¿Es tan grande la inseguridad en Sudáfrica como dicen?

Las noticias desde la sede de la Copa del Mundo son desalentadoras por la inseguridad del país. Sin embargo, muchos periodistas opinan que todo está listo en Sudáfrica para vivir un Mundial inolvidable

Por: Jorge Barraza

Tenemos un pie en el avión (cuyo pasaje ha costado un Perú) y nos persignamos con temor. Rogamos que nuestra maleta no sea una de las 75 mil que, estiman, se robarán en los aeropuertos de Sudáfrica. Vamos a tientas a un hotel del que sabemos casi nada, excepto que es carísimo; somos conscientes de que no encontraremos transporte público y deberemos recurrir a taxis de precios elevados; nos previenen que no circulemos de noche por las calles, que nos cuidemos del barrio que transitamos

Por primera vez vamos a un Mundial (el octavo de este cronista) sin esa alegría juvenil, sin ese ánimo festivo, sin la burbujeante expectación que supone ir a vivir la máxima fiesta futbolística. No conocemos Sudáfrica, y esperamos nos sorprenda y deslumbre, aunque son inquietantes las noticias que desde allí provienen.

El público verá por televisión estadios flamantes, inmaculados rectángulos verdes, carteles de publicidad llamativos, equipos bien uniformados y un público numeroso y colorido, eufórico. En suma: una prolija puesta en escena. Ese es el Mundial que la gente ve. Detrás de las tribunas habrá otro, seguramente menos maravilloso, más incómodo, tal vez peligroso. No podemos asegurarlo, aunque las aprensiones tienen sustento. Casi la totalidad de los cables procedentes de Johannesburgo es de contenido negativo: hablan de tensión racial, amenazas terroristas, crímenes, asaltos a turistas, robos de maletas (1 de cada 4, calculan responsables de líneas aéreas). No es que nos espantemos: pertenecemos a Sudamérica y nos sobra experiencia en inseguridad, vivimos enrejados, llenos de candados, cerrojos, trabas y alarmas. Pero es que vamos a un Mundial de fútbol, a un acontecimiento de naturaleza feliz.

Cristiano Dias, enviado del diario “Estado” de Sao Paulo, fue asaltado el pasado sábado 10 por un grupo de nueve hombres armados a plena luz del día, a la salida del Carlton Center, uno de los edificios comerciales más importantes del país de Mandela. “Se llevaron mis documentos y dinero, pero me dejaron con vida”, se contentó Dias. “El clima en África es pesado y el resentimiento está en el aire”, agregó el infortunado periodista.

Al público no le interesan las peripecias ni las situaciones que puedan enfrentar los periodistas. Lo dicen en los correos: “Queremos ver los partidos por televisión, lo demás es asunto de los medios”. Pero alguien debe enviar las imágenes, transmitir los juegos, mandar informaciones

Y no solo los hombres de prensa están sensibilizados: también los miles de visitantes que pensaban —o aún piensan— viajar para ver el torneo (se prevé que serán unos 450 mil, muchos menos que en Alemania 2006). Estos representan, en cualquier Mundial, un bocado irresistible para los delincuentes. Pero las nuevas provenientes de Sudáfrica han calado en el ánimo de los hinchas, que suelen ir por millones a cada torneo, al menos cuando se juega en Europa. La empresa Match, delegada para ofrecer los paquetes turísticos, puede dar fe de ello: acaba de devolver otras 300.000 noches de hotel. Solo conserva 600.000 noches de las 1,9 millones que había reservado al inicio de sus operaciones.

¿Debemos desoír las alertas de los periodistas y deshacer las valijas? ¿O escuchar otras campanas?

Jorge Luiz Rodrigues, columnista carioca avezado en Mundiales, está en Sudáfrica desde enero, comisionado por el diario “O’Globo” para comentar las experiencias previas y de organización del Mundial, habida cuenta que Brasil será el anfitrión en cuatro años más. No coincide en absoluto con su compatriota Dias. “Se están diciendo barbaridades de Sudáfrica. Hay demasiados preconceptos. No concibo cómo empresas periodísticas envían aquí profesionales solo para procurar noticias malas. La prensa europea se ha encargado de ahuyentar a los turistas, y la brasileña está en el mismo camino”, dice con fastidio.

Como un zaguero expeditivo, Jorge aleja el peligro: “Las despachos que se mandan son muy tremendistas y no justificados. Yo creo que va a ser un Mundial bonito y que no sucederá nada grave. Va a haber 41 mil agentes de seguridad resguardando todo. Aquí no hay crimen organizado, como en Brasil, donde las bandas, en Sao Paulo y Río de Janeiro, son verdaderamente temibles. No hay transporte público, es verdad, y las cosas se han encarecido, pero creo que vamos a vivir una fiesta. Los blancos no tienen ni idea del fútbol, ellos están con el criquet y el rugby, pero a la población negra, que es abrumadora mayoría, le encanta. Y está ansiosa por disfrutar el clima del Mundial”.

A raíz de las notas ciertamente alarmantes aparecidas en los diarios, Tony Leon, embajador sudafricano en Buenos Aires, se vio en la necesidad de remitir una carta al diario “La Nación” este viernes 16. “El asesinato de una figura política de alto perfil como Terreblanche [se refiere al líder racista blanco muerto a machetazos por dos granjeros negros] coloca al país en el centro de la atención”, señala el diplomático. Y admite: “Sudáfrica, con su alto índice de delincuencia, y como sede del Mundial 2010, espera este escrutinio. Sin embargo, las autoridades sudafricanas diseñaron programas rigurosos para garantizar la seguridad de jugadores y visitantes durante la Copa”.

No estamos en la tierra de los zulúes, lo cual inhabilita nuestra opinión. Sí podemos arrojar una moneda a la fuente y pedir un deseo: que sea un Mundial inolvidable y pacífico. Un país con solo 16 años de vida democrática y que ha vivido durante generaciones la tragedia del apartheid merece tal bendición.