Un oficio que desaparece: conoce a los últimos hueseros de Maras

En el entrañable pueblo cusqueño, Isaac Pacheco le heredó a su hijo, juan, los conocimientos necesarios para aliviar el dolor de la gente

Un oficio que desaparece: conoce a los últimos hueseros de Maras

FERNANDO GONZÁLEZ-OLAECHEA

Sentado en un banco de madera, Isaac Pacheco intenta contar cómo aprendió los secretos para convertirse en un huesero. No lo logra. Ya no puede hablar. Con algo de esfuerzo quizá se entenderá alguna palabra perdida entre sus balbuceos. Hace cuatro años que está así y nadie parece saber por qué o preocuparse lo suficiente como para averiguarlo. Junto con él está Felícita, una mujer que vive en su casa hace 22 años y que cuando aún podía mantenerse en pie cuidaba a los animales de la familia Pacheco. Ahora los dos desgranan mazorcas en un patio de tierra. Detrás de Isaac, en el cuarto de su hijo Juan, unos cuyes se mueven en busca de comida.

Isaac ha sido el huesero más famoso de Maras, un pueblo en el valle sagrado ubicado a 20 minutos de Urubamba. En el pueblo todos lo conocen. Si a ellos no les ha curado algo, sí a alguno de sus familiares.

A dos cuadras de la casa de Isaac vive Román Challco. El año pasado cayó de la moto en la que iba y se dislocó la rodilla derecha. Lo llevaron de inmediato donde el huesero.

– Tómate esto para que aguantes el dolor– dijo Isaac, ofreciéndole un vaso lleno de chicha, cerveza y aguardiente.

Román hizo caso. Luego Isaac tomó unas hierbas, las frotó, las mezcló con huevo y harina y comenzó a sobar la pierna de Román. Primero suave, luego más rápido, más fuerte. Finalmente, un movimiento brusco. Un sonido. Un dolor. La rodilla estaba en su sitio.

El ejercicio, recuerda ahora Román, se repitió tres veces en los siguientes quince días, pero ya sin el menjunje alcohólico. Esa debe haber sido la última curación de Isaac.

JUAN, EL HEREDERO
Isaac no recuerda ese episodio. Y si lo recuerda no puede contarlo. Su hijo Juan es ahora el heredero del oficio de su padre, pero sin la fama de este. Es a través de él que los trucos y la historia de Isaac siguen vigentes. Es el único de los cuatro hermanos que sigue viviendo con su padre.

La casa donde residen es de adobe y quincha, tiene dos patios y tres ambientes. Juan pasa un rato por casa, deja unas cosas y se prepara para regresar al campo a trabajar, a unos cinco kilómetros de Maras, hacia el otro lado de la carretera que lleva hasta Urubamba y luego a Ollantaytambo.

“Mi padre aprendió esto solo, ya adulto, cuando tenía como 45 años”, cuenta Juan. Se acerca a una pared de la casa, avanza entre gallinas y señala unos yesos colgados como un trofeo. “La gente venía de los hospitales para que mi padre los cure y él los curaba”, agrega Juan como contando viejas hazañas.

Juan espera que alguno de sus seis hijos quiera aprender el conocimiento que él heredó de su padre. Por ahora el mayor ya le dijo que no le interesa y se ha ido a Urubamba a estudiar cocina. “Si no quieres aprender esto, no vas a poder. Te tiene que nacer”, sentencia Juan, ensayando una excusa.

El patriarca se levanta de su banco y se acerca. Señala los yesos y rumorea algo incomprensible. Da media vuelta, avanza a tumbos y se vuelve a sentar. Las tardes más lentas de Maras son las de la casa de Isaac.