Yoani Sánchez y la historia de la primera boda gay en Cuba, de la que fue madrina

Wendy es un transexual. Ignacio es un militante gay. Se conocieron en febrero y decidieron casarse, pese al régimen y a la homofobia

Yoani Sánchez y la historia de la primera boda gay en Cuba, de la que fue madrina

YOANI SÁNCHEZ @yoanisanchez

Le decían Cusio y era el hazmerreír de los varones de la escuela. A las niñas nos entretenía y nos encantaba su buen gusto por la ropa. Nació en un barrio donde los hombres alardeaban de su machismo desenfundando la navaja si se ponía en duda su virilidad. Creció en los años ochenta cuando la policía se llevaba a los homosexuales que andaban por la vía pública. Su adolescencia transcurrió en esta isla, donde el discurso oficial tenía demasiado pelo en el pecho y exceso de testosterona en las consignas. Sufrió por ser gay, pero nunca quiso irse del país. Le perdí la pista hace casi una década, pero le debo haber comprendido que es normal que dos hombres se amen o que dos mujeres decidan vivir como pareja.

SÍ, ACEPTO
El recuerdo de Cusio ha retornado con fuerza. Lo veo con sus pantalones ceñidos y su sonrisa perenne. Comencé a evocarlo intensamente cuando acepté la propuesta irreverente de amadrinar la primera boda entre un transexual y un gay, en Cuba. Sé que si mi abuela viviera se agarraría la cabeza y señalaría que estoy enrolada en una ‘desvergüenza’. Los compañeros de mi escuela primaria me tacharían de confundida, mientras que los pendencieros de mi barriada de Cayo Hueso afilarían sus cuchillos.

RESPETAR LA DIFERENCIA
Increíblemente, varios de mis libérrimos amigos han dejado de hablarme por esta ‘insolencia’. Wendy e Ignacio –los novios que ahora tengo el placer de amadrinar– reflejan el sufrimiento de Cusio, el tormento que debió llevar. Atestiguar la unión de esta muchacha que una vez fue varón y del joven seropositivo, triturado por la homofobia y la intolerancia política, es mi forma de homenajear a aquel niño que me enseñó a respetar la diferencia.

EN CUERPO Y ALMA
Wendy nació en el cuerpo equivocado de un varón. Ignacio cayó en prisión muy joven por repartir proclamas con la declaración de los derechos humanos. Se conocieron el pasado febrero: Wendy ya había pasado por una cirugía de adecuación genital e Ignacio llevaba años lidiando con el VIH. Se miraron y supieron que estaban irremediablemente atraídos. Ella trabajaba en el Centro de Estudios de la Sexualidad (Cenesex), que dirige Mariela Castro, la hija de Raúl Castro. Él publicaba sus crónicas en uno de los sitios digitales que el gobierno considera ‘enemigos de la revolución’. Los obstáculos para su relación apenas comenzaban, pues, cuando la hija del presidente Castro supo que su protegida estaba con un gay disidente, la llevó a decidir entre trabajar en Cenesex o continuar su relación con Ignacio.

CASÉMONOS
Una mañana, la Seguridad de Estado se llevó la computadora que Wendy tenía en su oficina: buscaban información ‘clasificada’ enviada a su amante. Le dijeron que ya no era confiable y solo podría trabajar limpiando el piso. Se fue dando un portazo. Ignacio la recibió con un beso y fijaron la fecha de la boda.

Antes de dejar el Cenesex, Wendy Iriepa había logrado la cirugía que sintonizaba su mente con su cuerpo y alcanzó el sueño de muchos transexuales: tener un documento de identidad con nombre femenino. Cuando fueron al notario, este emitió una cita matrimonial sin percatarse de que, en la inscripción de nacimiento de ella, decía ‘sexo: masculino’. Dieron la primera firma el 28 de julio y ayer, sábado, la segunda.

En la isla-país no está permitido el matrimonio gay, pero impedir legalizar esta relación es desmentir a la mismísima Mariela Castro. Ella mandó a emitir aquel carnet de mujer para Wendy. Aunque la Asamblea Nacional aún no ha aprobado –ni siquiera discutido– la legalización de la uniones entre personas del mismo sexo, Ignacio y Wendy sortearon la burocracia.

ATESTIGUAR EL AMOR
A mí solo me corresponde acompañarlos en su decisión, ser testigo de cómo se sonreirán felices de saberse ya un matrimonio. Han superado la burla de muchos; la presión de la policía política, que considera la boda una provocación; la desaprobación de la propia Mariela Castro. Festejaremos que la fuerza del amor los llevara a desoír los chistes homofóbicos, las ofensas y la agresividad de esos camorristas que tiene todo barrio. En medio de la ceremonia, recordaré y, seguramente, saldré a la amplia escalera del Palacio de Matrimonios jurando haber visto a Cusio, sonriente y gesticulando, con sus pantalones de siempre, ajustados hasta el escándalo.