Cuando Lima pensó que vivía la noche del juicio final

En el año 1600, a culpa se apoderó de los vecinos y creyeron que se merecían tal castigo. Las almas de la libertina Lima se preparaban para lo peor

Cuando Lima pensó que vivía la noche del juicio final

José Álvarez Alonso. Biólogo
El Dominical

Cuando el volcán Huaynaputina castigó Arequipa y regiones aledañas con la más violenta erupción registrada en la historia del Perú, por semanas una lluvia de cenizas cayó sobre casas y campiñas, mató árboles y sembríos, y derrumbó los pocos techos que soportaron los sucesivos terremotos. La oscuridad imperó por días haciendo que la gente entrase en pánico. “Es el fin del mundo”, pensaron. El padre Martín de Murúa , en su “Historia general del Perú”, narra los hechos: “Y así parece que la ira del inmenso Dios ha caído sobre aquella ciudad, para azote y castigo de los pecados que en ella se cometían”. Para fines de 1601, la situación en Arequipa era crítica. El fraile Rodrigo Cabredo escribió que solo había tres horas de sol diarias y que la ciudad estaba envuelta en densas polvaredas.

MIEDO EN LA CAPITAL
Un fraile sostuvo que la “libertina” Lima sufriría un castigo peor que el de Arequipa y la gente lo creyó así.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano describe en su “Memoria del fuego” lo que pasó en una de las crónicas más alucinadas de la historia americana: “Ayer, cuando atardecía, un fraile descalzo convocó a la multitud en la plaza de Lima.

Anunció que esta ciudad libertina se hundiría en las próximas horas y con ella sus alrededores hasta donde se perdía la vista.

—¡Nadie podrá huir! —aullaba—. ¡Ni el más veloz de los caballos ni la más rauda nave podrán escapar!

Cuando el sol se puso, estaban las calles llenas de penitentes que se azotaban. Los pecadores gritaban sus culpas y, desde los balcones, los ricos arrojaban a la calle las vajillas de plata y las ropas de fiesta. Espeluznantes secretos se revelaban a viva voz. Las esposas infieles arrancaban adoquines de la calle para golpearse el pecho. Los ladrones y los seductores se arrodillaban ante sus víctimas, los amos besaban los pies de sus esclavos y los mendigos no tenían manos para tanta limosna. La Iglesia recibió más dinero que en todas las cuaresmas de toda su historia.

Quien no buscaba cura para confesarse buscaba cura para casarse. Estaban abarrotados los templos de gente que quiso yacer a su amparo. Y amaneció. El sol brilla en Lima.

Los penitentes buscan ungüentos para sus espaldas desolladas y los amos persiguen a sus esclavos. Las recién casadas preguntan por sus flamantes maridos; los arrepentidos andan por las calles en busca de pecados nuevos”.

FALSOS PROFETAS
Según los dichos de los agoreros, el mundo ya se habría acabado hace mucho, y miles de veces. Las predicciones del apocalipsis han menudeado, especialmente en momentos de crisis. Una búsqueda rápida en Internet produce más de cien profecías incumplidas sobre el apocalipsis y el fin del mundo; probablemente, hay muchas más no registradas. El papa Silvestre II predijo el fin del mundo para el año 1000, Martín Lutero para el 1600, y los adventistas y testigos de Jehová lo predijeron en más de una decena de fechas en los últimos 150 años.

DE LA SELVA SU PASTOR
Hay profecías hilarantes como la del pastor de aquella iglesia amazónica en Jenaro Herrera, Loreto , que se lanzó desde el pináculo de su iglesita afirmando que un carro de fuego celestial lo recogería para llevarlo al paraíso como señal del fin de los tiempos. Eso fue en los años ochenta y quien lo llevó fue un bote peque peque al hospital, con la mitad de sus huesos rotos.

Y SIGUE GIRANDO
Astrólogos, monjes, pastores, sectas e, incluso, santos se equivocaron en los últimos dos mil años, como los astrólogos de pacotilla que trataron de hacer su agosto el último 21 de diciembre. Algunos apocalípticos modernos citan como pruebas fenómenos inusuales pero explicables: la “lluvia de pájaros muertos” ocurrida en la víspera del año nuevo 2012 en Arkansas, resultado del pánico en un dormidero de tordos (‘blackbirds’) por los fuegos artificiales, o la de Rumanía, donde se probó que cientos de estorninos murieron envenenados por comer restos de uvas fermentadas. También se citan las muertes masivas de peces en Arkansas, Estados Unidos, Nueva Zelanda, etc. Todos estos hechos tienen explicación científica. Llama la atención la credulidad de la gente en estas supercherías. Por lo visto, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y la revolución de las comunicaciones no son sinónimo de incremento del conocimiento ni de la conciencia religiosa. ¿Involución en un torrente de evolución?

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