Luis Choy y la historia de una de sus mejores fotos

En el 2007, nuestro compañero asesinado ayer captó una conmovedora imagen tras el terremoto de Pisco. Meses después, buscó y encontró a sus personajes

MILAGROS LEIVA GÁLVEZ
Publicado el 15 de febrero del 2008

La muchacha que tiene la mano sangrante y el rostro inerte se llama Olivia Saavedra, tiene 22 años y estudia Literatura en Ica. Le entusiasma leer a José María Arguedas y quiere hablar inglés. Sabe cocinar. El muchacho que tiene en sus brazos a Olivia y que la mira con intensa piedad se llama Dante Anchante, tiene 25 años y no estudió en la universidad. Es mototaxista y por cada carrera cobra un sol. Antes fue obrero. Los dos viven en la Villa Túpac Amaru, a diez minutos del centro de Pisco, en el distrito de San Clemente. Tienen una hija. Se llama Allison y en marzo cumple 3 años. Dicen que pronto se casarán, que solo están juntando dinero.

El 16 de agosto del 2007, los periodistas Ricardo León y Luis Choy llegan al centro de Pisco, al hospital San Juan de Dios. Caminan entre los escombros y los lamentos: ven cuerpos regados, muertos, heridos. Ven familiares impotentes. Han pasado doce horas del terremoto y Luis Choy está turbado con el dolor. Casi mareado. Dispara porque sabe que sus imágenes serán el mejor apoyo para los sobrevivientes. Sujeta su cámara. Respira. Camina por los pasadizos, entre los vivos y los muertos. En uno de los salones divisa una pareja tendida sobre un colchón, bendecida por la luz del amanecer, por la luz de la vida. Dispara. Cada foto es una lágrima.

La muchacha que hoy tiene una cicatriz en la mano y el rostro surcado por la melancolía recuerda cada detalle del 15 de agosto. Se despide de su esposo en el paradero de Cinco Esquinas. Le dice que se ven después del inglés. Olivia camina hacia su Instituto Peruano Canadiense, en la calle San Juan de Dios, a media cuadra de la plaza de armas, frente al hospital. Llega a las seis y media, la hora fijada para el inicio de clases. Diez minutos antes del sismo. La furia la alcanza en su salón. Corre al pasadizo mientras el piso se sacude, pero una pared no la deja continuar. Olivia recuerda la cortina de polvo, los gritos, el dolor en la pierna. Solo quiere respirar.

Luis Choy busca la mirada de su compañero, de su amigo Ricardo León que ahora es el encargado de escribir la historia. Lo mira en silencio, como pidiendo apoyo, y vuelve a disparar. Ninguno de los dos apunta el nombre de la mujer. El fotógrafo solo la recuerda casi desvanecida, junto a un hombre que la protege. Lo narra en la camioneta que nos lleva a Pisco en otra misión periodística. Ya no vamos al encuentro de la muerte, ahora queremos conocer a los sobrevivientes. ¿Quiénes son? ¿Esposos? ¿Madre e hijo? ¿Vecinos? ¿Hermanos? ¿Amigos? ¿Quién eres muchacha débil? ¿Cómo te llamas, tú que miras con tanto amor? ¿Dónde están?

El muchacho que hasta hoy podría seguir teniendo en sus brazos a Olivia recuerda sus caminos del 15 de agosto. Se despide de su esposa en el paradero y se va con su pequeña Allison al taller de autos para ver si está lista la combi de su suegro policía. Cuando comienza el terremoto, Dante corre cargando a su hija hasta la villa, quiere dejarla sana y salva con su suegra. Luego busca a Olivia. Todavía recuerda las tres horas que deambula rastreando a su mujer. Se ve corriendo por la carretera, con el estómago hecho puño. Llega a la plaza y ve el espanto, escucha los gritos de la muerte y corre con el corazón hacia el instituto. Es una cuadra, pero el camino se torna infinito. Todo está destruido. Olivia no está. Cruza al hospital, corre al Seguro Social. Olivia no está. Vuelve al hospital, voltea los cuerpos de las mujeres muertas. Llora y reza que ninguna sea su mujer. Dante corre de un lado a otro. Olivia no está. Llora y silba. Silba mucho porque así le pasaba la voz cuando la conoció.

No existe huella alguna para encontrarlos, salvo el hospital que los alojó. No hay nombres ni edad, salvo la herida de la mujer. Actuamos como detectives, ponemos nombre a la comisión: Misión La Piedad. Objetivo: encontrar a la pareja. Es una aguja en un pajar, dice Ricardo Reátegui, videorreportero de la web. Será difícil, pero sí la hacemos, agrega Joaquín Ortiz, redactor también de la web. Hay que tener fe, sentencia Gonzalo Gutarra, incansable chofer del diario. Luis Choy confía: Quiere conocer a la pareja que tanto lo socavó. Yo le rezo a mis hadas: Quiero saber si ese amor que registra la foto los salvó.

La muchacha de la mano triste recuerda cómo la rescatan tres amigos de una compañera que también queda atrapada. Le sacan los escombros de encima y la dejan sola, en la oscuridad. Olivia no puede caminar. Su pierna está dormida. La tierra vuelve a temblar y ella teme que le caiga otra pared. Hunde su pie en el dolor y camina. Sola. No quiere morir. Piensa en Allison y presiente que su hija está bien. Piensa en Dante, en su mamá, en su papá, en sus tres hermanos. Y llora. Se siente sola. Escucha gritos, la muerte camina y Olivia se asusta. Se siente sola. En el hospital una enfermera le dice que no pueden atenderla, que hay personas más graves y asiente en silencio. Su mano sigue abierta y sangra, pero no dice nada porque ve moribundos. Llora su dolor en silencio. No reclama. Demasiada tragedia para pensar en su mano. Olivia no lo sabe, pero su piedad la llevará a la salvación. El suegro de su hermana Zenaida la encuentra en el patio, debilitada. La lleva a la casa de su madre. De allí en adelante la historia de su recuperación solo tendrá que ver con el afecto. Con el amor de su madre que ingresa a su casa para sacar un colchón y una frazada sin importar que le digan que puede derrumbarse.

Con el amor de su padre policía que pide permiso para dejar su puesto porque hay que cerrar la herida. Con el amor de Dante que llega a la casa mojado en lágrimas para enterarse de que Olivia ya apareció y que hay que correr para no separarse más. Olivia no lo sabe, pero luego escuchará las palabras de Dante mientras le cosen la mano en la penumbra de la posta de San Clemente. En la madrugada la llevarán a Ica porque el dolor en su cuerpo no cesa, pero tampoco la atenderán. Y a las seis de la mañana del viernes 16 su padre volverá a cargar su cuerpo para regresar a Pisco y Olivia cogerá otra vez el brazo de su hombre para poder respirar. Olivia no lo sabe, pero en unas horas solo escuchará la voz de Dante que le dice: Tú eres fuerte, Olivia. Tú eres fuerte. Y a las siete de la mañana, doce horas después del horror, Dante verá que un fotógrafo les toma fotos y ni fuerzas tendrá para pedirle ayuda. Y a esa hora Olivia tendrá siete de hemoglobina y mucha sangre perdida, pero en un rato más la llevarán a Lima, en un avión, para diagnosticarle fisura en la costilla y policontusiones, para sacarle piel de una pierna y coserla en su mano izquierda. Olivia no se entera, pero la gente le tendrá piedad.

A los dos días de buscarla, el equipo celebra sus apuestas. La fe, el instinto y la obsesión mueven a los periodistas. Ahora solo queda que Olivia y Dante cuenten su historia.