De Szyszlo: “MVLL es un hombre de coraje”

Es tal vez el amigo más cercano de Mario Vargas Llosa. Aunque pintor, De Szyszlo es un gran contador de historias, acá algunas anécdotas sobre el escritor

De Szyszlo: “MVLL es un hombre de coraje”

Por: Mariella Balbi

La Academia Sueca le otorgó el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa (MVLL) por su “cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”. ¿Es una buena síntesis?
Es una definición enrevesada y barroca, pero la comparto. No me gusta la palabra cartografía, no veo su relación con la literatura. Tal vez hay un problema de traducción.

De cualquier forma, MVLL explora en sus novelas y ensayos las estructuras del poder.
Sin duda. Y le interesa mucho mostrar al individuo frente al poder. Los libros que más me gustan de la obra de Mario son los que hablan de la orfandad del individuo frente a la sociedad, que es Varguitas en “La ciudad y los perros”, escribe poemas y cartas para sus amigos y les cobra, además es verdad. También “La guerra del fin del mundo”. José Miguel Oviedo, que ha leído ‘El sueño del celta’, dice que es el mejor libro que ha escrito Mario. Ahora Oviedo se suele exaltar [ríe]. Al releer “La ciudad y los perros” encuentro que es impresionante, lo escribió a los 26 años, la manera de narrar es ‘faulkneriana’ y, sin duda, el Jaguar es un personaje tremendo. La maldad humana está muy bien retratada, pero a la vez de manera muy natural. Relata cosas que uno no está acostumbrado a leer, desnuda a los personajes.

¿“La guerra del fin del mundo” es una metáfora de la fuerza de las ideas? Antonio Conselheiro es de una consecuencia demencial.
Es un personaje increíble, tenaz, fuerte, capaz de concitar adhesiones totales. En la exposición sobre Mario que se hizo acá y se llevó a París yo escribí una carta de elogio que resume lo que pienso y siento por él. Admiro su coherencia, su coraje, la falta de flexibilidad en sus ideas fundamentales. No porque sea una persona anquilosada, que al encontrar una cosa ya no se mueve de ahí, uno ve que en su vida su manera de pensar ha ido cambiando. Está viendo una luz diferente, pero con la misma convicción. Algo fundamental en el pensamiento de Mario es su desengaño de Sartre. Estaba fascinado con él, pero cuando vio su rigidez, su comunismo tan inamovible, se orientó hacia Malraux, hacia el humanismo. Sin aspavientos, Mario tiene la capacidad de ver el bien y el mal, es un escritor de instinto moral, es como Gide, Camus. Lo que cuenta es el criterio moral. Si te das cuenta, Mario no ha dicho nunca algo que no sienta, ni aun cuando no le convenía. En la campaña del 90 dijo que la clase media debía pagar un poquito por la educación para mejorarla, lo que le costó muchos puntos. En México, dijo que el PRI era una dictadura perfecta y hace poco cuando fue a Venezuela le dijeron que no podía dar opiniones políticas. Le respondió al funcionario: No puedo creer que en la tierra de Bolívar, libertador de América, se me diga qué puedo decir y qué no. Luego Chávez anunció que debatiría con él y cuando Mario aceptó, desistió y quiso mandar a sus asesores.

Usted, que es su buen amigo, ¿cómo concilia MVLL su mirada política del mundo, basada en la ética y los valores, con la capacidad para conmover con su fantasía literaria a lectores de todo el mundo?
Y a gente que no comparte siquiera sus ideas. Acá en el Perú el regocijo ha sido unánime, salvo el fujimorismo, pero no lo ha manifestado. El cardenal Cipriani dijo que no había leído ninguna novela de Mario porque tenía la impresión de que era un poco escabroso. Igual dijo Fujimori, que el único libro que leyó, “El elogio de la madrastra”, le pareció pornográfico. Mario es un talento innato, para escribir “La ciudad y los perros” a los 26 años tiene que serlo. Como él dijo alguna vez: “La literatura es fuego”. Y también es una forma de escapar de la precariedad, de la fugacidad de la condición humana.

¿Coinciden con MVLL en gustos literarios?
En mi caso yo soy admirador de Proust y Mario de Flaubert, casi una antípoda. Proust es más introspectivo, es conocerse a sí mismo y a través de ello a los demás. Flaubert quiere participar en la acción. Con Mario hemos conversado de esto, creo que ha cambiado, antes lo encontraba más negativo con relación a Proust, lo veo más sensible hacia este.

¿Y usted está más sensible a Flaubert?
[Ríe] La verdad, sí. “La orgía perpetua”, ese gran ensayo de Mario sobre Flaubert, es muy apreciado por los franceses, a pesar de que ellos son tan nacionalistas en materia de su literatura.

¿Cuántos años mayor que MVLL es usted?
Once años, cuando lo conocí, él tenía 22 y yo 33. Aún no había escrito mucho, solo un cuento que ganó un premio y fue a París por dos semanas. Sebastián Salazar Bondy lo llevó a mi casa porque antes de viajar quería publicar una edición de poemas de César Moro, Mario quería que le hiciera un grabado para la carátula. Ya te imaginas, una publicación de poesía, creo que tenía 25 ejemplares [ríe].

¿Y qué pensó de MVLL en ese momento?
Tuve una química inmediata, si estás en esa onda es muy fácil comunicarse con él. Mi manera de sentir y de pensar las cosas se parecen mucho a las suyas. A veces pienso en algo y cuando hablo con él veo que compartimos la misma posición. Mario se fue a París y regresó para casarse con Patricia, había dejado a la tía Julia, nos volvimos a reunir y comenzó una amistad mucho más regular.

Sin pretensión o huachafería, usted es tal vez el mejor amigo de MVLL.
Soy un buen amigo.

Cuando hicimos el libro con usted, me dijo que sus conversaciones eran políticas, literarias, pero nunca personales.
Nunca de confidencias. Borges decía en un cuento, creo que te lo dije: “Estrechó –el verbo es exagerado– una de esas amistades inglesas que comienzan evitando las confidencias y terminan evitando las palabras”. Seguro es una cuestión personal, una manera de ser, con ‘Cartucho’ Miró Quesada, un amigo muy querido, era igual. Él vivía un drama sentimental, personal en su matrimonio, y yo también, pero jamás cruzamos una palabra sobre ello. Ambos sabíamos lo que le pasaba a cada uno, pero nunca lo conversamos. Lo mismo me pasa con Mario. Es que yo no soy confesional.

¿Qué los une? ¿La pasión por la literatura?
Y el interés por la política.

¿Alguna vez han discrepado?
No. Es decir, al inicio él estaba más a la izquierda, pero después no. A mí me sirvió mucho la experiencia del surrealismo con Octavio Paz, me alejó definitivamente del sectarismo estalinismo. Y Mario pasó por ahí cuando estuvo en San Marcos, con el grupo Cahuide; me parece que el padre de Ollanta Humala tenía algo que ver ahí. Pero nunca discrepamos porque Mario no era sectario, a pesar de haber sido castrista.

¿Diría que los une el profundo respeto por la libertad?
Por la libertad, por el individuo. Quizá yo sea más pesimista, en mí yo siento más la presencia de la muerte que en Mario.

Él dijo en una entrevista que le hice que no temía a la muerte.
Yo no le temo, lo que temo es perder la vida [ríe]. Es que me gusta mucho. A mí me atormenta más el tema, claro que yo soy más viejo, Mario tiene 74 años y yo 85.

Usted acompañó a MVLL en su investigación para la novela “El paraíso en la otra esquina”.
La novela sobre Gauguin tuvo un proceso lindo. Nos encontramos en París. Gauguin siempre me interesó. Un poco yo comencé a pintar cuando leí “La luna y seis peniques”, una biografía disfrazada de Gauguin, porque yo estudiaba arquitectura. Mario me contó que estaba escribiendo esa novela y me dijo que quería ver dónde había vivido Gauguin en Pont Aven, en Bretaña. Él vivía ahí con un grupo de artistas, tenía una personalidad muy fuerte, siempre tenía gente alrededor.

Entre ellos Van Gogh…
Sí. Fuimos a la pensión donde vivía y al puerto de Concarneau. Cuando regresó de su primer viaje a Tahití, Gauguin llegó ahí y se presentó con una javanesa espectacular, se ponía plumas en la cabeza. Unos marineros le hicieron unas bromas insultantes y Gauguin salió a defenderla. Pero se le trabó una pierna en una de las maderas del muelle y se la rompió, quedó para siempre. También fuimos al asilo donde Van Gogh estuvo internado. Mario estaba totalmente documentado, le enseñé un Cristo gótico de donde sale el Cristo amarillo de Gauguin. Esa novela es la búsqueda de un sueño que no existe, un paraíso que Gauguin tuvo cuando estuvo en Lima a los 5 años. Toda su vida recordó cómo pasó de la miseria que vivía en París a una vida de rico durante cinco años. Hay una descripción de cómo iba a misa su madre y Gauguin tenía un ama que cuidaba. Ese paraíso en un mundo primitivo lo persigue toda su vida, fue lo que le hizo ir a Tahití. Lo influyó para siempre; ya adulto y conocido decía: “Yo soy un salvaje peruano”.

¿La especialidad de MVLL son las utopías, los sueños?
Es verdad, la persecución de una utopía. Para escribir ‘El sueño del celta’ Mario se fue al Congo, en el momento de la revolución. Una tribu lo cogió cuando estaba tomando datos y escapó en un grupo de Médicos sin Fronteras. Cada novela tiene una técnica, un estilo diferente, eso es lo asombroso del talento de Mario.