¿Carne de cañón? En el Vraem han muerto 52 jóvenes del servicio militar desde el 2005

En total, son 89 los fallecidos, 9 de los cuales eran indígenas. El caso más reciente es el de Chumpiu Sauki Entsakua (21), enrolado en enero

¿Carne de cañón? En el Vraem han muerto 52 jóvenes del servicio militar desde el 2005

NELLY LUNA AMANCIO

Desde el puesto de vigilancia número 1, un joven soldado defiende la base militar más peligrosa del Vraem de los disparos anónimos que llegan desde la espesa vegetación. Son las 9 a.m. del martes 26 de noviembre y en la base contrasubversiva Unión Mantaro, el soldado no ve al enemigo. Él y sus compañeros disparan hacia las zonas desde donde escuchan que vienen las balas, pero las balas son dos veces más rápidas que el sonido, una impacta en el pecho del joven militar. El soldado se llama Chumpiu Sauki Entsakua, es indígena achuar y tiene 21 años. En enero se enroló al Ejército en Bagua y hace solo dos semanas fue enviado a esta asediada base para cumplir su servicio militar.

Sauki Entsakua es la primera víctima militar desde la caída de ‘Gabriel’, el cabecilla terrorista que dirigió decenas de atentados en el Vraem, pero es el número 89 desde el 2005. En total, 52 militares asesinados en la zona fueron jóvenes que cumplían su servicio voluntario. De esos 89 fallecidos, 9 eran indígenas. En Lima, lejos del sonido de las balas y el miedo, los llamamos héroes. La heroicidad es siempre un acto involuntario en el valle del narcotráfico y el terrorismo: nunca nadie elige morir.

VOLUNTARIOS EN LA GUERRA
La base contrasubversiva Unión Mantaro se instaló en el 2008 en el límite de los distritos de Pangoa (Junín) y Llochegua (Ayacucho). Es la puerta de entrada a las montañas del Vizcatán, el último reducto en el que se esconden los terroristas de esa versión renegada de Sendero Luminoso. Esa proximidad la ha convertido en la base más asediada del Vraem en los últimos años. Hasta aquí llegó el soldado Sauki Entsakua la segunda semana de noviembre, quince días antes de morir.

Como la mayoría de los jóvenes indígenas achuar y awajun de Amazonas y Loreto, Sauki Entsakua se enroló al Ejército en enero, aunque tramitó su DNI recién en marzo, en Alto Amazonas (Loreto). Entre agosto y octubre recibió instrucción en Tarapoto y luego en Pichari, la sede del comando especial Vraem. Desde allí partió a Unión Mantaro.

“En una zona de tanta pobreza, donde no hay muchas oportunidades, servir en el Ejército es importante para muchos jóvenes indígenas. Ellos saben que ahí tendrán alimentación y recibirán un ingreso económico”, explica Issac Paz, awajun e intérprete que vive y trabaja en Lima. A muchos soldados destacados a zonas de emergencia como el Vraem los motiva la bonificación adicional de 400 soles. Por eso, Paz cree que algunos jóvenes piden que los trasladen al Vraem. “Nosotros somos guerreros, por eso nos gusta el Ejército, pero lo que hemos escuchado es que últimamente están enviando a los nuestros al Vraem y eso nos preocupa”, dice también Guster Bártenas, apu de la Federación Nativa Awajun del Río Apaga, recordando la entrega de los indígenas de Amazonas y Loreto en la guerra del Cenepa.

EL RETORNO
¿Cómo llega un soldado del servicio militar a la base más asediada del país? El congresista Eduardo Nayap es awajun y ha solicitado información al Ministerio de Defensa sobre los motivos por los que Sauki Entsakua fue destacado a Unión Mantaro.

“Desde hace un tiempo están enviando indígenas de Ucayali, Loreto y Amazonas al Vraem. Su conocimiento de la selva los destaca sobre el resto, pero no pueden llevar a jóvenes que tienen pocos meses, sobre todo a una base tan peligrosa”, dice Nayap y recuerda que el Gobierno se comprometió a no enviar soldados sin experiencia a la zona.

Sauki Entsakua era soldado. No cabo, ni sargento, los rangos a los que se aspiran por experiencia y destreza en el servicio militar. Había estudiado solo hasta el cuarto grado de primaria. Vivía junto a sus padres, Mashinkiash y Nastas, en la comunidad de Limon Cocha, en Andoas (Loreto), a dos días navegando desde Santa María de Nieva, en Amazonas. Hasta este lugar regresó el último domingo. Fue un viaje anónimo y en silencio. No hubo homenajes póstumos públicos, tampoco discursos oficiales ni cobertura en medios. Se despidió solo. La heroicidad puede ser un acto solitario. Solo su madre, Nastas, fue a recogerlo.