(Editorial) Salto con amarras

Hay mucho por hacer para reducir la informalidad laboral

(Editorial) Salto con amarras

La semana pasada el Banco Mundial (BM) presentó el informe “La situación del mercado laboral detrás de la transformación de América Latina”, que revelaba un dato sorprendente: entre los años 2000 y 2010 la informalidad laboral en el Perú disminuyó alrededor de ocho puntos porcentuales, una de las caídas más altas entre los nueve países donde la medición se puede hacer consistentemente a través del tiempo. Si a esta noticia le sumamos que –según lo revelado por la Cámara de Comercio de Lima (CCL)– el empleo formal habría aumentado en casi 50% durante los últimos siete años, es claro que en el aspecto laboral la situación en el país está mejorando y ha dado un salto importante.

Habría que tener en cuenta, sin embargo, que todavía hay una larga distancia por recorrer. Para empezar debe decirse que –como menciona Julián Messina, economista senior del BM– si bien la informalidad en el Perú viene cayendo consistentemente, lo está haciendo desde las tasas más altas de América Latina. De hecho, en el informe citado, el BM calcula la disminución a aproximadamente 60% de informalidad. Asimismo, Norman Loayza, también del BM, en el foro Quo Vadis Perú 2011, organizado por la CCL, señaló que este fenómeno se presenta en más del 70% de la fuerza laboral, alcanzando porcentajes mayores a 90% en regiones como Apurímac, San Martín, Madre de Dios o Cajamarca, por nombrar unas cuantas.

¿Qué hacer, entonces, para que el siguiente salto sea aun más dramático y significativo? Pues, para empezar, desatar las amarras que impiden que más empresas escapen de la informalidad. Loayza, por ejemplo, demuestra que la razón principal por la que tenemos más informalidad que Chile son las excesivas regulaciones. Solo en el campo de la legislación laboral, por ejemplo, los costos no salariales (derivados de la regulación) representan casi el 60% del salario bruto. Y a esto hay que sumar las innumerables barreras burocráticas que imponen las entidades públicas y la tremenda carga tributaria que enfrentan nuestras empresas (una vez que se toman en cuenta todos los cobros estatales, por ejemplo, la presión tributaria es de 23,8% del PBI).

No obstante la evidencia empírica, no faltan quienes piensan que los empresarios deberían simplemente esforzarse para cumplir los estándares legales que buenamente establece el Estado. Esta visión, sin embargo, pasa por alto que el Congreso y la burocracia no son algo así como una junta de magos que con su sola voluntad pueden hacer y deshacer la realidad a su antojo. Y es que cuando el Estado impide que buena parte de las empresas y sus trabajadores sean formales, las consecuencias no son despreciables.

Para empezar, las empresas que contratan trabajadores informales suelen ser menos productivas, pues tienden a contratar personal menos especializado. El motivo es que, buscando asegurarse que sus empleados no los denuncien ante la autoridad, tienen incentivos para escoger como trabajadores a sus propios familiares o a personas de mucha confianza, pero que no necesariamente son las más calificadas para el puesto requerido. Por otro lado, las empresas que operan en la clandestinidad no están sujetas a las verificaciones de defensa civil o de las autoridades ambientales, lo que significa que potencialmente ponen en peligro a sus vecinos. Y, finalmente, todas aquellas personas que desisten de la idea de iniciar un negocio (ya que no saben cómo sobrevivir en el mundo informal, pero no pueden asumir los costos de la formalidad) pierden la oportunidad de mejorar su calidad de vida y de crear empleos para más peruanos.

Hoy sufrimos de un sistema legal excluyente e injusto, que fuerza a los peruanos a contratar empleados por lo bajo. Por eso, si bien el salto que hemos dado en reducción de la informalidad laboral es una buena nueva, podría haber sido una noticia estupenda si se decidiera finalmente soltar las amarras que impiden que miles de peruanos salten aun más lejos, mejorando así sus vidas y la de la mayoría de nuestros compatriotas.