El Huáscar, un ejemplo de estoicismo que no se hunde

Luego de 132 años, el buque que soportó tres combates y hasta un tsunami reposa como museo en la base naval de Talcahuano, al sur de Chile

El Huáscar, un ejemplo de estoicismo que no se hunde

VANESSA ROMO ESPINOZA

Talcahuano. “Ahí está el Huáscar, entero”, decía señalándolo Johnny Silva, pescador de Talcahuano, con el olor de pescado descompuesto aún en la piel. Habían pasado tres días desde ese 27 de febrero del 2010 en el que un terremoto de 8,8 grados irrumpió en la madrugada chilena, derrumbó casi por completo lo que estaba en la tierra de su costa sur y embraveció al mar para que terminara de consumar la desgracia.

Todo estaba mezclado entre sí: buques, remolcadores, lanchas, yates, carros, camiones, edificios, gasolineras, mercados, casas. Las olas de siete metros que reventaron en Talcahuano tras el tsunami se encargaron de fusionar todo, de crear un paisaje macabro de destrucción. En medio del caos, el Huáscar era un oasis al oeste de la bahía. El monitor de más de 130 años estaba entero. Había sobrevivido una vez más.

Un año y medio después, el Huáscar recibe aún erguido a sus visitantes. Un sentimiento encontrado en medio del patriotismo aparece cuando se ve flameando la bandera de la estrella solitaria en la popa del monitor, ese que desató los agobios de la Marina chilena durante la Guerra del Pacífico.

Desde aquel lejano 8 de octubre de 1879, el buque de Miguel Grau vive en Chile. Llegó a Talcahuano, a nueve horas al sur de Santiago, a inicios de 1930 y fue restaurado a mediados del siglo pasado. Su estado de conservación es tan meticuloso que da la impresión de que estuviera a punto de zarpar del puerto del Callao, listo para defender al Perú.

HISTORIA DE DOS PAÍSES
Hace muchos años el Huáscar dejó de ser un trofeo de guerra. El cabo primero de la Armada del país sureño Mauricio Segura Jiménez está a cargo desde hace tres meses del monitor, que ahora es un museo. “Para mí el Huáscar significa heroísmo”, dice ceremonioso, mirando al horizonte desde la entrada del barco.

A un lado, un círculo de metal dorado fijado en medio de la cubierta del monitor indica el lugar donde murió nuestro héroe. “Homenaje de la Armada de Chile al almirante peruano Don Miguel Grau, caído en defensa de su patria”, reza la placa. El sentimiento encontrado termina convirtiéndose en orgullo.

El cabo Segura habla sobre el Huáscar mientras decenas de niños exploran el barco a su alrededor. Incluso en un día de semana como este martes las visitas no dejan de llegar al monitor, al cual se accede a través de la base naval de Talcahuano y tras llegar a un muelle, unos marinos trasladan al turista en una balsa. La canción de la Armada chilena recibe a los navegantes de turno del barco.

GUERRERO DEL MAR
El cabo cuenta que tras ese 8 de octubre, el Huáscar sirvió por 22 años a la Marina de Chile. Todas las aventuras del poderoso barco las tiene en la mente como si él mismo hubiese sido Arturo Prat y las cuenta con respeto. Sin embargo, hay una hazaña que el marino aún no puede reconstruir.

“Cuando ocurrió el terremoto yo estaba a cinco mil kilómetros de aquí”, dice con pesar. Antes de ser destacado al Huáscar, el cabo Segura trabajaba en la Antártica. Las noticias de la destrucción de su pueblo natal llegaron hasta ese extremo del mundo. Ese 27 de febrero, después de pensar en su madre y su hermano, se preguntó por el pequeño monitor.

“Antes de reparar cualquier casa, la Armada rescató al Huáscar”, cuenta. El mar furioso se retiró a las dos horas de haber comenzado el terremoto y al regresar estrelló decenas de embarcaciones contra el casco del monitor. A pesar de eso, de las cuatro amarras que mantienen erguido al Huáscar solo se cortó una. Dio un giro de 90 grados y quedó de pie, con las olas de cuatro a siete metros queriéndolo tumbar como lo hicieran los blindados chilenos hace 132 años.

El muelle que recibía a los visitantes, sin embargo, no tuvo la misma resistencia. “Por eso fue que demoró un año la reanudación [de la atención] de este museo”, cuenta Segura. Se debió construir una nueva estructura y se abrió nuevamente al año del terremoto. De la caseta de recuerdos, que se encontraba al lado del muelle, quedan unas mayólicas en el piso.

“Las maniobras que sujetan al Huáscar ayudaron a que solo hubiera cuadros y luces rotas por dentro”, explica Segura. Al ver que al otro extremo de la bahía todavía está volteado el Gran Poderoso, el primer remolcador de alta mar que tuvo Chile, hace pensar que solo la supremacía del Huáscar trasciende los siglos.

EL CABALLERO GRAU
El Huáscar ya no es un trofeo de guerra y el cuarto de Miguel Grau lo afirma. Al extremo de la popa, el camarote de Grau es vigilado por un retrato de él mismo y algunas monedas y billetes que el Perú emitió en su homenaje.

“Él demostró quién era al enviar las prendas de Prat a su esposa. Poca gente lo hace. En las guerras lo que se gana es de uno”, dice Segura. Un silencio reflexivo recorre su cuarto en ese momento. “El Huáscar cuenta la historia de dos países”, continúa, interrumpiendo el silencio.

Segura valora el gesto de Grau por otras razones. “El tsunami se llevó todo, pero lo que más duele son los recuerdos, la foto de tu niñez que quisieras enseñarles a tus hijos, tu vida regada por la esquina”, dice nuevamente con pesar. Él fue destacado al Huáscar para poder estar más cerca de su familia, poder reconstruir con ella lo que el mar se llevó.

“Pero yo sigo queriendo al mar”, dice. Imagina que Grau diría lo mismo, porque más allá de las desgracias, el amor es a la patria. El Huáscar dejó de ser hace tiempo un trofeo de guerra. Para los sobrevivientes del terremoto, como lo es el mismo monitor, el Huáscar es un ejemplo de estoicismo.

ASÍ SE INFORMÓ
Mientras salimos de tan terrible ansiedad, el patriotismo aconseja resignación, firmeza y fe en los destinos de la República
El comercio – 9 de octubre de 1879