La resistencia de Fariñas desde Cuba: El cuerpo como campo de batalla

La bloguera Yoani Sánchez, desde Cuba: Mientras Fariñas se recupera de los estragos de una larga huelga de hambre, el Parlamento Europeo lo condecora por el denuedo con que se enfrenta al Gobierno Cubano para exigir la liberación de los presos políticos en la isla

La resistencia de Fariñas desde Cuba: El cuerpo como campo de batalla

Por Yoani Sánchez

Fue una tarde de julio –en medio del ardiente verano cubano– cuando Guillermo Fariñas tomó su primer sorbo de agua después de 134 días sin probar alimentos. A través del cristal de la sala de terapia intensiva donde estaba ingresado, decenas de visitantes compartimos con él ese minuto. Pensábamos que los momentos más críticos para su vida quedaban atrás, pero varias semanas después su vesícula colapsada obligaría a intervenirlo quirúrgicamente. El drama de este hombre, al que sus amigos apodamos Coco, y su dolor físico todavía se mantienen. Sin embargo, la causa que lo llevó a este largo sacrificio, la excarcelación de 52 prisioneros de la Primavera Negra del 2003, ha encontrado finalmente una solución.

Si a mediados del año pasado se hubiera realizado una encuesta dentro y fuera de Cuba sobre la posibilidad de que ocurrieran estas liberaciones, la respuesta más repetida habría sido “imposible”. La propaganda oficialista había rodeado el tema con esos colores extremos con que pinta todo lo diferente. Recuerdo haber escuchado al otrora canciller Felipe Pérez Roque llamar “mercenarios” y “vendepatrias” a esos prisioneros. Ironías de la vida, poco después el propio ministro de Relaciones Exteriores fue removido de su cargo y atacado por haberse vuelto “adicto a las mieles del poder”, según palabras de Fidel Castro. En ese sondeo imaginario, quizá algunos habrían asegurado que el gobierno raulista guardaba a estos condenados para usarlos como carta de cambio en una jugada política con Estados Unidos. Pero una cosa es la estrategia que proyecta un político y otra, muy distinta, aquella que la vida le obliga a hacer.

Al empezar el 2010 ya se notaba que no iba a ser un año como los anteriores. En febrero se nos murió Orlando Zapata Tamayo, tras una huelga de hambre de más de 80 días. Llegó marzo, y con el séptimo aniversario de aquellas detenciones del 2003, vimos a las hordas de la intolerancia golpear a las Damas de Blanco, esposas, madres e hijas de aquellos condenados. En medio de aquel vértigo de sucesos, la decisión de Coco Fariñas de dejarse morir, si no ocurrían excarcelaciones, fue un elemento catalizador de la voz ciudadana y contribuyó a aumentar la presión internacional. El delgado villaclareño comenzó a morir por nosotros, por aquellos que están en las cárceles y por los que potencialmente podríamos acabar en ellas. Cerró su estómago al alimento, pues en un país donde está penalizada la protesta cívica nuestro cuerpo es el único terreno de demandas que nos queda. Sobre su organismo debilitado por varias huelgas anteriores, Coco presentó batalla. La ganó.

Durante varias semanas parecía que las autoridades cubanas no iban a ceder, que lo dejarían morir. Pero nunca está más cerca la negociación que cuando el discurso político se vuelve más agresivo. Mientras por un lado gritaban que “la revolución no hace concesiones”, buscaban por detrás una manera de salir del embrollo en que su propia testarudez los había metido. La participación de la Iglesia fue determinante, pues permitió crear un puente entre dos riberas que cada vez parecen más lejanas. Los presos políticos comenzaron a recibir llamadas del propio cardenal cubano y, en breve tiempo, los que estaban dispuestos a emigrar volaron a España. Para los que decidieron quedarse en su terruño, ha habido una penalización adicional: dejarlos últimos en la fila de las excarcelaciones. No obstante, confío en que todos lograrán volver junto con su familia e, incluso, quienes hoy están en el destierro, podrán –más temprano que tarde– retornar a su país y ser reconocidos con el respeto que merecen. Alguno quizá llegue a ser un político del mañana y de seguro tratará de gobernar para todos, incluso para esos reclusos comunes que conoció bien en sus largos años de encierro.

Ahora, cuando solo queda por liberar a un pequeño número de los prisioneros de la Primavera Negra y muchos de ellos han sido empujados al exilio, el estado de Fariñas sigue siendo delicado. En medio de los dolores de la cirugía y el mimo de su familia, esta semana le llegó la noticia de haber sido reconocido con el premio Sájarov que otorga el Parlamento Europeo. A sus 48 años, parte de los cuales fue soldado en la guerra de Angola, este villaclareño ha recibido tal galardón con la misma humildad con que un día se negó a comer. “Lo volvería a hacer”, me dijo el jueves pasado, después de conocer la noticia. Yo le creí. Lo imagino de vuelta a la cama hospitalaria, negándose nuevamente a probar comida y me embarga la infinita convicción de que lo hará si no se descorren todos los cerrojos.Es más, sé de antemano que también esta vez ganará.