center, muchos sectores de la economía se vieron seriamente afectados (muchas empresas que operaban en las oficinas de las Torres Gemelas perdieron personal, archivos e información crucial para su existencia como tales), pero ninguno tanto como el de la aviación comercial, a la que le tomó cinco años poder recuperarse de ese golpe devastador, según un informe de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) divulgado esta semana. Pero no fue el único caso. La arquitectura, por ejemplo, también sintió el golpe y debió replantearse algunos, sino muchos, de los principios con los que usualmente opera. En especial, la de construir enormes rascacielos.

Tras los atentados, muchos proyectos de rascacielos se vieron paralizados por un tiempo hasta que la imagen de los aviones estrellándose contra los dos más emblemáticos del mundo terminó diluyéndose. Pero la pregunta que semejante acto de barbarie produjo sigue vigente a diez años de aquel infausto suceso: ¿puede volver a ocurrir? Responder a esta interrogante significó un cambio radical en la industria de la construcción en Estados Unidos y en muchos otros países en donde los rascacielos son parte del paisaje urbano.

Diez años después, se siguen construyendo edificios igual de altos, pero ahora se toman en cuenta muchas de las lecciones que el ataque dejó. Los ascensores, por ejemplo, ahora son diseñados en estos edificios para ser utilizados durante las evacuaciones, aunque la preocupación principal sigue siendo la vulnerabilidad de un edificio demasiado alto. Luego de los ataques, se discutió cómo construir estos edificios para que fueran más sólidos y fáciles de evacuar en una emergencia, pero las compañías renunciaron a ello cuando reconocieron que los trabajos hubieran sido demasiado costosos, sino imposibles.

En todo caso, por más mejoras que se hagan a la técnica de construcción o se tomen en cuenta todas las medidas de seguridad, no hay edificio alguno que pueda resistir el embate de un Boeing. Además, no se puede vivir (y construir) pensando en que mañana ocurrirá el fin del mundo.

LA SEGURIDAD SE VOLVIÓ UNA OBSESIÓN PARA TODOS
Si algo cambió el ataque, fue la manera de volar. Unos meses antes de esa fecha, una comisión del Congreso de EE.UU. interrogaba al secretario (ministro) de Transporte por los continuos retrasos que la excesiva seguridad en los controles de los aeropuertos del país producían. Los retrasos eran tantos y cada vez más frecuentes que el presidente de la comisión le dijo que si se percataba de la crisis en la industria aeronáutica que tantas demoras estaban generando. Siete meses después, ocurrieron los ataques.

Desde entonces, la seguridad se ha vuelto una obsesión para todos. Una obsesión que viven a diario miles de pasajeros y tripulantes alrededor del mundo. Hasta antes de esa fecha, por ejemplo, los pilotos comerciales estadounidenses tenían instrucciones de no oponer resistencia en caso de un secuestro. Hoy, esa norma ha sido dejada de lado. Pero en donde los recelos por la seguridad se han vuelto una pesadilla es en los controles para abordar un avión.

Hasta antes del 11 de setiembre era impensable que un pasajero tuviera que descalzarse, quitarse algunas prendas o desprenderse de algún objeto personal por estar prohibido su transporte a bordo de un avión. Hoy, nadie sube a uno si lleva consigo un cortaúñas, un sacacorchos o cualquier objeto punzocortante, por pequeño que sea, en su maletín de mano. Y en cuanto a los líquidos que uno puede transportar, estos solo pueden llevarse en una cantidad no mayor de 100 cc., y en una bolsa transparente y sellada. Estos controles más las preguntas de todo tipo que hacen los agentes de seguridad han hecho que iniciar un viaje se convierta en una verdadera odisea y una prueba de paciencia para los pasajeros del mundo.

Pero en donde la obsesión no tiene remedio es en la restricción de muchas libertades y en la obsesiva persecución de presuntos sospechosos que la lucha contra el terrorismo ha originado. En los últimos diez años, más de 35.000 personas han sido condenadas por delitos de terrorismo en todo el mundo, mientras que otras 120.000 fueron detenidas o investigadas por ese mismo cargo. Todo un récord.

CONVIVIR CON EL MIEDO FUE UNA NUEVA EXPERIENCIA
De un modo u otro, todos cambiamos esa mañana del 11 de setiembre del 2001. Nadie fue ajeno a la tragedia de las miles de víctimas de ese día en Nueva York y Washington, la cual enlutó a miles de familias en más de 32 países. Pero lo que verdaderamente cambió –o quedó hecho añicos, mejor dicho– fue la sensación de seguridad que todos tenían, en especial los estadounidenses.

Como explica el psicoanalista Jorge Bruce, en la vida de los peruanos el miedo ya existía en lo cotidiano: “Desde Sendero Luminoso hasta la violencia delincuencial, siempre nos hemos sentido amenazados y vulnerables. En cambio, para los estadounidenses sí representó un cambio sustantivo en la representación que tenían de su nación como un lugar protegido, precisamente, de esos ataques de destrucción masiva e indiscriminada. El 11 de setiembre resquebrajó su seguridad de manera irremediable”.

Los ataques fueron una conmoción tan grande que el solo hecho de haberse producido en suelo estadounidense los desconcertó por completo. Incrédulos de la versión oficial, para explicárselos a sí mismos muchos recurrieron a las más diversas teorías conspirativas.

El miedo y el prejuicio hicieron el resto del trabajo. “La intolerancia hacia el mundo islámico, que ya existía de parte de los occidentales, aumentó considerablemente a partir de ese día”, explica Bruce.

Pero, como decíamos al principio, todos los aspectos de nuestra vida rutinaria y cotidiana se vieron alterados, hayamos o no estado ese día en Washington o Nueva York. Tras los atentados, se militarizó la frontera con México y se aumentó el número de agentes fronterizos, la política migratoria se endureció (no faltó quien mencionara el poco control en el ingreso de extranjeros al país como lo que hizo factible los ataques terroristas), EE.UU. se lanzó a dos guerras que aún hoy le pasan factura (los muertos en Iraq suman más de 4.400, largamente superior a los que murieron en los ataques terroristas) y cayó en el descrédito total cuando la mayor democracia del mundo recurrió a todo los métodos para justificar su lucha contra el terror.