(Editorial) Darwin a su servicio

Restringir la competencia en el mercado de las universidades no mejorará la calidad de la educación

Hace unos días el Ejecutivo anunció su intención de implementar una medida para mejorar la calidad de la educación superior: frenar la creación de universidades en todo el país, al menos, por dos años. En este sentido, el viceministro de Gestión Pedagógica, Martín Vegas, señaló al diario “Gestión” que esta sería una vía para “tener los profesionales, técnicos o universitarios que realmente demanda el mercado”.

No es la primera vez que se propone esta curiosa medida. De hecho, en la legislatura pasada la Comisión de Educación del Congreso aprobó un proyecto de la bancada de Solidaridad Nacional que, de convertirse en ley, establecería una moratoria por tres años para la creación de nuevas universidades.

La (supuesta) lógica detrás de esta idea es la siguiente: la mejor forma de evitar que se creen universidades malas es evitar que se creen universidades del todo. Con el mismo razonamiento, habría que prohibir la creación de más bodegas para evitar que algunas vendan productos vencidos, o prohibir nuevos restaurantes para asegurarnos de que no se ofrezca comida en mal estado. De hecho, inspirados en ese principio, para evitar los atentados deberíamos prohibir que nazcan más personas, pues así no aparecerían nuevos terroristas.

Como es evidente, los autores de la idea en cuestión han pasado por alto el pequeño detalle de que, cuando se prohíbe el ingreso de nuevos competidores a un mercado, no solo se evita que entren malos elementos, sino también que lleguen mejores opciones que podrían reemplazar a quienes hoy brindan un servicio inferior al suyo.

Quizá la razón por la que se propone este tipo de proyectos es porque se teme que, al final del día, sean más los malos que los buenos quienes aparezcan ofreciendo servicios educativos. Sin embargo, este temor se revela infundado una vez que se entiende el efecto que tiene la competencia en las organizaciones que ofertan en el mercado. Con estas ocurre algo muy similar que lo que sucede con las especies que coexisten en la naturaleza: sobreviven solo las más aptas, siendo que en el mercado el hábitat al que hay que adaptarse es al de las preferencias de los consumidores. Así es como la competencia genera que las empresas más exitosas en satisfacer los deseos y los bolsillos de los clientes sobrevivan y que las que fracasen haciéndolo sean descartadas progresivamente. Es la pesadilla de perder su clientela en manos del rival lo que empuja a los empresarios a mejorar. En corto: el libre mercado es Darwin al servicio del consumidor.

Si se sigue permitiendo el ingreso de más competidores al mercado, las instituciones educativas tendrán que esforzarse más por ofrecer servicios de mejor calidad y de mejores precios. Esto es, una plana docente más preparada, currículos más modernos, mejor infraestructura y carreras que respondan con mayor precisión a la demanda de trabajo que tienen los potenciales empleadores, a menores precios.

Naturalmente, más de uno podría preguntarse cómo así, si la competencia logra estas cosas, es que hoy en día, cuando la competencia está permitida, existen tantas universidades que no brindan una buena educación. Pero la respuesta es la misma que explica por qué hay tanta que compra en panaderías que venden pan de mala calidad: en nuestro país muchos no cuentan con recursos para pagar por algo mejor. El punto es que esas personas obtendrían un pan de una calidad todavía peor si no tuviesen opciones compitiendo por su elección. De hecho, si es que hoy tantos estudiantes escogen pagar las universidades privadas de bajo costo que compiten con las universidades gratuitas estatales, es porque piensan que, aunque no sean extraordinarias, sí son mejores que las opciones estatales que tienen al frente (no todos tienen la posibilidad de entrar a las pocas prestigiosas universidades públicas que hay, como San Marcos o la UNI).

Entonces, tanto la solución al problema de las malas panaderías como al de las malas universidades, no es prohibir nuevas panaderías y universidades, sino, además de fomentar la competencia, profundizar en las reformas que durante todos estos años han permitido que mejoren los ingresos de las personas para que puedan adquirir pan y educación de cada vez mejor nivel. Es decir, lo contrario a dejar que el Congreso expropie a los ciudadanos la posibilidad de tener más opciones, y la libertad de elegir entre ellas, regalándole de paso –y tal vez no sin querer– un feudo temporal a las universidades que ya existen.