El disquet se irá para no volver más

Fue el dispositivo portátil por excelencia en los ochenta, pero hoy casi nadie lo recuerda: el disquet es una olvidada reliquia en el mercado, el informático, donde menos es más. Sony anunció que dejará de producirlos en el 2011

El disquet se irá para no volver más

Por Alberto Villar

En el 2000 me ahogaba en una pasión que hasta hoy no ha muerto: la música. Entonces mis gustos habían pasado de la encarnizada y juvenil crudeza de Deftones o Korn a la majestuosa estridencia de Yo la Tengo o Pavement o a la sublime serenidad independiente de Galaxie 500.

Deleitarme con sus discos casi desconocidos por estos lares era, sin embargo, una tarea compleja: Internet era un sueño aún incumplido en casa y yo solo era capaz de conseguirlos a través de mi hermana mayor, a quien le rogaba que descargara en su trabajo las canciones que elegía semanalmente con la precisión de un relojero.

Pero esto tampoco era tan fácil: ella solo podía traer una canción por día, que grababa (con Winzip) en cinco o seis disquet y que, luego, en casa, yo debía juntar.

No recuerdo ya cuántas veces maldije a Bill Gates o golpeé mi computadora ese año, pero sé perfectamente por qué lo hice: cada vez que uno de los disquet fallaba, fuese por un virus o por una grabación apurada de mi hermana, mi angurria melómana se quebraba en mil pedazos y en un segundo y, de allí, todo era simple y sencilla rabia de veinteañero.

UN APARATO OBSOLETO
La noticia de que en el 2011 Sony dejará de producir los disquet ha confirmado una vez más la ley de ese Nostradamus de la informática que es Gordon Moore, el cofundador de Intel: cada vez es más corto el tiempo en el que dispositivos como este son reemplazados por otros más pequeños, pero de mucho mayor capacidad.

En verdad, han sido 36 años de vida y una muerte, por lo demás, anunciada. En 1976, los primeros disquet salieron a la venta con el formato de 5 1/4 y una nimia capacidad de almacenaje de 110 KB (en estos, difícilmente, podrían caber cinco archivos de Word). Usted, seguramente, los ha usado. Si no, piense en las tantas veces que insertó un enorme cuadrado negro, quebradizo como una oblea, en su computadora monócroma para escribir en Word Perfect o dibujar con la tortuga de Logo.

Yo recuerdo, como si fuera ayer, las tardes en que, a mediados de los ochenta y a escondidas de mi padre, me metía a su oficina y prendía su computadora para, sin el más mínimo conocimiento de nada, hurgar en sus documentos secretos, grabados en decenas de estos artefactos; o para dibujar en Logo tipeando esos códigos con los que, ¡oh, maravilla!, podía uno incluso dibujar un círculo perfecto. Entonces tenía 7 u 8 años y la computación, para mí, era un mundo que no tenía fin.

Sin embargo, para 1984, a menos de diez años de su nacimiento oficial, la gigante IBM reemplazó los disquet grandes por unos más pequeños de 3,5 pulgadas y mayor capacidad: 1,44 MB.

Entonces se desató la moda: en los colegios, los profesores de informática inflaban el pecho grabándonos programas en los que se podía, por ejemplo, practicar inglés, mientras algunos amigos robaban a sus hermanos mayores los juegos que uno solo había conocido por el Atari.

Junto con ello empezó también el furor del diseño: muchas compañías, como 3M o Basf, las más importantes del rubro, produjeron millones de disquet de colores chirriantes y etiquetas con personajes famosos, como Mickey Mouse o el Pato Donald, y que uno podía pedir a algún conocido que viajaba de vacaciones a Estados Unidos.

SE CAYÓ EN JAPÓN
Se sabe que en el 2002 Sony vendió 47 millones de estas unidades en Japón, mientras que su venta decayó a 12 millones el año pasado. Paradójicamente, el País del Sol Naciente, donde la historia de la tecnología parece reescribirse a diario, es todavía uno de los mercados más fuertes del sector junto con la India, donde la muerte del disquet no tiene, de momento, una fecha escrita.

Tras saber de la noticia, los nostálgicos de la informática han empezado a contar a través de blogs sus vidas y sufrimientos con estas obleas no comestibles. Si uno bucea por la red encontrará, por ejemplo, la imagen de un auto cubierto todo por un disquet 5 1/4, gente que oferta cajas selladas de ellos y otros que rememoran a la pionera de la fotografía digital, la cámara Sony Mavica, de 1981, que usaba estos dispositivos para almacenar imágenes.

En el país aún hay librerías donde, junto a los discos compactos, DVD y memorias USB de 8 GB (en uno de estos, sépalo, cabe la información de 5.688 disquet) se ofrecen estos dispositivos a unos 3 soles.

Mientras escribo esto, mi vieja computadora muestra una ranura inservible al lado de la lectora de CD y, cerca de ella, bajo una ruma de papeles y libros, una caja con disquet —con archivos del 2000— espera que alguien venga y la recoja para evitarse un olvido perpetuo.

Lejos de aquí, en una tienda de arte de Barranco, algún peruano no tuvo mejor idea que convertir sus viejos disquet en tapas de unas curiosas agendas que se venden, paradójicamente, a 50 soles cada una. De esto, a fin de cuentas, se trata la nostalgia.