Editorial: Sin visa para un sueño

En medio de su creciente movimiento liberalizador y de giro hacia la empresa y la propiedad privadas, Cuba no ha podido evitar un reflejo…

Editorial: Sin visa para un sueño

Dice el refrán que “genio y figura son hasta la sepultura”. Las últimas medidas de la República de Cuba muestran una vez más cómo esto se aplica no solo a los individuos, sino también a los gobiernos.

Alguien podría pensar que no. Que es más bien lo contrario. Que lo que viene haciendo Cuba en los últimos cuatro años cuando entrega en usufructo privado las tierras públicas porque cree que solo así “dinamizará” su yacente agricultura, cuando permite a los cubanos ejercer una serie de oficios de manera independiente y aun emplear a otros cubanos en ese esfuerzo (luego de haber combatido el uso de las palabras ‘empleado’ y ‘empleador’ durante décadas), o cuando decide despedir a 500.000 trabajadores estatales, es más bien intentar dar marcha atrás en el camino que emprendió hace más de medio siglo y que llevó el salario mensual promedio de El País Donde Todos Son Igualmente Pobres a 25 dólares. Y se podría pensar lo mismo cuando el régimen permite que sus ciudadanos compren y vendan casas y carros, cuando incentiva las inversiones extranjeras, cuando quita una serie de restricciones que pesaban sobre los pocos negocios privados que desde la crisis de los noventa estaban permitidos en la isla y cuando permite que se creen varios más. Es decir, que el Gobierno está abandonando, aunque sea con contramarchas y limitaciones, el comunismo, abriendo las puertas a la libre empresa, reconociendo –implícitamente– cómo estos 53 años de sacrificio han transcurrido en la dirección equivocada y, en corto, renunciando a su genio y figura antes de su sepultura.

Quien pensase esto, sin embargo, se equivocaría en un sentido importante. En medio de su creciente movimiento liberalizador y de giro hacia la empresa y la propiedad privadas –un proceso que Raúl Castro, no se sabe si con ironía consciente, ha llamado de “profundización del socialismo”–, el régimen cubano no ha podido evitar un reflejo venido del corazón mismo de la cosmovisión que lo ha guiado durante todo este tiempo. Así, cuando esta semana ha finalmente eliminado el procedimiento de solicitud de permiso de salida para los viajes al exterior de sus ciudadanos, luego de décadas de lo que solo puede ser descrito como un secuestro oficial, ha excluido de esta nueva medida a una serie de profesionales –académicos, médicos, profesores, entrenadores deportivos, atletas y militares, entre otros–. La idea, según ha explicado el régimen a través de “Granma”, su diario oficial (y el único de Cuba), es evitar un “robo de cerebros” que dejaría a la isla sin los profesionales que el Gobierno considera “imprescindibles para el desarrollo económico, social y científico del país”.

De esta forma, el régimen castrista ha mostrado cómo su ADN permanece; cómo, más concretamente, su concepción del ser humano sigue siendo la misma. Y es que no se le ha ocurrido –o si se le ha ocurrido, no le ha dado importancia– que esos “cerebros” puedan existir en algo así como “personas” con ilusiones, planes o intereses distintos a lo que los Castro consideran “imprescindibles para el desarrollo” de la isla. Que, de hecho, nadie le puede “robar” estas personas al Gobierno Cubano, porque ellas no le pertenecen. Que, en fin, aunque efectivamente fuesen “imprescindibles” para el desarrollo de Cuba o de cualquier otra colectividad, eso no vuelve legítimo que esa colectividad (o el Estado que la represente) las expropie de su libertad. ¿O es que acaso se puede llamar “desarrollo” a algo que se alcanzase con mano de obra esclava?

Con su última medida, en otras palabras, los Castro nos han recordado de una manera muy real por qué la ideología que los ha movido todo este tiempo no es solo torpe –produciendo los resultados materiales que todos conocemos y que durante décadas han llevado a la gente a huir de Cuba flotando sobre llantas–, sino también perversa: porque separa al “bien” del hombre de su libertad, haciendo creer que el primero es posible sin la segunda y justificando así los estados totalitarios donde el Gobierno mira a todos los demás como ganado al que tiene que criar, organizar y hacer producir. Ahora pues, que se acerca cada vez más el fin del encierro cubano, vale la pena recordarlo: lo que el castrismo hizo con Cuba no está mal a posteriori, por los resultados que finalmente logró; estuvo mal desde el comienzo y desde el concepto, por inmoral.