(Editorial) Nuestra vieja nueva izquierda

La necesidad del Perú de una izquierda moderna permanece insatisfecha.

(Editorial) Nuestra vieja nueva izquierda

El Frente Amplio de Izquierdas (FAI), la nueva alianza política que aspira a (re)unir nuestros movimientos izquierdistas, constituye, de partida, una decepción. Y es que, a juzgar por las prédicas y las actuaciones que mantienen varios de sus integrantes –como el Partido Comunista del Perú , el MAS de Gregorio Santos o el antiminero Tierra y Libertad –, no estamos, en absoluto, ante la agrupación de una izquierda nueva y madura que haya demostrado capacidad para mirar fuera de sus manuales y notar, por ejemplo, cómo solo en las últimas décadas cientos de millones de personas han salido de la pobreza y se han empezado a educar y a empoderar conforme se han ido desestatizando economías asiáticas, latinoamericanas y europeo-orientales.

No. Nuestra flamante izquierda es la misma vieja izquierda de siempre que parece haber viajado por los años en la misma forma en que lo habría hecho un hombre del Paleolítico fosilizado que de pronto se despierta en nuestro siglo y pretende usar su arma de piedra para salir a cazar mamuts . Y así, por ejemplo, tenemos que los tres partidos mencionados siguen describiendo su visión del mundo y sus programas en términos de la lucha de clases en un mundo en que la mayor ambición internacional del partido “comunista” chino es que su país sea unánimemente reconocido como “economía de mercado”.

No pretendemos decir con esto, por cierto, que el problema sea solo de “desubicación” frente a los avances que ha logrado la humanidad, como si las recetas económicas de estos grupos sí hubiesen sido buenas en algún contexto. Pero sí queremos decir que a estas alturas resulta particularmente difícil ser una persona históricamente informada y al mismo tiempo defender fórmulas como las aludidas sin caer en necedad.

Por lo demás, vale la pena precisar que no es solo en los aspectos económicos donde estos partidos se resisten a abandonar sus viejos vicios. La democracia y sus reglas parecen seguirles resultando puras formas burguesas que no inspiran respeto. Difícil explicar de otra manera cómo no tienen ningún empacho en fomentar las tomas violentas de carreteras , comisarías, municipalidades y hasta ciudades enteras –como lo han hecho reiteradamente, por ejemplo, Gregorio Santos y, pese a su sibilino estilo, Marco Arana , en Cajamarca– para, bajo excusas ambientales que un peritaje internacional reveló como mentirosas, intentar meter por la ventana de la fuerza lo que nunca les ha cabido por la puerta electoral.

No hablamos con cinismo cuando decimos que es decepcionante que el Perú vaya a seguir privado de una izquierda moderna. Son muchos los aportes que una izquierda así podría hacer al país. Solo por citar un ejemplo, en lugar de petardear las inversiones, tendría que ser la principal fuerza para lograr una reforma que permita al Estado dar servicios de calidad con todo el dinero que hoy tiene gracias, precisamente, a dichas inversiones (hace una década el presupuesto de apoyo social 
–incluyendo educación y salud– del que disponía anualmente nuestro Estado era de S/.15.000 millones; hoy es de S/.45.000 millones). Al fin y al cabo, a decir de la izquierda, ella tiene más claro que nadie lo esenciales que efectivamente son estos servicios para poder llevar oportunidades a todos los ciudadanos.

Pero no. Coherente con los idearios de las organizaciones que lo forman, el FAI ha anunciado como su primer objetivo el rechazo al proyecto de ley de reforma del servicio civil y, como acto fundacional, su participación en la movilización convocada por los sindicatos estatales contra este proyecto. Es decir, el FAI nace defendiendo el “derecho” de algunos empleados públicos a no ser evaluados y a ascender y obtener aumentos sin necesidad de demostrar calificaciones, ni rendimiento, ni servicio al público; frente al derecho de todos los peruanos a tener un Estado que empiece a dar servicios que sean dignos de tal nombre. Una manera curiosa de alinearse con los intereses rentistas de unos pocos –los representados por los sindicatos estatales– que no quieren tener que demostrar que aportan un valor al contribuyente que paga sus salarios, contra el interés en mejores servicios estatales que tienen todos los ciudadanos y, sobre todo, quienes más dependen de estos servicios. Una muestra notable de “desconexión”, por decirlo de alguna manera, que sin embargo, a quienes creemos que las recetas de estas agrupaciones volverían a ser desastrosas para el país, al menos nos deja el consuelo de que, electoralmente, les seguirá yendo tan mal como siempre.