(Editorial) ¿Hasta cuándo?

Nuestros valientes soldados y policías no se merecen la pobre dirección que hoy padecen en el VRAE

Hace poco más de una semana, el presidente Humala calificaba de operación “impecable” la respuesta de su gobierno al secuestro de un grupo de 36 trabajadores del proyecto Camisea por parte de senderistas. Si en ese momento era ya absurdo utilizar ese término –pues ahí donde se pierden vidas de valientes policías o militares, no puede haber nada impecable– usarlo ahora sería, por decir lo menos, escandaloso.

La interminable sucesión de desafortunados eventos en el VRAE ha sido prueba de que quienes dicen liderar la lucha contra el narcoterrorismo actúan más bien como espectadores de una película de terror: se espantan, sufren, gritan y se horrorizan desde la comodidad de sus butacas.

Recordemos que la falta de protagonismo de las supuestas cabezas de la lucha contra la subversión se hizo patente cuando el expectante gobierno se enteró de una buena nueva por la radio: a pesar de que supuestamente 1.500 efectivos tenían cercados a los terroristas, los rehenes llegaron caminando por sus propios medios al poblado de Chihuanquiri, de donde luego tomaron un bus a Kiteni. Todo esto sin cruzarse con un solo miembro de las fuerzas del orden.

El gobierno se iniciaba así en la penosa costumbre de ponerse al día por los medios de comunicación de los sucesos más recientes de la lucha que dice liderar.

La televisión y los diarios fueron los siguientes encargados de llevar novedades sobre el VRAE a Palacio cuando un grupo de periodistas, a pie, encontró a ‘Gabriel’ junto con otros subversivos. En ese momento, ignorando que la prensa solo ponía en evidencia la falta de liderazgo de la situación en la zona (o, en todo caso, lo que entiende el gobierno por “liderazgo”), el ministro Otárola calificó su decisión de publicar estos hechos como “una burla a los caídos”.

La verdadera burla, sin embargo, ha sido la falta de un norte durante todo este tiempo, que siguió siendo puesta de manifiesto en los últimos días, cuando el gobierno se quedó petrificado frente al reprobable abandono de los miembros de la policía que cayeron en combate. O también cuando el heroico suboficial Luis Astuquillca, luego de 17 días de desaparecido, llegó caminando y con una herida de bala en la pierna al poblado de Kiteni. Y, más vergonzosamente, cuando el cuerpo del suboficial César Vilca regresó en un taxi rescatado por su propio padre quien, ante la pasividad de las autoridades, se tuvo que internar en la propia selva para lograr en unas pocas horas lo que ellas no habían conseguido en más de 17 días.

El gobierno justifica su falta de acción en que estaba esperando tener una estrategia que, lamentablemente, nunca llegó. Al ministro Lozada más bien se le ha ocurrido la peregrina idea de demandar a los terroristas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Quizá como esperando que la comisión nos envíe a alguien que sí sepa qué hacer y se interne en el VRAE a perseguir a los terroristas.

Después de demasiados muertos y heridos es hora de que los responsables políticos de esta mala parodia de una operación militar tomen el toro por las astas o, si no pueden hacerlo, que den un paso al lado. Hace tres años el señor Ollanta Humala pidió la renuncia del entonces ministro de Defensa, Rafael Rey, debido a que las numerosas muertes en el VRAE evidenciaban la falta de estrategia en la lucha contra el narcoterrorismo. Si no pueden convencer al Perú de que ellos sí cuentan con un plan para enfrentar el monstruo que tienen al frente, los ministros Otárola y Lozada deberían ser medidos con la misma vara con la que el presidente quiso medir en su momento al señor Rey.

Y es que ya es indecente la patética manera en la que día a día nos sorprenden con su falta de estrategia y pasividad, arriesgando con ella la vida de nuestros valientes miembros del ejército y la policía. Ya es hora de que expliquen al Perú cuándo recibirán nuestros combatientes armas modernas, equipos médicos suficientes, sistemas de comunicación adecuados y helicópteros de última generación. Pero, tan importante como eso, es hora de que expliquen si son capaces de, finalmente, liderar una lucha que, hoy en día, queda claro que se encuentra acéfala.


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