Adrenalina en el norte: conoce el lado extremo de Piura [VIDEO]

Atravesar Vichayito en kayak, cabalgar por los bosques de algarrobos y arrojarse desde un cerro sujetado a una cuerda de acero son algunas de las buenas razones para ir al norte en busca de aventura

RUDY JORDÁN ESPEJO @jordanrudy

Cierra los ojos. ¿Qué es lo primero que se te viene a la cabeza cuando te hablan de Piura ? ¿Playas, aguas cristalinas, delfines? ¿La luna de Paita, el sol de Colán, las noches de Máncora? ¿“Cebiche”:http://elcomercio.pe/tag/114392/cebiche, chicha de jora, seco de chabelo? Sean cuales sean las imágenes que asocia tu mente con el norte, te apuesto a que ninguna tiene que ver con deportes de aventura. ¿O sí?

¡AL AGUA, KAYAK!
Los primeros rayos de poderoso sol piurano caen como láminas de fuego en los ojos. Y si aun así queda modorra, el murmullo del mar nos lleva hipnotizados hacia la orilla. Allí nos recibe un amable piurano con sonrisa de comercial de pasta de dientes que nos da un curso acelerado para hacer kayak: esa embarcación en forma de plátano que es un emblema de los deportes de aventura.

La primera compañera en apuntarse agita los brazos, se estira, toma el remo, entra al agua decidida y ¡zas!, es tumbada por la primera ola. Debut y despedida. Alertados por el incidente, el resto del grupo ahora sondea las olas con más cautela. Ellos se suben al kayak, reman, empiezan a agarrarle el truco.

Hacer kayak es parecido a montar bicicleta,pero con los brazos: se aprende rápido, se debe llevar un ritmo y es clave balancear el cuerpo para no perder el equilibrio. A los pocos minutos, los brazos tienen el movimiento automatizado. En medio de la braceada, ideal para hombros y tríceps, se recomienda tomar una pausa en medio de la nada para respirar el aroma de océano y ver a los peces debajo del agua.

LOS CABALLOS DE LA CAPRICHOSA
En medio de un bosque de algarrobos, aparece Elena, señora de cabello esponjoso que es nuestra anfitriona en La Caprichosa. “Acá tienes aventura como tienes tranquilidad”, nos adelanta quien es desde hace un año la anfitriona de este ecofundo al que hemos llegado para cabalgar y hacer canopy (zip line).

Pese a las claras instrucciones que nos da el equipo de caballeros de Elena (patear dos veces para avanzar, jalar para frenar), y que los caballos movían la cola mansamente, siempre es incierto pronosticar si, tras esos ojos redondos y pacíficos, los equinos albergan la secreta idea de botarnos de su lomo.

Mi caballo se llama Sol y pese a un arrebato, a que mucho caso no me hace y a que voy pendiente no solo del camino sino de las imágenes que captaba para el video que acompaña esta nota, el paseo fue inolvidable. ¿Y el bosque? Disculpen el cliché: pero la verdad es que estaba encantado.

EL VUELO DEL CANOPY
Aún con la adrenalina arriba estamos listos para tomar el jeep, subir caminando un empinado cerro y luego deslizarnos en una cuerda de acero por los 1.500 metros de distancia que tiene el zipline, uno de los principales atractivos del ecofundo La Caprichosa.

Por más consejos tranquilizadores (“Más peligroso es tomar un mototaxi en Máncora”) y cifras sobre la confiabilidad del deporte (“nadie se ha muerto haciendo Canopy aquí”) con las que nuestros dos montañistas guías intentan inyectarnos coraje, miedo, ¡montañas de miedo!, es lo único que se siente al mirar abajo.

Serán cuatro puntos desde donde nos deslizaremos con una polea y sujetos a un arnés. Tenemos dos líneas de vida. Si algo sale mal, la otra debería salvarnos. Nos ponemos el casco, ajustamos las sogas y ya en ese punto lo único cierto es que no hay marcha atrás: no vale arrugar. Ante el interminable cable, el precipicio y el inmenso silencio uno se siente como un suicida. Un suicida que, tontamente, se tira.

No morimos pero la sensación de surcar los cielos sin alas es adictiva. Uno quiere más. Y, sabiendo que no muere, vuelve a tirarse de las otras tres líneas como si estuviera subiéndose a un pasamanos.