Abimael Guzmán a 20 años de su captura: testimonios de quienes conocieron la insania senderista

La viuda de un policía que fue acribillado, un periodista testigo de la barbarie y un agente de la Dircote se indignan con las voces que hoy piden liberar al genocida

ROCÍO LA ROSA (@chiolaro)
Redacción online

El domingo 11 de octubre de 1981 Francisca Pelayo Granados y sus hijos, los pequeños Fanny (10), Sandra (7) y Víctor Hugo (1), tenían las maletas casi listas. Vivían en Jauja y estaban felices porque muy pronto volverían a estar con su padre, el valeroso guardia civil Jorge Vivanco Vizcarra, que hacía dos meses había sido destacado de Huancayo a Ayacucho, donde Sendero Luminoso había iniciado ya su desquiciada ‘guerra popular’. “Estábamos esperando el giro (de dinero) para poder viajar y volver a estar juntos”, cuenta Francisca.

El giro nunca llegó, pero sí un radiograma que daba cuenta de la peor noticia que Francisca y sus hijos han recibido. Esa mañana, mientras su esposo custodiaba la puerta de la comisaría del distrito de El Tambo, en la provincia de La Mar, una columna terrorista provista de metralletas y machetes atacó el puesto policial sin piedad. Civiles y agentes perdieron la vida, entre ellos Jorge Vivanco. “A uno de sus compañeros también le echaron ácido para arrebartarle su arma”, recuerda.

Fue un agente quien la interceptó en la calle para contarle la tragedia. “Eran las tres de la tarde pero recuerdo que todo se oscureció para mí, no quise creerlo, él no está muerto, él está herido le decía yo”. Entró a su casa, rompió en llanto, deshizo las maletas y solo le quedó fuerzas para coger al más pequeño de sus hijos y partir al Tambo para despedirse de su esposo.

“Mi esposo nos había visitado un mes antes de morir. Me contó que los terroristas habían atacado la comisaría de La Quinua, pero no se sentía asustado, como todo policía decía que era su trabajo, que tenía que enfrentarse a los terroristas. Él no quería llevarme porque me podía pasar algo, tú tienes que cuidar a nuestros hijos me decía. Nunca he conocido a un padre tan cariñoso como él, murió a los 36 años, yo tenía 32 y me quedé sola con mis tres pequeños”.

Han pasado 30 años desde que Sendero Luminoso le quitó la vida a Jorge Vivanco y 20 desde que sus compañeros lograron capturar al responsable de su muerte y la de otros miles de efectivos, el genocida Abimael Guzmán.

Cuando este cayó, el 12 de setiembre de 1992, Francisca sintió alegría, pero también mucha rabia. “Tenía rabia al ver lo cínico que era, yo pedía que no salga nunca, que se quede encerrado, por culpa de él mis hijos y muchos otros niños se quedaron sin padres y ese es el dolor más grande”.

Hoy siente indignación cuando escucha a dirigentes y seguidores del Movadef pedir la liberación del genocida y defender su pensamiento. “Es una indignación tan grande la que sentimos todos los que hemos sufrido, ellos no conocen la forma como esas personas destruyeron familias”, lamenta.

“ME DECÍAN PERRO…VAS A MORIR
Un año después de la muerte del joven agente Jorge Vivanco llegó a la convulsionada Huamanga el periodista Javier Ascue, justo para el Año Nuevo de 1982. Su primera cobertura para el diario El Comercio en el lugar comenzaría esa misma noche: un atentado contra la vida del alcalde de la ciudad cuando celebraba la llegada del nuevo año en un fundo. “Se produjo un gran apagón, habían volado torres y hubo una balacera terrible”, recuerda Javier.

Pero lo más aberrante llegaría con el transcurrir de los días. “Una de las cosas que más me impactó fue la matanza de policías en las calles a cargo de niños de entre 12 y 14 años. Niños que les disparaban sin titubear, que parecían ‘zombies’ y que cuando yo me acercaba para preguntarles en las comisarías por qué lo hicieron siempre respondían lo mismo: los matamos porque son enemigos y necesitamos sus armas”.

Javier se instaló en un hotel que existe hasta el día de hoy. Siempre se presentaba como periodista y los terroristas lo tenían fichado. Así se lo recordaban cada vez que le dejaban notas debajo de su almohada con amenazas de muerte escritas en rojo: “Perro, vas a morir”.

“Yo casi no estaba en la ciudad, viajaba en caballo a las comunidades, en mis notas siempre los tildaba de terroristas y eso los enfurecía, querían que los llame subversivos, me insultaban en quechua, pero nunca daban la cara”, cuenta.

“Haber visto tantos cadáveres, tantas muertes, miles de niños huérfanos, verlos comer de la basura, gente agonizando, mutilados, cadáveres despedazados siendo comidos por los cerdos, todo eso me afectó tremendamente”, continúa.

Pero, como él dice, tenía que cumplir con su trabajo. “Tenía que dejar a un lado el dolor, el hambre, la tristeza de mi familia, tenía que informar pese a que las autoridades no daban información (…) ahora pienso en todo eso y me parece que fue un sueño”.

El día de la captura del autodenominado presidente Gonzalo, Javier tuvo sentimientos encontrados. Lo impactó escuchar que pueden matar al hombre, pero las ideas quedan, mientras se apuntaba la cabeza. “Es un loco pues, para hacer todo eso, ya ni pena me causa”.

Ahora, cuando escucha a los jóvenes del Movadef defender el llamado pensamiento Gonzalo siente tristeza. “No saben lo que hacen, hasta he llegado a imaginar que son los mismos niños que mataban policías, les han lavado el cerebro”.

“NO ESPEREMOS A QUE JALEN EL GATILLO
El comandante de la Policía Nacional, Óscar Arriola, jefe de Investigaciones Especiales de la Dircote, lo tiene claro: al Sendero Luminoso de Abimael Guzmán, que pretende reencarnarse en un movimiento pro amnistía para él, y asolapadamente para otros supuestos presos políticos, no hay que dejarlo avanzar ni un milímetro.

Él está convencido y las evidencias lo respaldan de que el Movadef y sus tentáculos, como el Conare, existen en cumplimiento a una directiva de Sendero de hace unos 12 años. Así lo revelan documentos incautados a terroristas.

Entre sus propósitos también figura la infiltración en grupos sociales postergados como el magisterio y los sectores antimineros, “el caldo de cultivo que necesitan” para ganar réditos.

Esto se volvió a confirmar el año pasado tras la captura del camarada ‘Artemio’, que también tenía en su poder manuscritos pro amnistía. “Son los mismos”, insiste Arriola, quien se encargó de formular el atestado de este cabecilla.

También nos hace notar una infeliz paradoja: “Sendero Luminoso, que inició su autodenominada lucha armada con la quema de ánforas en Chuschi, en un abierto repudio a la democracia, 32 años después pretendió inscribirse como partido político ante el Jurado Nacional de Elecciones”.

¿Y existe el peligro de que retornen los cochebomba, apagones y explosivos en el país? “Están resentidos porque les negaron su inscripción ante el JNE”, nos dice, y agrega que una facción del Movadef está a favor de mantener su actual status quo, pero otra no.

¿Qué hacer? Arriola plantea que si estos ganan espacio en las universidades con charlas pro pensamiento Gonzalo, el Estado debe ir también a las aulas a desenmascararlos. “No hay que esperar a que vuelvan a jalar el gatillo”, invoca.

Hace unos días Elena Iparraguirre le dijo a “The Economist” que no ha cambiado sus ideas y sigue siendo “una comunista dogmática”. Además, comparte la tesis del Movadef: “una solución política, amnistía general y la reconciliación”, y lamenta que los gobiernos no hayan negociado la paz con Sendero, como en Colombia se hace con las FARC.

“Ellos nunca quisieron la paz, nunca depusieron sus armas ni pidieron perdón al país”, replica el agente. Es cierto, porque como dice la misma ‘camarada Miriam’ 20 años después: “No he cambiado mis puntos de vista”.