En el Día del Padre: la sacrificada vida de un papá invidente

Hernán Sánchez perdió la vista a los 10 años. A pesar de esto, este padre ha podido sacar adelante a sus dos hijas gracias a su habilidad para la música

JORGE MALPARTIDA TABUCHI
Redacción El Comercio

Mientras que su esposa Virginia prepara el desayuno en la cocina, Hernán carga en sus brazos a la pequeña Clariveth, quien a las siete de la mañana ya empieza a pedir la atención de sus padres con su llanto. Hernán Sánchez Mashacuri (30) y Virginia Cusi (32) perdieron la vista durante su juventud debido a unos accidentes, la mordedura de una serpiente cascabel en un caso y un golpe en la nuca en el otro. Sin embargo, esta condición no ha impedido que críen a sus dos hijas sin problemas.

“Si no quiere teta, quizás haya que cambiarle el pañal”, dice Virginia, mientras ordena la mesa de la sala-dormitorio, en donde en unos minutos más comerán antes de comenzar una nueva jornada de trabajo.

Hernán, luego de tender con cuidado las sábanas, coloca a la bebe de 5 meses sobre su cama y empieza a tantear con su manos el cuerpecito de su hija para ubicar las lengüetas de la prenda sucia. Abre el pañal y al instante su nariz le dice que algo huele mal. Con una mano retira el pañal usado y con la otra entretiene a su hija para que no se voltee. Luego de limpiarla, Hernán le pone un pañal nuevo a Clariveth y la carga.

“No es nada del otro mundo. Con la práctica uno ya sabe casi de memoria cómo cambiar un pañal”, explica Hernán, antes de ingresar al cuarto de Yoselin, su hija de 11 años, para comprobar si ya está lista para ir al colegio.

A los 10 años, el veneno de una serpiente mató su nervio óptico y llenó de sombras el mundo de Hernán. Tuvo que dejar su natal Iquitos para internarse en el Centro de Educación Básica Especial (CEBE) Nuestra Señora del Pilar, ubicado en Arequipa, para recibir una educación que le permitiera superar su discapacidad.

Luego de unos primeros meses de depresión, Hernán comprendió que, si quería salir adelante, debía dejar de compadecerse y esforzarse el doble para aprender de nuevo a valerse por sí mismo. Fue así que a los tres meses ya sabía leer y escribir en Braille. Luego, aprendió a caminar con bastón y finalmente empezó su acercamiento con la música. “Me enseñaron a tocar guitarra, charango, quena, etc. También seguí la carrera de Fisioterapia, pero, como por ahora no es rentable este oficio, me dedico a la música para alimentar a mi familia”, cuenta Hernán.

Luego de que Yoselin parte hacia la escuela, Hernán se alista para trabajar. Se baña, se peina y sale a las 9 a.m. rumbo al mercado de San Camilo, junto a su esposa y su hija menor. Con el cochecito del bebe adelante y su esposa detrás, este padre camina tres cuadras desde su pequeña vivienda en la urbanización Luz y Alegría (Paucarpata) hasta el paradero. Para evitar las molestias de viajar en combi y que nadie le ceda el asiento a su señora, Hernán prefiere gastar S/.6 en un taxi.

En la puerta del mercado, mientras que los clientes transitan hacia los puestos, Hernán, con Virginia y su bebe sentadas al lado, interpreta canciones folclóricas hasta las 12:30 p.m. Su espléndida voz atrae al público y en una mañana puede juntar en su latita hasta S/.60. “Este trabajo callejero es temporal. No quiero que me tengan pena y me den limosnas. Seré famoso con mi banda y me dedicaré al alquiler de equipos para fiestas”, dice Hernán, dirigiendo su rostro a un lado, donde cree que sus ojos se cruzarán con los de su dulce Clariveth.