VIDEO: cuando Antonio Cisneros paseó su calidad por la radio y la TV

Su chispa no podían quedarse en poemarios y espitiruosas reuniones amicales. En el video, un díálogo entre él y otro gran poeta, José Watanabe

Fernando Vivas

Con Toño Cisneros la nostalgia es atravesada: risa al evocar lo que fue para unos pocos cientos que lo gozamos en su saltona sociabilidad, haciendo causa común de la patería y del sarcasmo a costa de sus patas; pena al constatar que un gran conversador del Perú se fue sin que lo hayamos exprimido y masificado. Aunque esto último no es del todo cierto pues la radio y la tele sí lo capturaron por unas temporadas y él, que muchas cosas las tomaba a broma, esta se la tomó muy en serio.

El saludo del oso
Tenía prestigio, chispa, voz y conocía a medio país y había hecho periodismo escrito, así que sabía barajar los tiempos largos del poeta con la inmediatez. RPP lo invitó a leer una suerte de cortina poética con pretexto de actualidad. Lo hizo por dos temporadas, entre 1996 y 1998. Miguel Humberto Aguirre me cuenta: “Manuel Delgado Parker fue el más entusiasta por traerlo. Intentó ingresar con un comentario que él llamaba ‘Patente de corso’, se quedó con ‘Crónica del oso hormiguero’.

Su voz calaba hondo y se le adivinaba la socarronería al leer, pero eso no bastaba para el nuevo Toño mediático. Aún era una prolongación del oso poético impreso, del “Canto ceremonial contra un oso hormiguero” y otros poemarios, cabeceados con el periodismo cultural que hizo en la revista “Sí”.

Toño estaba listo para la televisión y no para rellenar una hora con gacetillas de alta cultura (eso lo hacían bien Eduardo Lores y Ernesto Hermosa), sino para el mayor espectáculo de la TV: la conversación. No para un ‘late show’, pues para eso tendría que haber nacido con otra vocación, pero sí para charlar en el cable.

Lo enrolaron en Cable Canal de Noticias (CCN) en 1998. Antes de estrenar “Conversando con Antonio Cisneros”,Toño tuvo que negociar consigo mismo: quería la fama del tubo pero sin dejar de ser él mismo, quería ser el amable biógrafo de todos sus invitados y no el confrontador y batidor de los figurettis de coyuntura, quería saludarlos a su cariñosa manera que no era dar la mano por convención, sino tomarla y aproximarse hasta el beso (bueno, a eso no se atrevió en la tele, pero en la calle era un besucón insaciable). Me quedo con la frustración de que la TV abierta estuvo cerca de contar con un conversador de polendas y lo perdió porque, a pesar de estar superdotado para la esgrima verbal, prefirió la ceremonia cálida y amigable. Le pasó lo que a muchos genios: en la intimidad de los pequeños círculos son maestros del sarcasmo y pontífices de la ironía; ante la humanidad, escriben en verso o disertan instructivos. Por supuesto, la ceremonia la sazonó con humor y jerga, aunque sin efectismos.

Carlos Ñaupari, su productor, me cuenta: “Conversamos y hubo el acuerdo de que quería ser cordial, amical, que había que llegar a la persona y no al personaje”. En esta última opción, que es a la vez una renuncia, radicó la diferencia de Toño con cualquier monstruo de la tele. El televidente se divierte con personajes, apenas llega a adivinar a las personas pues se aburre en el intento.

Una vez, Toño me entrevistó sobre la TV misma y cuando salimos del set me contó que había entrevistado a Jaime Bayly y este lo invitó a cenar. Cuando me dio su impresión de nuestra estrella del late show, se me pasó por la cabeza que evaluaba la posibilidad de convertirse en un monstruo mediático. Pero no podía serlo, no solo porque CCN se fue al diablo cuando se descubrió que se montó con plata de Montesinos, sino porque al poeta le gustaba conversar con la personas. En el 2001, regresó a Cable Mágico Cultural con “Esta noche con Antonio Cisneros”. Tomás D’Ornellas, quien lo jaló, me cuenta: “Luego de unos meses me dijo que ya no quería hacer TV, dijo que no era lo suyo y hasta allí llegó el programa”. Toño se quitó el maquillaje y cortó el cable, pero dejó algunos encuentros notables con grandes personas. Carlos Ñaupari ha rescatado una cinta con su encuentro con José Watanabe y me ha provocado un impacto que no es televisivo ni poético, es un canto ceremonial olvidado.