Cuba prefirió propalar discurso de Fidel que advertir sobre ciclón tropical

Nuestra colaboradora Yoani Sánchez narra cómo el ciclón tropical que pasó esta semana por La Habana fue ninguneado por el Gobierno Cubano. No hubo muertes, pero sí derrumbes y pérdidas materiales

Cuba prefirió propalar discurso de Fidel que advertir sobre ciclón tropical

Por: Yoani Sánchez

Una teja de zinc salió volando y desarrolló una increíble coreografía en el aire antes de caer sobre el techo de otro edificio. Los vientos de la tormenta tropical Paula desprendieron ramas, causaron 22 derrumbes en toda la ciudad de La Habana y nos dejaron por más de un día sin electricidad. En una isla acostumbrada al paso de fuertes huracanes, ha resultado una desagradable sorpresa este pequeño meteoro de nombre femenino, que nos mantuvo semiparalizados por más de 24 horas. Tal imprevisto estuvo dado porque los medios masivos de información no quisieron desatar la alarma o subestimaron el efecto de las ráfagas y la lluvia, tampoco calcularon que el fondo habitacional del país tiene tal deterioro que cualquier fenómeno meteorológico puede causarle grandes estragos.

Después de que Paula tocara tierra en el poblado de Artemisa, la gente solamente blasfemaba contra el Instituto de Meteorología y evaluaba los destrozos con evidente molestia. A muchos el temporal nos atrapó en la calle, en las escuelas o en los centros de trabajo, pues las instituciones de Defensa Civil nunca indujeron a suspender las actividades laborales ni docentes. Todos creímos que con llevar paraguas ese día sería suficiente, pero apenas si pudimos abrirlo en medio de la ventolera. Recuerdo haberme quedado varada del lado de allá del túnel de la calle Línea temiendo que en cualquier momento las aguas subieran y la ciudad quedara dividida en dos. Por suerte un amigo me salvó en su auto y al llegar a casa la situación era alarmante. Allá arriba, 14 pisos sobre el suelo, se veían volar objetos, caerse trozos de árboles e inclinarse en una danza peligrosa a las palmas de la avenida de la Independencia. No nos habíamos preparado para eso. ¿Qué estaba ocurriendo?

Más que un ciclón, Paula ha sido la evidencia de que nuestras autoridades no quieren agregar una pizca más de desazón a la ya tirante realidad. En otras circunstancias nos hubieran anunciado –hasta el cansancio– que debíamos reforzar ventanas, mantenernos al tanto de las notas informativas y comprar velas o baterías para enfrentar los posibles apagones. Sin embargo, esta vez el mutismo ha revelado que existen orientaciones venidas desde arriba de no crear ningún tipo de nerviosismo entre los ciudadanos. Pero los silencios se pagan caro y hoy en nuestras calles la inquietud y la desconfianza son mayores que hace un par de días, pues para muchos ha quedado claro que una buena parte de los edificios que componen esta urbe no soportaría un huracán de mayor fuerza. El sentimiento de indefensión va en aumento.

Curiosamente, los noticiarios en las vísperas de aquel jueves de viento y aguacero dedicaron más de 25 minutos a leer la cuarta parte de una larga reflexión escrita por Fidel Castro. Bajo el título de “El imperio por dentro”, el ex presidente se dedicó a desgranar detalles internos de la política norteamericana, mientras en su propio patio todos esperábamos noticias sobre la tormenta tropical. Un locutor de voz engolada leyó el extenso texto y cientos de miles de televidentes perdimos la paciencia del lado de acá de la pantalla y nos levantamos de las sillas. Tal parecía que ningún peligro se cernía sobre nosotros, a juzgar por el espacio que ocupó en el estelar de la noche la diatriba del Máximo Líder contra el Gobierno de Estados Unidos. Terminamos sabiendo más de las conversaciones privadas de Barack Obama que de los destrozos que podría causar Paula a su paso por nuestra tierra. Tal pareciera que los cubanos nos tragamos esos absurdos con paciencia y seguimos adelante, pero no es así, algo queda en nosotros y es la irritación. La contrariedad que nos causa comprobar cómo noticias importantes y trascendentales para nuestra cotidianidad son escamoteadas por el discurso político y cómo las frases huecas y las manías de mirar siempre la paja en el ojo ajeno no permiten sentir la enorme viga que nos va dejando ciegos. Disgusto sí, porque la simple mención de que una tempestad viene es disimulada por considerandos políticos que han evaluado que no es conveniente dar malas noticias.

Dan ganas de convocar a esas familias afectadas, que perdieron sus casas con Paula –el fenómeno que no vimos llegar–, hacia el mismísimo estudio de televisión donde nos hurtaron la verdad, o hacia la oficina en la que se decidió que era mejor no hacer correr la voz del peligro. Ninguno de los que orientaron cautela ha perdido esta vez su techo, ninguno de los que ordenaron a los periódicos que no alimentaran el sobresalto dormirá hoy a cielo abierto. Para ellos ha sido solo una tormenta tropical que se disolvió luego del salir de Cuba, para muchos otros quedará como el día en que vieron derrumbarse su casa o en que perdieron –definitivamente– la fe en los medios oficiales de difusión.