Descendiente de emperadores incas: “Dicen que en Lima ya se acabó la discriminación”

Isabel Atayupanqui Pachacútec y sus hijos hablaron con El Comercio sobre la trascendencia de su apellido andino y el papel que pueden cumplir las familias nobles indígenas en el Perú

Descendiente de emperadores incas: “Dicen que en Lima ya se acabó la discriminación”

RONALD ELWARD (*)

El salón de recibo de la familia Atayupanqui en la calle Perú, en el distrito de San Jerónimo, en Cusco, está dedicado a doña Isabel. Esta habitación ahora no es ni la sala ni el comedor de la casa, es un lugar adaptado especialmente para que ella reciba a gente. Casi como un salón del trono.

En las paredes cuelgan dibujos y cuadros con árboles genealógicos de sus antepasados, y también sus antiguas herramientas de trabajo para la chacra. Aunque la casa ha perdido el aspecto señorial que debió tener en el pasado, aquí ha vivido la familia por varias generaciones.

Doña Isabel Atayupanqui Pachacútec, de 88 años, es la descendiente más conocida de los emperadores incas en su ciudad natal. Curiosamente, todos le atribuyen un vínculo con Pachacútec, pero su linaje imperial viene por su apellido paterno. Según los documentos investigados, los Atayupanqui pertenecen al ayllu Aucaylli, la panaca que se atribuye al inca Yahuar Huácac, uno de los incas míticos, del siglo XIV.

El día de la entrevista ella hace su entrada como una reina. Avanza pausadamente, acompañada por sus cinco hijos varones. También tiene tres hijas mujeres, aunque ese día no están presentes. Luce bien vestida, con voluminosa falda y saco color azul oscuro, blusa blanca bordada, y sombrero blanco típico de esta parte del Cusco.

CONSTRUYENDO IDENTIDAD
Ella solo habla quechua y su segundo hijo, el maestro Julio Chihuantito Atayupanqui, de 67 años, traduce la sesión. Empezamos con los datos de rigor: nació el 8 de julio de 1923, como última de los cinco hijos de don Silverio Atayupanqui Orccohuarancca y doña Agustina Pachacútec Sinchi Roca.

Su padre murió cuando ella tenía 2 o 3 años. Sus hermanos mayores ya habían dejado la casa y se quedó sola con su madre. “Ella trabajaba siempre en las chacras. Mi papá había sido arriero, tenía muchas mulas y transportaba productos de Cusco a los pueblos en los alrededores”.

Una de las cosas que más recuerda de su madre era la manera de inculcarle una identidad. “Mi mamá siempre me decía que no debía avergonzarme porque descendemos de los incas, de los constructores de Sacsahuamán”, refiere doña Isabel.

Uno de sus vínculos más vivos con el pasado son los terrenos que heredó, que son las tierras que originalmente le dieron a la panaca a la que ella pertenece. “Tenemos nuestras tierras ancestrales en la parcialidad Sucso-Aucaylli, como los Sinchi Roca, mis primos”, cuenta. Cada vez que hace un esfuerzo para recordar el pasado, su cara adquiere una expresión de emoción profunda.

LINAJE ESCONDIDO
¿Usted fue a la escuela?
Como mi mamá quedó viuda, necesitaba ayudarla y cuidar los ganados y trabajar las chacras. Nunca fui a la escuela. No puedo leer ni escribir. Solo hablo quechua.

¿Cómo era la posición de la familia Atayupanqui en la comunidad?
Había clases. Una jerarquía entre la nobleza y el pueblo, los runas. Siempre hubo esta diferencia. Aunque no teníamos riquezas, todo el mundo respetaba a mi familia. Era una familia visible, orgullosa de ser incas. Hasta ahora, siempre existe algo de las familias importantes.

¿Y cómo se veía la diferencia?
Yo usaba siempre las telas mejores y me visto de una manera distinguida. Este sombrero de paja es también un símbolo de distinción. Solo las mujeres mestizas visibles, importantes, usan estos. Las mujercitas usan sombreros redondos. Es también una cuestión de comportamiento.

¿Qué otras cosas los diferenciaban?
En las fiestas nosotros estábamos siempre a la cabeza. Además, la nobleza todavía tiene las mejores tierras, mientras los runas tienen sus chacras en las montañas. Esto nos permite cosechar más pronto, tener mejores productos y venderlos a más alto precio en el mercado. Somos muy conscientes de nuestra posición.

La cordialidad de la conversación da un giro cuando pregunto cómo era antes y cómo es ahora tener un apellido quechua. En ese momento ella se queda callada y sus hijos toman la palabra.

UN APELLIDO CASTIGADO
Julio es el primero en hablar y dice: “A mí me afectó mucho la discriminación por llamarme Chihuantito Atayupanqui, cuando todos en el colegio se llamaban Merino, Hermoza o Caballero. Siempre había esa discriminación a los nombres quechuas”.

Cuando habla se queda mirando el suelo, y prosigue. “Nos pegaban, nos maltrataban. Me sentía inferior. Siempre había burlas. Nosotros hemos sentido en nuestra carne esta separación. Pero ha cambiado en los últimos años”.

Seguidamente, Edwin, el hijo menor, añade: “En el colegio secundario era peor. Me sentía inseguro. Nos educaban con una historia falsa, y solo hablaban de la parte española”. Edwin se dedica a los negocios y es un hijo que se mantiene cercano a su madre. “En esa época tenía una sensación de culpa. Con frecuencia pensaba: ‘Madre, ¿por qué no te llamaste Flores en vez de Atayupanqui?’”.

¿Cómo es la situación ahora?
“Ahora cuando voy a Lima no siento nada de discriminación”, responde Edwin, “no existe para mí, porque ahora con mucha más fuerza y con mucho más orgullo digo que soy Chihuantito Atayupanqui. Lima hoy es tierra de provincianos, van por las calles con sus danzas y fiestas. Tienen harta plata y dicen que se acabó la discriminación”.

¿Creen que hay un papel para estas familias nobles incaicas en el Perú del siglo XXI?
Doña Isabel responde primero: “La autoridad local me ha reconocido y es recién que la sociedad está dando algo de reconocimiento. Debe ser que se dan cuenta de que nuestra historia tiene un valor”.

“EL PATRIMONIO TAMBIÉN SOMOS NOSOTROS”
Después Julio, su hijo, dice: “Mi mamá es la última de su generación. Queremos rescatar nuestra identidad, los Atayupanqui fuimos parte de los que construyeron el imperio incaico. Los que levantamos la gloria de Machu Picchu. Aquí estamos. Hemos sobrevivido 500 años, mantenido nuestro idioma, nuestras costumbres, nuestras tradiciones. Ahora llevamos nuestros apellidos con muchas más ganas. Ahora sentimos que tenemos un espacio”.

Él cree que a pesar de los avances, todavía hay una política de ignorar a las familias nobles, y se queja: “No hay estudios para saber que somos los verdaderos descendientes. Estamos muy occidentalizados. El patrimonio cultural no es solo Machu Picchu. Es también la gente que ha construido Machu Picchu”, termina Julio.

Al final cuando tomamos las fotos, doña Isabel pone cara seria. “Es que nunca sonríe en las fotos”, dice uno de sus hijos. “Ella piensa que eso no corresponde a su estatus”, explica. Cuando tomamos una gaseosa, lo primero que ella hace antes de beber un sorbo es soltar unas gotas sobre el suelo. “Es que hay que brindar primero con la pachamama”, dice. Después de un rato se retira lentamente, siempre en compañía de sus hijos.

() *Investigador y genealogista. Más información sobre la familia Atayupanqui en: www.dinastiasperubolivia.blogspot.com