El sueño que Luis Choy cumplió por su fe: una exposición en el Qoyllur Riti

Aunque le dijeron que era imposible subir sus inmensas imágenes por el accidentado camino del nevado cusqueño, el desaparecido fotógrafo de El Comercio lo logró en el 2008

El sueño que Luis Choy cumplió por su fe: una exposición en el Qoyllur Riti

RENZO GUERRERO DE LUNA ZÁRATE
Texto publicado el 25 de mayo del 2008

Cuando Luis Choy comentó su proyecto, parecía que estaba hablando en chino porque nadie le entendía, incluso yo que ahora escribo sobre su perseverancia. Hablaba, muy suelto él, de fotografías gigantes, colgando de parantes inmensos (quizás pesados), todo en medio del mismo santuario del Qoyllur Riti, allá en las alturas del Cusco. A medida que pasó el tiempo, la idea tomó forma y más de uno se involucró en su pasión. Tras dos años de iniciado el proyecto de esta exposición, Choy pudo presentar a los fieles su mirada de fotógrafo. Su satisfacción era indescriptible.

Parado a un costado de su muestra, “Retratos de fe”, Choy descansa con la cara aún sonriente. Y no es para menos, ha logrado lo que algunos creían imposible: “El hecho de estar aquí es un milagro, que se ha concretado gracias a la fe que tuve”, sostiene emocionado y narra cada una de las penitencias que tuvo que pasar para llegar hasta Mahuayani, lugar donde comienza la travesía de ocho kilómetros y medio rumbo a Sink’ara, donde está el templo del Señor de Qoyllur Riti. Cuenta, entre, otras cosas, que más de uno le falló: choferes de taxis que nunca llegaron y auspiciadores que jamás se pronunciaron. Igual, como fuera, arribó a esta explanada.

“Llegar hasta el mismo Sink’ara era imposible”, se lo dijo un porteador después de ver las cajas inmensas en las que trasladaba su anhelado proyecto. Preguntó por caballos y le explicaron lo mismo. “Nadie puede cargar tanto peso durante las tres horas de camino”, le explicaban. Por eso se instaló en el comienzo de la travesía y no al final. Esto resultó, al final, una buena estrategia, ya que no hubo devoto que no pasara revista a sus retratos antes de subir. Se calcula que este año peregrinaron ochenta mil.

Uno de los objetivos principales de Luis Choy era que los propios protagonistas de la fiesta vieran el fruto de su trabajo fotográfico. Quería sacar su exposición fotográfica de las galerías. Quería que los campesinos ajenos a estos circuitos vieran sus retratos. Y fue curioso ver cómo los devotos reconocían a los cuarenta protagonistas, todos personajes de la fiesta: alocados Pabluchas, señoriales Caporales, comerciantes que nunca faltan y miembros de Defensa Civil. Veían a sus tíos, a sus primos, a sus sobrinos, incluso al policía que hace unos años trabajaba en la zona y ahora está destacado en Andahuaylas. Sus colegas reconocieron a Erick Escalante y no se cansaron de hacer bromas. “Me gusta que la gente pueda ver la exposición, esa es la mejor recompensa que puedo tener”, sostiene el fotógrafo mientras algunos turistas le preguntan a cuánto vende sus imágenes.

Sobre la experiencia, dice que en el primer viaje quedó deslumbrado por todo lo que rodeaba la fiesta, en especial, cómo la gente llegaba sin nada y soportaba el frío inclemente, a veces el hambre. Recuerda, con nostalgia, cómo en aquel 2006 llegó acompañado por Roberto Quispe, un gran amigo a quien le debe la mitad de la muestra. Choy sonríe agradecido y aclara que sin el apoyo de El Comercio, Fundación BBVA del Banco Continental, Proyecto Toto, Casa Andina, Gocards Perú, Universidad Científica del Sur y Municipalidad de Lima tampoco estaría aquí, arriba, contando que Roberto se encargó de convencer a los peregrinos para que posaran frente al manto negro. Y todos decían que sí. En este viaje admite apenado que no ha podido ver a ninguno, pero no se desanima. Sabe que no es la última vez que subirá hasta el nevado para respirar la magia de la fiesta. Su fe lo acompaña.

LA FIESTA DEL HIELO Y SU HISTORIA
La imagen del Cristo que se venera está pintada sobre una roca al pie del nevado Ausangate. La historia dice que fue el pastorcillo Mariano Mayta quien en 1780 estableció amistad con otro niño de tez blanca y brillante. El niño se llamaba Manuel y al ser interrogado por las autoridades del pueblo se desvaneció, pero su imagen quedó inmortalizada en un árbol de tayanca en forma de cruz. Desde entonces, cada año el Cristo es visitado por fieles que antes lavan sus manos con las aguas heladas que descienden del nevado para purificarse.