CRÓNICA DESDE CUBA: una nación inmóvil

Los martirios que produce el sistema de transporte público cubano en la población, narrados por la periodista Yoani Sánchez

CRÓNICA DESDE CUBA: una nación inmóvil

Por: Yoani Sánchez. Desde Cuba

Siete de la mañana y la parada del ómnibus está –desde hace una hora– atestada de gente. Un vehículo en dirección a La Habana Vieja pasa de largo dejando tras de sí una estela de gritos y gestos de ira. Algunos de los que vociferan emprenden su camino a pie, otros gastan sus últimos diez pesos en un taxi colectivo. Muchos de los frustrados pasajeros tampoco llegarán hoy temprano a sus trabajos. No es una escena aislada, en cada municipio de la capital las largas colas para el transporte se integran al paisaje urbano, ya la ciudad no puede imaginarse sin esas aglomeraciones alrededor de un cartel anunciando que ahí debe parar el P1 o el P14, el microbús hacia el aeropuerto o la ruta que llega hasta el Vedado. Las dificultades para desplazarse condenan al inmovilismo a una nación donde el ferrocarril fue instaurado antes que en España.

PÉRDIDAS DE TODO TIPO
La parálisis incide negativamente en la vida productiva y empresarial, las pérdidas son incalculables. El hecho de que las personas no puedan moverse fluidamente por el territorio nacional lastra el desarrollo profesional, el intercambio familiar y hasta las relaciones de pareja. Cien kilómetros se convierten en un abismo difícil de cruzar, cuando la única forma de llegar es un medio de transporte sin horarios fijos, ni en buen estado. Se separan padres e hijos que viven en diferentes provincias, se retrasa la jornada laboral en una fábrica y una oficina de atención al público no puede abrir a la hora indicada porque su personal no ha llegado. El colapso del transporte marca toda nuestra cotidianidad, le imprime un ritmo entrecortado y lento, por momentos desesperante.

ADIÓS PROYECTOS
Atrás quedaron los tiempos en que se proyectaba construir un metro que resolvería muchas dificultades. Su construcción iba a ser subvencionada por la Unión Soviética y pasó al capítulo de los sueños al derrumbarse el socialismo en Europa. En una avenida que de-semboca en el Consejo de Estado se iba a levantar la sede principal del nuevo transporte metropolitano. Solo se hicieron los cimientos. Donde se iba a acoger la gerencia del vistoso metro se colocó un mercado de frutas y vegetales. Dijimos adiós a la ilusión de modernidad, mientras nuestras calles vieron aparecer enormes camiones de encorvada estructura que fueron bautizados por el humor popular como camellos. Volvimos a los rudimentos de la movilidad urbana, retrocedimos a los vehículos de carga pesada convertidos en improvisados autobuses.

BUSES CHINOS, CARROS VIEJOS
Así estuvimos hasta que el país comenzó a recuperarse tímidamente del colapso económico y un acuerdo millonario con China trajo a la isla centenares de ómnibus. El propio Raúl Castro les dedicó varios párrafos en sus discursos y anunció que los viejos camellos dejarían de circular por la capital, pues por su peso deterioraban las calles, aflojaban los balcones y provocaban accidentes. Parecía que La Habana iba finalmente a inscribirse en el siglo XXI, que trasladarse ya no consumiría largas horas y que los amigos que hacía años no se visitaban podrían volver a hacerlo. El impulso inicial se hizo notar, las carreteras sentían sobre sí el rodar de los nuevos vehículos marca Yutong. Pero el transporte público no pudo superar su contradicción más importante: no solo no es rentable, sino que para existir debe ser subsidiado en su totalidad por el gobierno. Con el simbólico precio de 20 centavos moneda nacional no se puede sufragar ni la reparación de sus parabrisas. Así que el deterioro comenzó a extenderse por el vandalismo y la falta de sentido de pertenencia que se tiene sobre los bienes sociales en un país donde “lo que es de todos no es de nadie”. En menos de dos años, los resplandecientes autobuses eran engendros rodantes, arreglados con un alambre aquí y un remiendo allá.

VOLVER A LA CARRETA
Las paradas volvieron a verse repletas por quienes no tienen otra opción que apelar al transporte público. Los taxis privados comenzaron a hacer su agosto llevando a miles de pasajeros desesperados por llegar a destino, los viejos Chevrolet y Cadillacs del siglo pasado resultaron más eficientes y flexibles al trazar rutas. Sin embargo, para abordar una de esas reliquias con olor a kerosene se necesita pagar el salario de toda una jornada laboral. El triunfalismo que rodeó la llegada de los ómnibus chinos ha cedido espacio al deterioro y la frustración gana terreno entre los ciudadanos. El criterio más extendido es que nuestros problemas de movilidad no van a solucionarse con un par de barcos cargados de vehículos, pues tienen una raigambre más profunda, dependen de un modelo económico complicado de mejorar y pasan por la eliminación de ese centralismo que nos condena a transportarnos como en el Medioevo. La imagen de un carretón de caballos se nos ha vuelto recurrente. Bien lejos quedaron aquellas ilusiones de tener un metro suburbano, remotos parecen esos días en que nos adelantamos a la península y tuvimos nuestro primer ferrocarril.