Augusto Ferrando, “el único llorón que nos hace reír”

Locutor de carrera de caballos y conductor de televisión, el 11 de mayo se cumplieron 15 años del fin de “Trampolín a la fama”

Augusto Ferrando, “el único llorón que nos hace reír”

ALFREDO ESPINOZA FLORES (@alfred_espinoza)
Redacción Online

“Un comercial y no regreso”. Así, trasgrediendo una de sus frases más célebres, Augusto Ferrando se despedía de ‘Trampolín a la fama’ el 11 de mayo de 1996, a casi 30 años del inicio de uno de los programas más recordados de la televisión peruana.

El miércoles pasado se cumplieron 15 años desde ese entonces. La verdad es que muchos lloraron su partida y lo consideran el mejor conductor nacional de TV; rieron, se entretuvieron y no pocos hasta se hicieron famosos con él. Lo cierto, también, es que otros lo criticaron, incluso se indignaron por las reiteradas burlas a las personas y varios hasta fueron humillados en el intento de ganarse algún objeto.

Más querido que odiado, Ferrando dejó de existir hace 12 años, apenas cumplidos los 80 años de edad. Sus éxitos los cosechó desde muy chico, pero florecieron –en toda su magnitud- pasados los 40. No solo se le ha extrañado en la pantalla chica; también en la radio. Locutor hípico durante 60 años, su voz es una marca registrada. El cáncer se llevó su cuerpo, pero el tiempo es incapaz de borrar su huella.

FERRANDO HASTA LOS 40
Era 1939 y hacía seis años que se había iniciado como capataz de caballos, cuatro como preparador de corceles. Era un calichín narrador de carreras. Su prodigiosa capacidad para los relatos aún estaba por descubrirse.

Varios años después, en 1973, se consagró cuando narró aquella celebrada victoria de Santorín y del jockey Arturo Morales en el Gran Premio Carlos Pellegrini de dicha fecha. Dicen que el general Juan Velasco Alvarado estaba a punto de convertir el hipódromo de Monterrico en un centro deportivo, pero tras la hazaña rompió los papeles. Basta leer los comentarios en la narración colgada en YouTube y saber que hasta hoy varios lloran recordando.

El de Monterrico no fue el único que lo acogió. Su voz se paseó por Radio Nacional, Excelsior y Victoria evocando los hipódromos de Santa Beatriz y San Felipe. Cuando varias décadas despúes se le hizo un homenaje por sus 50 años como locutor hípico, Ferrando, con lágrimas en los ojos, dijo: “Me preparé cinco días para este homenaje. Veo al público que me ovaciona y no puedo contener mi emoción. Gracias, muchas gracias y sigan amando a la hípica, porque este es un deporte grande”.

Pero el circuito de las carreras de caballos nunca fue tan masivo. Para poder saborear la fama tendría que fundar la “Peña Ferrando” en Radio Victoria. Junto con distinguidos personajes como Nicomedes Santa Cruz, Lucha Reyes y Augusto Polo Campos, entre otros, como un joven Guillermo Rossini, con quienes mezcló música criolla con buen humor, gran combinación. Duró hasta 1982. Fue entonces que empezó a ansiar su ingreso a la pantalla chica.

FERRANDO A PARTIR DE LOS 40
“La escalera del triunfo”. Así se llamó el primer programa de ‘El Negro’. Era 1960 y él había cumplido 41 años. Se le considera el primer concurso de aficionados en la televisión nacional. Es decir, un pionero.

Tendrían que pasar siete años para que su siguiente espacio, el más, saliese al aire. “Trampolín a la fama”, vía Panamericana TV, se emitió por primera vez en 1967, cuando él tenía 47 años de edad. Nació primero como un bloque, como parte del ciclo “Perú 67”, y luego se independizó con dos horas de duración y más tarde tres.

De “Trampolín a la fama”, en sus 30 años al aire, se pueden decir muchas cosas. Buenas y malas. Cómo pasar por alto que fue el parto, la cuna, la escalera y el trampolín de muchos cómicos hacia el estrellato. Basta nombrar a algunos: Carlos Álvarez, Jorge Benavides, el ‘Chato’ Barraza, Fernando Armas. Acompañado de la Gringa Inga, Leonidas Carbajal, Tribilín y Violeta Ferreyros, hizo de la afición por cantar y actuar un verdadero entretenimiento –a veces solo burla- al aire. Unos, demostrando su talento; otros, simplemente haciendo el ridículo por la promesa de algún electrodoméstico.

La sonrisa de Ferrando empezó a disiparse en aquel programa de “Fuego Cruzado” de principio de los noventa –un supuesto homenaje que resultó una emboscada- en el que desnudaron sus prácticas televisivas de una manera agresiva –basta recordar a Magaly Medina (sí, irónicamente) criticándolo- y lo obligaron a pedir perdón.

La risa se convirtió en llanto el 11 de mayo de 1996, cuando él tenía 77 años de edad. El último día de “Trampolín a la fama” –decisión propia- la emisión de un video con fotos de su juventud y carrera lo hizo llorar desconsoladamente. “Es el único llorón que nos hace reír”, dijo Pablo de Madalengoitia. “Hasta el otro año, hasta mil años, ahora voy a decir: un comercial y no regreso. Hasta luego”, sentenció él.

Las tablas lo acogieron y presentó el café teatro “Televicio-Canal 69”, junto a sus hijos Chicho, Rubén y Juan Carlos.

Ese mismo año le detectaron un cáncer a la próstata y tres años después, en 1999, regresó de Guatemala al Perú para morir en la tierra que lo vio nacer. Acababa de cumplir 80 años y la tenía clara: la noche antes del 1 de febrero pidió que lo durmieran, ya no soportaba el dolor. Un paro cardíaco se lo llevó. “No quiero que mi partida se convierta en un circo”, les había dicho a sus allegados. Pero el entierro, en el cementerio El Ángel, fue exactamente lo contrario, propio del adiós a alguien que hacía emanar la efervescencia popular. Esa que hoy ya no lo visita: su tumba luce desolada. “Yo lo tengo claro, son 80 soles que tengo que gastar para ir a El Ángel. Creo que donde esté mi papá, estará feliz porque con esos 80 soles puedo tener 5 kilos de carne en la refrigeradora”, dijo hace poco su hijo Juan Carlos.

Han pasado 15 años desde el fin de “Trampolín a la fama” y 12 desde que dejó de existir, pero Augusto Ferrando sigue presente en muchos de nosotros, desde los que vieron el primer programa hasta los que lo gozaron ya en la recta final. “No nos ganan”, “Yo lo descubrí”, “Un comercial y regreso”. Un comercial eterno que, sin embargo, no borró su huella inigualable.