(Editorial) Ni santos ni ingenuos

Gregorio Santos no quiere minería, pero sí los recursos que ella produce

(Editorial) Ni santos ni ingenuos

Hace unos días, el presidente del gobierno regional de Cajamarca, Gregorio Santos, envió un oficio al primer ministro solicitándole una reunión a fin de contar en el presupuesto del 2013 con financiamiento para proyectos de inversión pública en beneficio de la región Cajamarca.

Nos parece estupendo que el señor Santos quiera invertir en su región. No obstante, es por lo menos curioso que no tenga una idea clara de cuál es la principal fuente del dinero que hoy reclama o, en todo caso, que no le moleste la ironía de su pedido. Y es que resulta que la mayoría de los recursos de los que dispone el gobierno para financiar inversiones públicas proviene de la actividad que el mismo señor Santos desea abolir: la minería responsable.

Para tener una idea de la importancia de esta actividad en las finanzas públicas, basta con recordar que –según Macroconsult– en el 2011 la minería aportó al Gobierno Central por todo concepto (incluyendo regalías, aporte voluntario y Fondoempleo) 13.300 millones de soles. Es decir, resulta que esta actividad es la principal contribuyente del país. Y no solo eso. La cantidad de otras actividades económicas que alimenta la minería es tan grande que Macroconsult estimó que terminar con la minería en el país se traduciría en una pérdida de recursos fiscales de casi 40%.

Así, resulta que el señor Santos no quiere la minería en su región, pero sí quiere los recursos que la minería genera. Paradójicamente, quien reclama los huevos de oro es quien está desesperado por cortarle el cuello a la gallina.

Es curioso también que el señor Santos quiera hoy dialogar como un abanderado del desarrollo de su región cuando flaco favor le ha hecho a este hasta el momento. No solo logró paralizar sin fundamento el proyecto que más recursos podría haberle traído en toda su historia (recordemos que el estudio de impacto ambiental y el peritaje internacional demostraron que Conga no privaría de agua a Cajamarca ni representaba una amenaza ecológica como acusaba el presidente regional). Además, el movimiento que él colideró cometió una serie de delitos, como secuestrar a su ciudad bloqueando las vías de acceso y atacar una municipalidad usando armas de fuego para así castigar a un alcalde opositor. Fue también el señor Santos quien desconoció el estado de emergencia dispuesto por el Ejecutivo y convirtió a Cajamarca en una suerte de señorío feudal al desobedecer olímpicamente las leyes del Congreso y dictar prepotentemente su voluntad. Como si esto fuera poco –según la Contraloría de la República–, usó ilegalmente recursos del Gobierno Regional para financiar movilizaciones que a la postre terminaron, como sabemos, con el saldo de cinco muertos. Finalmente, mientras él se dedicaba a su “revolución” y –según varias denuncias periodísticas– a ejecutar algunos proyectos en convenio con amigos, fue el Gobierno Central el que tuvo que asumir directamente obras importantes como la represa de Chonta, el hospital de Cajamarca y diversas carreteras.

No obstante todo esto, ha hecho bien el primer ministro Juan Jiménez en anunciar que está dispuesto a recibir al señor Santos para dialogar sin condicionamientos, pues, esta puede ser una oportunidad para entablar una relación distinta y constructiva. Quizá esta sea una vía para rescatar a Cajamarca de la situación en la que se encuentra. Eso sí, habría que ser muy cándido para entregar recursos aceptando que el presidente regional siga haciendo y deshaciendo cual rey en su tierra. Especialmente, cuando este no parece haber cambiado de actitud, ya que solo cinco días después de solicitar la reunión criticó socarronamente al presidente Humala a través de un ‘tweet’ por mantener “el modelo económico neoliberal”.

Ahora, pensándolo bien, quizá el primer ministro Jiménez sí podría establecer un condicionamiento para la reunión: que el señor Santos se informe bien sobre los recursos con los que contaba Cajamarca antes de instaurado el modelo que él tanto critica. A fin de cuentas, como su interlocutor no es ningún santo, él no puede pecar de ingenuo.