(Editorial) Caja de resonancia

Lo único que ha “resonado” en revelaciones periodísticas fue o la mentira de un gobierno que decía tener rodeado a un grupo de terroristas cuyo paradero en realidad ignoraba…

El encuentro periodístico con el terrorista ‘Gabriel’ y parte de su columna casi en el mismo lugar en el que destruyeron un helicóptero de nuestras Fuerzas Armadas, y extremadamente cerca (a solo tres horas a pie más una en auto) del pueblo donde se hallaba nuestra máxima autoridad militar dirigiendo las labores de 1.500 efectivos para su captura, demuestra una de dos cosas. O el Gobierno ha venido engañándonos cuando decía estar persiguiendo y tener “cercados” a los terroristas, o está tan perdido en todo este asunto que puede creer honestamente estarlos persiguiendo y tenerlos “cercados” cuando en realidad nunca han dejado la zona en la que siempre estuvieron (la distancia entre el lugar donde la prensa estuvo con los senderistas y aquel en que se produjo la liberación de los secuestrados es menos de la mitad que la anteriormente descrita).

En cualquiera de los dos supuestos, resulta francamente tendencioso decir que lo que ha hecho la prensa al publicar los detalles del encuentro y las declaraciones del cabecilla de la banda es servir de “caja de resonancia” del terrorismo. Lo único que ha “resonado” en las revelaciones periodísticas ha sido o la mentira de un gobierno que decía tener rodeado y en fuga a un grupo de terroristas cuyo paradero en realidad ignoraba o el ridículo de unas autoridades que auténticamente creían tener “acordonados” a quienes estaban paseándose muy cerca de sus espaldas. Un ridículo que, por lo demás, resultó agrandado más allá de lo esperable por las declaraciones del ministro del Interior, en las que anunciaba, antes de que esto suceda, que pronto el Gobierno nos daría “sorpresas” en la zona.

Tanto si hemos estado frente a una mentira o frente a un total despiste de nuestras autoridades, la prensa solo ha cumplido con su labor al informar a la ciudadanía que es falso lo que le decía su Gobierno sobre la situación de los terroristas que tan seriamente amenazan su seguridad.

Lo que en ningún caso ha hecho la prensa es lo que dijo el ministro Otárola: “una burla en memoria de los caídos”, que da “tribuna para un asesino”. En la tribuna mediática, lo que se vio es algo que a todos nos hace bien ver, aunque solo sea para que nadie se tome a la ligera o interprete erróneamente esta amenaza: el fanatismo y la escalofriante inhumanidad de los peligrosos criminales que acechan en ya varios departamentos del país. Si algo sonó como burla a la memoria de los caídos fue más bien que el presidente llamase “operación impecable” producida “a costo cero” al supuesto cerco de una banda a la que, por lo visto, jamás se acercó el Ejército lo suficiente como para poder seguirla (pese a que casi no se movió de donde estaba) y que nos ha costado 4 muertos, 2 desaparecidos, diez heridos, un helicóptero destruido y ninguna baja enemiga. Como que a burla sonó también el desconcierto del ministro cuando en una reciente entrevista en “La República” le preguntaban por detalles de las operaciones desplegadas en las que no parecen haberse cuidado varias elementales reglas del buen hacer militar.

Tampoco suenan muy serias, por lo demás, las condiciones en que luchan nuestros soldados contra el terrorismo: sin visores nocturnos, radios, equipos de rastreo satelital, blindaje para los helicópteros o chalecos antibalas que funcionen, y con fusiles comprados a fines de los setenta. Aunque es cierto que en este punto la burla corre más por cuenta de los gobiernos anteriores, tampoco parece libre de responsabilidades en la misma una administración que ofreció hacer de la seguridad su prioridad y que ya lleva casi 9 meses en el cargo.

En lugar, pues, “de hacerle el juego” al terrorismo, lo que la prensa ha hecho con estas publicaciones es no seguirle el juego a un Gobierno que, por dolo o culpa, nos estaba intentando vender como un escenario controlado una situación en la que solo parece estar dando palos de ciego.

Lo revelado debiera servir al Gobierno, entonces, para enfrentar la improvisación que ha desplegado hasta la fecha en este tema y tornarse más asertivo en él, con ayuda, si es que resultase necesaria, de la presión de una opinión pública ya alertada.

Se supone que la verdad –aún cuando, como ahora, resulta dura– nos hace libres. Creemos que hablamos también por nuestros lectores cuando decimos que nos damos por bien servidos si, en este caso, funciona al menos para hacernos algo más seguros.