(Editorial) Pagando los platos rotos

Privatizar Sedapal haría a la empresa más responsable por mantener su infraestructura

(Editorial) Pagando los platos rotos

¿Quién debe pagar los platos cuando se rompen? Pues el que los rompió, naturalmente. La lógica es sencilla: si una persona sabe que pagará los platos que rompa, tendrá buenas razones para cuidarlos. Por el contrario, si sabe que será un tercero quien asuma el costo, es más probable que no ponga mayor cuidado en que no se le caigan.

Esta semana hemos sido testigos de lo que sucede cuando no se aplica esta regla. El martes pasado, la ruptura de una tubería matriz en las zonas de Pachacútec y Pista Nueva, en el distrito de Villa María del Triunfo, ocasionó una inundación que dañó múltiples viviendas y tuvo un saldo aproximado de 379 damnificados. A esta desgracia se sumó que al día siguiente colapsó un desagüe en la avenida Pachacútec, lo cual formó una laguna que emanaba olores nauseabundos y puso en riesgo la salud de los vecinos de la zona.

Hasta donde se conoce, el terrible estado de la infraestructura de agua y desagüe fue lo que causó el desastre. De hecho, según el gerente municipal de Villa María del Triunfo, la zona tiene tuberías que no han sido cambiadas en 40 años y que, además, no están preparadas para sostener el incremento poblacional de las últimas décadas.

¿Cómo pudo Sedapal dejar que una tubería tan clave de un distrito tan populoso llegue a semejante estado de deterioro, sabiendo que las consecuencias de su colapso serían tan graves? Pues acaso la razón esté es que quienes toman las decisiones finales en Sedapal saben que el pago de estas consecuencias no saldrá de sus bolsillos. No en vano, Sedapal es una empresa de todos: somos pues “todos”, y no alguien en particular, quienes pagamos por los platos que rompa Sedapal. De ahí que esta los cargue con tanto descuido. Vale la pena precisar que lo anterior no es pura construcción teórica. En el 2006 el Estado tuvo que pagar con dinero de nuestros impuestos una deuda de S/.3.000 millones que Sedapal había dejado que se le acumule entre 1996 y el 2003, “olvidando” pagar sus impuestos. Con las empresas privadas, desde luego, pasa algo distinto. Si causan un daño por negligentes, existe un propietario de cuyo bolsillo saldrá el dinero para cubrir las pérdidas. Y como a ningún propietario le conviene que eso le suceda, en las empresas privadas existen mejores razones que en las estatales para ser diligentes: hay alguien concreto, de carne y hueso (y no un difuso “todos”) al que le cuesta. Esto no quiere decir, por supuesto, que los privados nunca causen accidentes, pero sí que tienen mejores incentivos para evitarlos.

Por otra parte, el que las empresas privadas asuman los costos y beneficios de sus decisiones sobre el estado de su infraestructura explica también por qué suelen desarrollarla más que las estatales y por qué, de hecho, nuestras empresas privadas de servicios públicos han expandido sus redes mucho más allá que las estatales. A mejor servicio y mayor cobertura, mayores ganancias para el dueño y clientes más satisfechos.

Lo anterior tampoco está basado en especulaciones voluntaristas. Mientras los 12 años siguientes a su privatización nuestras empresas eléctricas y de telefonía incrementaron su cobertura en Lima en 56% y 168% respectivamente, Sedapal lo hizo solo en 20%. Y la misma tendencia se da en el ámbito mundial. Por ejemplo, un estudio del 2009 del Banco Mundial que analizó el desempeño de 141 empresas de agua en 48 países durante 22 años mostró que las empresas privadas presentan 12% más conexiones residenciales y 19% más cobertura de desagüe que las estatales. Además, en promedio, las privadas aumentaron 41% más que las públicas la cantidad de horas diarias en las que los usuarios gozan del servicio de agua. En la misma línea, un estudio de Galiani, Gertler y Schargrodsky que comparó las empresas de agua en Argentina encontró que la mejora de infraestructura en los lugares donde la empresa era privada permitió que la mortalidad infantil se reduzca en promedio en 8% y en las zonas más pobres en 26%. Todo lo cual hace un poco exótico que se diga que las empresas estatales existen por “el interés social”.

Hay, entonces, algo que deberíamos aprender de la tragedia que presenciamos esta semana: cuando, como sucede en las empresas estatales, no existe quién pague los platos rotos, lo razonable es esperar oír a menudo el ruido de la vajilla estrellándose contra el piso. Y eso mismo que sucede con los platos, les guste o no a los defensores de Sedapal, ocurre también con las tuberías.