Alberto Pizango ofreció ayuda para buscar al mayor Bazán

A un año de la violencia reinó la paz en la Curva del Diablo. Unas tres mil personas se congregaron en el lugar

Alberto Pizango ofreció ayuda para buscar al mayor Bazán

Por: Ricardo León Enviado especial

De varias formas se puede leer lo ocurrido ayer en la Curva del Diablo. Desde el punto de vista de los organizadores (Orpian y Aidesep , entre otras asociaciones), los actos que recuerdan el primer año del violento 5 de junio del 2009 casi tuvieron la acogida esperada. Unas tres mil personas llegaron a ese lugar, incluyendo a decenas de vendedores de comida y transportistas que convirtieron la zona en un campo ferial. Había, por cierto, grupos de simples curiosos: la muerte atrae, su evocación también.

A lo largo del día se pudo ver a estudiantes de varias regiones del país, así como gremios de campesinos y otras asociaciones similares. Hasta este sector llegaron, además, Nancy Obregón, Marisol Espinoza, Juana Huancahuari, Yaneth Cajahuanca y José Maslucán (todos del Partido Nacionalista), junto a uno que otro candidato al Gobierno Regional de Amazonas.

Un día antes, los organizadores aseguraron que no permitirían actos de proselitismo político. Los parlamentarios, sin embargo, estuvieron en primera fila sobre el estrado, intentando no pasar desapercibidos.

EXPLICACIÓN Y UNA PROMESA
A pesar de la presencia de los políticos, la expectativa de los concurrentes no estuvo enfocada en ellos, sino en el dirigente Alberto Pizango y en lo que pudiera decir en su discurso.

Más flaco y menos vehemente que hace un año, Pizango explicó que su exilio en Nicaragua había sido una opción para evitar más enfrentamientos en un país polarizado. “Si me apresaban, el pueblo se iba a levantar otra vez, iba a haber más violencia. Por eso me exilié. No fue por cobarde”, dijo. A su lado estaban los hermanos Saúl y Cervando Puerta, quienes también salieron del país con orden de captura.

Al final de su discurso, Pizango se dirigió a Felipe Bazán Caballero, el padre del mayor PNP Felipe Bazán Soles , el policía que desapareció hace un año. El padre del agente respondió con un apretón de manos el ofrecimiento de Pizango: “Nos comprometemos a ayudar a buscar a su hijo, a recuperarlo”, dijo el ex presidente de Aidesep. El público gritó arengas, los periodistas tomaron fotos, la congresista Obregón lloró mientras grababa un video desde su Blackberry. La larga ceremonia recién comenzaba.

UN AÑO DE DOLOR
También podría interpretarse todo lo ocurrido ayer desde el punto de vista de un padre que lleva un año buscando a su hijo, y que se ha convertido en el símbolo del dolor. Felipe Bazán Caballero había viajado de Jaén a la Curva del Diablo con varios de sus familiares —incluidos la esposa del oficial, Silvia Pérez, y los hijos de este— para dejar una ofrenda floral en el cerro donde su hijo fue atacado (él aún no está seguro de que haya muerto). No esperaba que los organizadores del mitin —porque en eso se convirtió— lo llamaran al estrado.

Pero así fue. Y, además, le dieron la palabra: “Yo he venido a pedir que me ayuden a buscar a mi hijo, vivo o muerto”, dijo Bazán. Él responsabilizó de la desaparición de su hijo a los generales a cargo de desalojo y a la ex ministra del Interior Mercedes Cabanillas .

A los pocos minutos, Pizango anunció que se retiraba y bajó del estrado; esto, como era de esperarse, generó un alboroto protagonizado por periodistas y seguidores del dirigente nativo, que pugnaban por acercársele.

Aprovechando la situación, Felipe Bazán bajó disimuladamente del estrado para buscar a su familia. Sin embargo, fue interrumpido mil veces y mil veces recibió pésames y palmadas de apoyo, y mil veces respondió a las preguntas de la prensa con una paciencia cultivada. Bazán, además, fue saludado por todos los policías que se cruzaban en su camino: el vínculo se mantiene.

Antes de subir a su auto y regresar a Jaén, el padre del desaparecido policía accedió a que el reportero gráfico de este Diario le tomara una foto en el cerro donde se desató la emboscada. Bazán comentaba que ese recorrido a pie lo había realizado decenas de veces. Que conocía el cerro tan bien como la verdadera historia de lo que ocurrió aquella fatídica mañana. Que nos podía decir exactamente por dónde caminó su hijo. “Tienes que tener cuidado con las espinas”, dijo cuando subía la pendiente. Quizá no se dio cuenta, pero sonó a metáfora.