(Editorial) Refrito agrario

El Gobierno quiere insistir en programas de crédito agrario que ya se han demostrado inútiles

Hace unos días Hugo Wiener, presidente de Agrobanco, anunció ‘Creditierra’, un programa de préstamos para que pequeños productores agrícolas adquieran tierra y amplíen sus minifundios. Es algo positivo que el Gobierno esté consciente de que el minifundio es un problema para la agricultura (porque es una de las causas de su baja productividad), pero es una pena que, intentando resolverlo, escoja tropezar de nuevo con la misma piedra de siempre: el otorgamiento de créditos estatales.

No le haría mal al gobierno recordar que cuando la banca estatal anuncia un programa de préstamos, lo que realmente está haciendo es anunciar un programa de regalos. Y es que si algo han demostrado no saber hacer los bancos estatales es cobrar los créditos que otorgan así como lograr la rentabilidad de su negocio.

Las pruebas sobran: El Banco Agrario, antecesor del actual Agrobanco, era tan ineficiente que en los noventa solo podía financiar el 9% de su operación con las recuperaciones de los créditos otorgados, por lo que el 90% era financiado con dinero del fisco (principalmente mediante emisión monetaria, contribuyendo así a la hiperinflación). El Banco de Materiales, por su parte, tuvo un destino parecido. Los gobiernos de Fujimori, Toledo y García fueron tan generosos condonando los préstamos que esta institución realizó que, finalmente, la quebraron. El Agrobanco de hoy, por su parte, tampoco parece andar por el rumbo correcto. Según el Instituto Peruano de Economía (IPE), su rentabilidad es solo un sexto del resto del sistema y la morosidad de su cartera es casi el triple de la de los bancos privados (y va en franco ascenso).

La razón por la que los bancos estatales sufren de debilidad por regalar plata es bastante conocida: los políticos que finalmente deciden el destino de ellos, no tienen incentivos para cuidar su patrimonio porque se trata de dinero que no es suyo y, más bien, ganan popularidad condonando préstamos. En otras palabras, para alguien que quiere cosechar votos no hay mejor negocio que jugar al banco con plata ajena.

No obstante, a pesar de saber que lo más probable es que los contribuyentes seamos quienes terminemos pagando la factura, a algunos de repente les podría consolar que por lo menos estos programas de crédito sirvan para ayudar a los más necesitados. Quizá esto podría ser un consuelo… si no fuese porque no es cierto.

‘Creditierra’ está diseñado para prestarle dinero a propietarios de tierras rurales que quieran expandir su tierra. Pero, como menciona el IPE, más del 50% de los peruanos más pobres de zonas rurales no son propietarios y el resto ni siquiera tiene capacidad de ahorro para pagar la cuota inicial. Entonces, difícilmente ‘Creditierra’ servirá para apoyar a quienes más ayuda requieren. Esto no es de extrañar teniendo en cuenta los antecedentes de Agrobanco. Hoy su cartera está colocada principalmente en deudores que distan bastante de ser la gente más necesitada, por ejemplo, productores de insumos de exportación o que poseen entre 5 y 6 hectáreas de tierra. Si el Estado va a regalar el dinero de todos, ¿por qué entregárselo a quien sí puede salir adelante por sí solo?

Si se quiere ayudar a los campesinos que sufren la más extrema pobreza, fuera de los programas sociales, el Estado debería concentrarse en dos cosas: primero, en volver más productivas sus tierras, por ejemplo instalando reservorios, sistemas de riego por aspersión, financiando programas de capacitación tecnológica y permitiendo que a quienes les sobra agua puedan vendérsela a aquellos que les falta. Segundo, en seguir removiendo las barreras que dificultan que se consoliden nuevos mercados que demanden sus productos.

‘Creditierra’, en fin, parece ser solo un ‘remake’ más que una mala película que los peruanos ya hemos visto varias veces. Aquella en la que el protagonista se dedica a regalar dinero ajeno a quien no lo necesita para hacer más popular a algún político de turno. Y, no nos olvidemos, hay una regla que suele cumplirse con los refritos: el último siempre es peor que el anterior.