El Monasterio de Jesús, María y José: el milagro de un encierro feliz

El Comercio visitó a estas religiosas de la segunda orden franciscana en su convento ubicado en el jirón Camaná

LUIS SILVA NOLE

Todas se llaman María. “En honor a nuestra Santísima Madre”, dice la hermana María Belén. Ella nació en Iquitos hace 34 años y hace 10 que viste el hábito de hermana clarisa capuchina en el Monasterio Jesús, María y José, donde 36 monjas de clausura, las únicas de esa orden en el Perú, dedican la mayor parte de su tiempo a orar por todos aquellos que están fuera del convento.

Sentada en una banca del patio del monasterio, ubicado en la cuadra 7 del jirón Camaná, en el Centro Histórico de Lima, María Belén muestra el aro dorado grabado con una pequeña cruz que lleva en la mano derecha, símbolo de su boda espiritual.

“Una no elige esta vida. Es una gracia de Dios. Estamos –dice– dedicadas a la oración y a la vida contemplativa. Pero también hacemos labores como si fuéramos amas de casa. Estamos casadas con Jesús”.

La hermana María Isabel de la Trinidad, a sus juveniles 30 años es la abadesa, es decir, la religiosa de mayor rango del recinto, que el 14 de mayo del 2013 cumplirá 300 años desde que se convirtió en monasterio. Ella es de pocas palabras, pero dice las suficientes para expresar la fe que la sostiene. “Estamos aquí por amor a Dios y a la humanidad”, dice a El Comercio.

Ir hasta la cripta donde están sepultadas las religiosas de la orden es una experiencia llena de silencio y respeto. Escuchar a las herederas de Santa Clara de Asís, monjas y novicias, en un ejercicio de coro en un ambiente virreinal es sobrecogedor.

En 1669 el lugar era la sastrería del bondadoso indio chiclayano Nicolás Puicón, más conocido como Nicolás Ayllón, y de su esposa María Jacinta Montoya. Ambos acogieron a jovencitas piadosas y convirtieron el recinto en una casa de recogimiento.

En 1678 el inmueble pasa a ser beaterio y en 1713 se transforma, con la venia eclesial y de la corona española, en monasterio para madres clarisas capuchinas, congregación nacida de una reforma de la orden de Santa Clara, quien fundó la orden primigenia hace 800 años y fue seguidora de la fe y los votos de pobreza de San Francisco de Asís.

Las hermanas solo salen del claustro por motivos de salud o para sufragar. A sus familiares los atienden ocasionalmente tras una reja. “Después de votar regresamos estresadas porque el mundo es hostil. Todos andan apurados y no se tienen paciencia. Acá somos felices”, confiesa María Belén.

“Oramos por las necesidades de las personas. Para que el Señor las ayude a reconocer que solo con Él se puede ser feliz”, indica la hermana María Francisca, chiclayana de 54 años. “Soy una de las 3.000 clarisas capuchinas que hay en los 300 monasterios que la orden tiene en el mundo”, añade contenta.

LA MÁS LONGEVA DEL CONVENTO
Tiene 101 años y solo sonrisas
Ingresó a los 14 años al noviciado. Y nunca más salió. La religiosa chinchana María del Pilar Huarote tiene hoy 101 años y la sonrisa a flor de piel. “Me siento como de 15 años. Acá estoy feliz porque estoy con Jesús. El Señor nos llama y hay que venir”, dice María del Pilar, la hermana más longeva del convento, antes de mostrar un precioso detente del Corazón de Jesús que acaba de bordar.

“Hago mis detentes y ayudo a preparar galletas. Las jóvenes me ven contenta. Ese es mi legado”, refiere María del Pilar.

Las hermanas venden sus dulces en el vestíbulo del convento, en jirón Camaná 765. Se pueden hacer pedidos al 427-6809.


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