Cinco historias de los guardianes de nuestras tradiciones

Son más de 70 artesanos de 20 regiones que exponen y venden sus obras en la feria Ruraq Maki, en el Ministerio de Cultura

Cinco historias de los guardianes de nuestras tradiciones

(Archivo El Comercio)

VANESSA ROMO ESPINOZA / @vannessaromo

Jesús Urbano, Lastenia Cayo, Pachacútec Huamán, Clotilde Alva y Juan Manuel Marón son algunos de los artesanos que buscan perpetuar nuestras culturas en la feria Ruraq Maki, en el Ministerio de Cultura.

1. El nacido entre retablos

Jesús Urbano Cárdenas tiene un nombre que es casi un mandato. Es hijo del maestro Jesús Urbano Rojas, el gran retablista ayacuchano que falleció en mayo en su casa-taller-escuela de Chaclacayo. “Mi padre nació para enseñar”, dice Jesús hijo, su alumno. También hay un Jesús nieto y los tres iban a tener una exposición: Tres generaciones, un solo nombre. La muerte del patriarca lo dejó en suspenso.

Su apellido fue un mandato que ha seguido con pasión. Aprendió de su padre, el gran retablista Jesús Orbegoso Rojas. (Paul Vallejos)

Ese casi mandato que representa su apellido es uno feliz, natural. “Yo nací entre las cajas de los retablos, las lijaba desde los 5 años y sabía pintarlas a los 6”, cuenta ahora a los 59 años. El material para modelar las figuritas siempre fue la papa; la cocinaban, la molían y con esa masa creaban los personajes. 

La misión nunca fue la perfección, sino que estuvieran satisfechos. Don Jesús le enseñó a no hacer las cosas por hacer. Si no le gustaba un retablo, comenzaba de nuevo. “Debe gustarte primero a ti”, le decía. Y lo que a Jesús hijo le gustaban eran las miniaturas. A través de ellas cuenta historias de los danzantes de tijeras y de las yunzas de pueblo. Un solo retablo suyo puede tener hasta dos mil figuritas. Cada una de ellas será tal como las imaginó.

2. La pintora de espíritus
Lastenia Cayo ve a los ibo/yoshin, los espíritus shipibos de la naturaleza, desde que era muy pequeña. Los conoció cuando su abuelo Arístides le contaba que había un guardián para cada planta de esa selva grande en la que vivían, en Alto Ucayali. “Por eso no debes maltratarlas”, le decía. En sus sueños, Lastenia veía a los protectores grandes y extraños. 

Lastenia Cayo sueña a los guardianes de la selva y los pinta. Ya son más de 300. (Percy Ramírez)

A los 53 años, Lastenia o Pecon Quena –nombre shipibo que significa “La que llama a los colores”– no deja de imaginar. Incluso se le aparecen en visiones. Hace varios años los empezó a bordar, a pintar y a escribir historias sobre ellos para no olvidarlos y ya publicó tres libros con más de 300 personajes. Su favorito es el que cuida al huairuro, con cuerpo de hormiga roja y negra. “Es para que la suerte no falte”, dice Lastenia, lleva sus dedos pintados a la cara y sonríe como una niña que ha descubierto un universo. 

3. Pachacútec de hojalata
Un día, hace 15 años, su padre llegó al taller metalúrgico en el que trabajaban en el barrio cusqueño de San Sebastián. “Esta es una plancha de hojalata”, le dijo. Pachacútec Huamán escuchó cómo esta se cortaba, se repujaba y se soldaba. “Me dejó todas las planchas tiradas y se fue”, cuenta el artista de 33 años. 

Pachacútec no deja de explorar el metal para crear formas nuevas y siempre peruanas. (Percy Ramírez)

El padre de Pachacútec, el escultor Heber Huamán, siempre quiso que su hijo trabajara el metal como él lo hacía. Pachacútec quería ser pintor y estudiaba para ser uno en la Escuela de Bellas Artes del Cusco. Aunque ayudaba a su padre en el taller, no dejaba de hacer bosquejos en cada espacio libre que tenía. Pero apareció la hojalata y la pasión se le mudó.

En los últimos años sus arcángeles metálicos de cuellos largos que tocan zampoñas han ganado concursos. También trabaja en hierro, cobre, estaño, los mezcla, explora. “Ahora con los cinceles soy feliz. Mi padre también”, dice mientras sobre una hoja de papel, casi sin pensarlo, sigue dibujando.

4. La alfarera vitalicia
Hace 56 años, Clotilde Alva tenía 12 y le tomaba hora y media bajar a pie desde Huancas hasta Chachapoyas, en Amazonas. Lo hacía para vender las ollas de arcilla que hacía su mamá Nicolasa, quien había caído enferma y no podía andar. Todas las mujeres de Huancas sabían cocer a horno abierto: la técnica constaba en cubrir bien la masa modelada con otros recipientes de arcilla, uno sobre otro. Su madre le había enseñado a hacerlo desde los 8 años y cuando mamá Nicolasa se fue, dedicó su vida a seguir esa tradición.

Clotilde Alva (derecha) es la alfarera que ha dedicado su vida a continuar el arte del cocido de la arcilla. (Percy Ramírez)

Hace 10 años, un profesor de arte la buscó. Ahora reproduce sarcófagos de karajía y otros adornos que sigue bajando a la ciudad para vender. Uno de ellos es un chanchito rústico, que le hace recordar cómo comenzó todo. “A mi madre le gustaban, empezó cociendo chanchitos como floreros”, cuenta. Es su homenaje a ella.  
 
5. El mascarero nostálgico
Juan Manuel Marón debe ser el joven más antiguo de Puno. Tiene 33 años pero a los 21, cuando empezó a bailar para la Virgen de la Candelaria, se dio cuenta de que la fiesta que se celebra cada febrero no era como la recordaba: la gente danza sin fe, los trajes son más sencillos, las máscaras desabridas. Esto de las máscaras fue lo más triste para él. Recordaba cómo su abuelo las hacía en yeso, llenas de color. Ahora las de ese tipo casi se han extinguido. 

Jan Manuel Marón es uno de los pocos que trabajan sus máscaras con yeso, como lo hacía su abuelo. (Paul Vallejos)

Por eso decidió regresar a los orígenes. Sus máscaras son de las pocas que se hacen con yeso. Juan Manuel cree que la posible elección de la fiesta puneña como patrimonio inmaterial de la Unesco podría ayudar a volver a la tradición. “No es posible que ahora los mascareros hasta pongan al Depredador en sus diseños. Es un insulto”, se enoja. Nada que no pueda borrar la emoción por la llegada del próximo febrero.

DÓNDE

La exposición y venta se realiza en la sala en la sala Kuélap del Ministerio de Cultura. Avenida Javier Prado Este 2465, San Borja.