(Editorial) Rompiendo el círculo

Multiplicando la inversión minera tendríamos recursos para cerrar brechas como las de educación e infraestructura

Ante el letargo en el que ha ingresado el proyecto minero Conga, varias personas han declarado que el país debe empezar a diversificar su economía y dejar de explotar solamente recursos naturales, buscando otras fuentes de ingresos, como el turismo y la agroindustria.

Sin duda, el país debe avanzar hacia una mayor diversificación, pero hay que empezar por reconocer, como hemos sostenido antes, que eso ya está ocurriendo. En los últimos veinte años, de hecho, las exportaciones no tradicionales han crecido en volumen a una tasa anual promedio tres veces superior a las tradicionales.

El rápido desarrollo de otras industrias, sin embargo, se puede encontrar en un círculo vicioso. Es muy difícil aumentar la velocidad de las inversiones si el país no resuelve problemas como la mala educación (que lleva a que no haya suficientes trabajadores capacitados) o la falta de infraestructura (que dificulta el comercio de los productos). Pero, al mismo tiempo, resulta complicado conseguir los recursos para estos fines sin aumentar los tributos y, con ello, desincentivar precisamente la creación de nuevas empresas.

Este círculo vicioso logrará romperse si llegamos a contar con una fuente de ingresos fiscales distinta que permita alcanzar los niveles requeridos de inversión estatal. Y esa no es otra que la minería, cuyos precios se calcula que estarán, aunque con fluctuaciones, relativamente altos durante por lo menos dos décadas, gracias a que las industrias emergentes de China y otros países en desarrollo seguirán necesitando metales. Es una histórica ventana de oportunidad que el país no debería desperdiciar.

Promover la minería responsable y respetuosa del medio ambiente, así, es el atajo para obtener recursos a fin de realizar las inversiones necesarias. Por ejemplo, el presidente Toledo recordará que pudo, hacia el final de su mandato, aumentar los sueldos de los maestros solo gracias a que los precios de los minerales comenzaron a subir a partir del 2005. Pero también es cierto que ni Toledo ni García pudieron cumplir con el único compromiso concreto contenido en el Acuerdo Nacional: subir el gasto en educación al 6% del PBI, porque para eso había que incrementar la recaudación.

Por ello, para alcanzar nuestros objetivos, es necesario aumentar la producción minera. Según Macroconsult, en el 2011 la minería aportó al Gobierno Central, por todo concepto (incluyendo regalías, aporte voluntario y Fondoempleo), 13.300 millones de soles. Ese año, el gasto total en educación en todos los niveles de gobierno fue de 13.700 millones de soles, es decir, una cantidad similar al aporte fiscal minero. Si las contribuciones de la minería fuesen el triple, podríamos doblar el gasto en educación –con lo que alcanzaríamos el elusivo objetivo del 6% del PBI– y destinar la otra tercera parte a infraestructura. Con recursos mayores para educación e infraestructura, no solo diversificaríamos nuestra economía mucho más rápido, sino que alcanzaríamos el estatus de país desarrollado en menos años.

Para eso, necesitamos una cartera de proyectos mineros mayor a la que tenemos, 53 mil millones, parte significativa de los cuales está bloqueada por la oposición social y antiminera. Según el Instituto Peruano de Economía, con esa cartera aumentaríamos en 120% la producción actual. Y para triplicarla necesitaríamos una parecida a la chilena, 91 mil millones de dólares.

La minería, así, es el instrumento que puede romper el círculo vicioso al que nos enfrentamos. Por tanto, no podemos caer en el error de creer que aquellas voces que proponen renunciar a la minería son las de líderes que nos permitirán caminar hacia adelante. El único rumbo que ellas anuncian es uno en espiral.