Atención infieles: las mujeres espías podrían estar al acecho

Si piensa que nadie se va a dar cuenta de sus ‘escapaditas’, piénselo dos veces. Hay un comando de féminas buscando descubrirlo

Por *Renato Cisneros* Es jueves y hace calor en Santa Anita. Después de dar varias vueltas llegamos a la oficina de “J&J Comando Femenino”. Una puerta enrejada se abre y una escalera angosta conduce a un segundo piso más bien pequeño, cuya área difícilmente excede los 70 metros cuadrados. Todo está apiñado en un mismo ambiente: la sala, el comedor, la cocina. De pronto aparece ella. Melina Jéssica Paco Ventocilla, detective privado de 24 años, jefa y fundadora de esta organización que desde el 2005 recluta y prepara a chicas espías. Melina me hace pasar a su despacho, donde las computadoras, los rastreadores y los artefactos propios de la labor detectivesca conviven junto con un arbolito de Navidad de miniatura, una colección de películas piratas y unos diplomas que, desde la pared agrietada, certifican la formalidad de la empresa. Melina habla de su trayectoria, remontándose a cuando estaba en el colegio. Tenía 16 y una amiga —que ya estaba metida en el submundo del espionaje— la invitó a participar en una operación. Buscaban desenmascarar al director de un colegio que sostenía romances clandestinos con alumnas de quinto de media. Melina fue “sembrada” para hacerle un seguimiento al sujeto y su trabajo fue vital para atrapar al corrupto en pleno “faenón”. Dos años después ingresó a la escuela de la Asociación de Detectives Privados del Perú (Depriv), donde fue capacitada durante 12 meses por especialistas en investigación y policías de criminalística. Allí aprendió a controlar sus nervios, a ejercer la paciencia, a memorizar la nomenclatura propia de los agentes encubiertos y a pulir su natural habilidad para obtener información. No había cumplido veinte años cuando decidió formar el Comando Femenino. Hoy trabaja con unas cuarenta chicas, divididas en cinco equipos. La menor tiene 18, la mayor 45. “Algunas son ex policías, pero ellas se ocupan de los casos más delicados”, me dice, antes de precisar que las espías se relevan cada cuatro horas para no levantar sospechas en el “objetivo”, que es como llaman al hombre o mujer investigados. *JUGADORAS ANDAN SUELTAS* Aunque la empresa también ve casos de fraude comercial, deslealtad empresarial o eventuales maltratos a niños por parte de personal doméstico, la mayoría de sus clientes llega con una misma sospecha a cuestas: la de estar siendo víctimas de una terrible y consumada infidelidad. La promesa de Comando Femenino es la siguiente: en menos de siete días te confirman si tu pareja te está poniendo los cuernos o no. Con total garantía. “En una semana se sabe claramente si alguien tiene un amante”, afirma Melina, sin pestañear, con una voz neutral, fría, que raya en la indolencia. El costo depende del tipo de seguimiento, pero, por ejemplo, si decides espiar a tu novia (o) durante cuatro horas, tres veces por semana, tendrás que desembolsar 300 dólares. A cambio te entregarán un sobre con fotos comprometedoras (si las hay), un video con hora y fecha exactas de los movimientos del presunto traidor y un informe escrito con el detalle de los lugares y direcciones adonde la persona ha acudido durante los días que durará el trabajito. ¿También espían correos electrónicos?, le pregunto a Melina, que muy seria me dice que no. “No intervenimos teléfonos ni “mails”. Está prohibido y es mucho riesgo”, sentencia. Melina maneja una estadística que cualquier hombre encontrará desmoralizadora. Según los números de su empresa, el 2008 hubo un empate de infieles: el 50% eran hombres, el otro 50%, mujeres. Este año la cosa cambió. Ahora —dice ella— levantando una ceja con cierto airecillo de venganza, el 70% de los casos de infidelidad tienen a las mujeres como crueles protagonistas. Con más morbo que rigor periodístico, le pregunto con qué tipo de indeseables personajes sacan la vuelta las mujeres. Su respuesta es automática. “Desde el instructor del gimnasio hasta el secretario o algún amigo del trabajo. Lo que he visto últimamente es a señoras mayores, de muy buena posición, en aventuras con muchachos jóvenes”, resume, didáctica y categórica. Le pido que haga memoria y que me relate el caso más inolvidable que haya pasado por su escritorio. En seguida, Melina me cuenta la historia del gerente de una empresa automovilística internacional que mantuvo una relación con un empleado. “Era un señor bien al terno. Su esposa pensaba que él se iba por las noches a los night clubs. Sin embargo, lo descubrimos en una discoteca de ambiente dándose besos con el chico de su oficina”. En todo este tiempo de incontables ampayes, Melina ha aprendido a diferenciar y clasificar por género la reacción de sus clientes. “Cuando la mujer ve las evidencias de la infidelidad de su esposo, reacciona tranquila, como si ya se lo esperara. La reacción del hombre, en cambio, es más dramática, agresiva. Ellas se ponen felices, ellos se ponen a llorar”, apunta Melina, sin abandonar ese rictus de gravedad que me hace intuir que ella alguna vez también fue “adornada” por algún ingrato. *EL NOVIO, LAS CHACALES* La actual pareja de Melina, José Luis, difícilmente la engañaría. Además de ser detective como ella, es su principal socio en la empresa, donde supervisa los aspectos logísticos. “Estamos condenados a no poder sacarnos la vuelta”, dice José Luis, sin pena. Él me cuenta que toda la tecnología que emplean la importan de la Casa del Espía de Miami. Allí adquieren los dispositivos de audio y video acondicionados en anillos, lapiceros, celulares, relojes, zapatos y demás prendas. Así, mediante el rastreo satelital, pueden saber dónde se ubica su “objetivo”. Todo el trabajo de campo se realiza en lugares públicos (discotecas, bares, pubs, prostíbulos). Las espías del Comando Femenino no entran a ninguna propiedad privada sin permiso. ¿Y a hoteles?, curioseo. “Solo hasta la recepción, nada más”, me indica José Luis. Le consulto por qué solo emplean a mujeres como detectives. Su explicación es por demás satisfactoria: “Cuando ves que un hombre te sigue tres cuadras, piensas que quiere robarte. Cuando ves que lo hace una mujer, no te preocupas tanto”. Le pregunto si alguna celebridad ha requerido sus servicios y me suelta que por lo menos un par de actuales congresistas y varios futbolistas los han contratado. “Nosotros comprobamos que sus esposas les eran infieles, pero a veces los veo en la televisión y noto que siguen con ellas”, se extraña. Esta tarde, hay cinco chicas en la oficina de Santa Anita. Les pido sus nombres, pero solo consienten darme sus alias: “Gudelia”, “María”, “Bárbara”, “Adriana” y “Pamela”. Todas se reconocen solteras y chismosas. Manejan armas entrenadas por personal de la Dicscamec y también reciben clases con un profesor de defensa personal. De todas sus historias, me quedo con la de “Gudelia”. Ella tiene 31 años y llegó hace once meses en calidad de cliente. “Me permitieron hacerle el seguimiento a mi ex marido y lo encontré con una mujer. Ahora estoy en proceso de divorcio, inicié un proceso por alimentos, ya no vivo con él. La empresa me está apoyando con un psicólogo y un abogado”. Luego se acaba la charla y todas corren a ponerse a disposición de su jefa, que está por terminar la sesión de fotos. Ahí las veo: las espías de Santa Anita, con Melina a la cabeza, esperando el siguiente caso, la próxima oportunidad de poner al descubierto a los infieles desgraciados.

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