Carlos Álvarez, las mil y una risas de una carrera entregada al humor

Según los años: de ‘Popi Olivera’ a ‘Paolín lin lin’, de ‘Galán García’ a ‘Natalia Malamala’, de ‘Choledo’ al ‘General Desaire’

ALFREDO ESPINOZA FLORES
Redacción online

Habría que taparse bien los oídos para no reírse. Habría que desconectar el televisor para no caer en la tentación de sintonizar su programa. Tendríamos que desentendernos totalmente de la coyuntura para no imaginar qué hará el sábado que viene, cómo parodiará a tal personaje, de qué manera nos sorprenderá con alguna ocurrencia.

Carlos Álvarez estuvo ayer de cumpleaños y está a dos de cumplir 30 como cómico profesional. El 2011 parece ser el año de su internacionalización y, aunque su vena social lo ha hecho estar a punto de estrenar un programa al estilo de “Trampolín latino”, le es imposible no hacer su verdadera vocación: hacer reír, y a carcajadas.

CARLOS ÁLVAREZ ANTES DE LOS 20
Un amateur Carlos Álvarez ya les robaba sonrisas a sus amigos y les “tomaba el pelo” a sus familiares de adolescente. Su vida sería muy distinta si hubiese seguido la carrera de Derecho y Ciencias Políticas en San Marcos, como lo estaba planeando. Hubiese sido, más bien, un desperdicio de picardía, ironía y buen humor.

Afortunadamente, en mayo de 1983, cuando tenía 19 años, el destino no lo quiso así. Una llamada casi casual fue el primer paso del trampolín que lo llevó a la fama. “Había un concurso, lo perdí y me dieron como castigo una canción o una poesía. Yo les dije que podía hacer una imitación. Hice de Alfonso Barrantes (alcalde en ese momento), Mario Vargas Llosa. Les gustó tanto que me llevaron a la radio”, recuerda. Allí le hizo una entrevista el sobrino de Augusto Ferrando. Así llegó a “Trampolín a la fama”. Con una sola presentación, recibió una propuesta de trabajo.

Varias presentaciones en el programa quedan aún registradas en YouTube, como la parodia de Alan García dando un discurso y sus imitaciones del entonces cardenal Landázuri y de monseñor Ricardo Durand Florez. Varios años después, se atrevió a imitar ¡Qué maestro! al mismísimo Ferrando.

CARLOS ÁLVAREZ A LOS 20
De la calle a la televisión, pero sin perder el barrio, el ya cómico por profesión (aunque aún años después recién decidiría “hacer empresa de eso”) demostraba sus dotes en América TV con “El barrio del movimiento”, donde, junto a su hermano Arturo, daba vida a las voces de diversos personajes de la política que eran retratados como muñecos. Luego pasaron a radio Moderna, con “Lo bueno, lo malo y lo feo de la jornada”.

Su paso por “Risas y salsas”, de 1986 a 1989, entre los 22 y 24 años, lo recuerda con gran cariño y orgullo, por haber compartido escenario con cómicos de gran talento y renombre como “Esmeralda Checa, Alicia Andrade, Adolfo Chuiman”, entre otros. “Fue la vitrina principal de mi carrera artística, con el personaje de ‘Popi Olivera’, con la música de ‘Caro, Caro, Carolina’ y la barba. En esa época fue muy querido por niños y familias”, evoca él.

Aún joven, se consolida en la pantalla chica con el estreno de su propio y merecido programa, “Las mil y una de Carlos Álvarez”. Tenía 24 años. “Imponemos un nuevo estilo de hacer humor político. Por un lado, el frente a frente: el imitador con el personaje real, como con Javier Valle Riestra y ‘Javier Valle Menestra’, Toledo con ‘Choledo’. Por el otro, el detrás de cámaras”, afirma.

Ocho años al aire tienen que tener más de mil anécdotas. Él recuerda una en especial. “No había sacado su voz (la de Toledo) y grababa en 30 minutos. Nos estaban preparando uno al lado del otro y le dije a mi maquilladora que lo maquille a él despacio. ‘Yo voy a hablarle bastante para sacarle la voz’, le dije”, cuenta. Luego de algunas preguntas sobre su infancia, Carlos improvisó en vivo: “Yo vendía pescado, tamales, periódicos, hasta fui pirañita… y eso se me ha quedado”, sonríe.

CARLOS ÁLVAREZ A LOS 30
Consagrándose para muchos como el actor cómico número uno del país, seguía robándole risas a medio Perú y dejando en ridículo a mil y un personajes de la política y del espectáculo. En 1997, a los 33 años, estrenó nuevo programa, “Caiga quien caiga”, show que considera su madurez artística, y que le trajo tanto éxito como cuestionamientos por el contraste con lo que hizo después.

El espacio tenía un corte bastante político y criticaba el régimen fujimorista. Sin embargo, tres años después apareció en “Los Álvarez”, con un perfil no solo distinto, sino opuesto. El mismo Fernando Olivera, el que lo hizo famoso, esta vez lo quiso sepultar. Como ministro de Toledo, emprendió una cacería acusándolo de haber recibido dinero para apoyar a Fujimori. Perdió el juicio en primera instancia, en la Corte Superior, pero fue absuelto por la Corte Suprema.

“Yo no fui fujimorista, sino que apoyé cosas que yo creí que eran buenas para mi país. Por ejemplo, la lucha frontal contra el terrorismo y la estabilidad económica. Lo que después hizo el Gobierno por lo bajo es otra cosa. Yo jamás apoyé eso, pero sí recibí una lección: nunca más apoyaré la política de un gobierno desde mi trinchera artística”, expresó a modo de mea culpa hace dos años.

Es mejor recordar esta etapa de su carrera –que también incluyó “Parlamiento”, en 2001)- con lo que mejor sabe: hacer reír. En “Caiga quien caiga”, en el segmento “las noches calientes de Ajonjolí”, una sola frase basta para borrar el sinsabor. “Les recomiendo la pose Tiwinza: te lo meto, te lo saco y te dejo un poquito”.

CARLOS ÁLVAREZ A LOS 40
Si con uno arrancaba carcajadas, con dos ya hacía doler la panza a varios. En el 2004, en el inicio de su cuarta década de vida, estrenó dos programas distintos, “Los Inimitables” y “El especial del humor”. El primero, de lunes a viernes; el otro, los sábados por las noches.

“Los inimitables” no lograron ser irremplazables y el show solo duró algunos meses. Pero no sería el único espacio que protagonizaría a la par. Escapándose de su rol tradicional, en el 2006 Álvarez se convirtió en el conductor de “Trampolín latino”, “que comenzó como un homenaje a Augusto Ferrando (hasta Juan Carlos Ferrando dijo que le encantaba que se siga el ejemplo de su papá), pero luego se dio por una vocación social (…) La televisión no solo debe servir para entretener o informar, sino para servir y ayudar”.

El programa duró cuatro años, pero hace unos días él mismo anunció que vuelve este año, aunque con diferente nombre. Y no solo eso, confirmó su permanencia en “El especial del humor”, el último gran retorcimiento de risa en medio de otras chabacanerías. A pesar de los problemas con Lundu y ANDA por los personajes de ‘La paisana Jacinta’ y ‘El negro Mama’.

Difícil no haber disfrutado con imitaciones como las de ‘Paolín lin lin’, ‘General Desaire’, ‘Natalia Malamala’, ‘Padre Maritín’, ‘Robert’, ‘Vladimiro Montesínico’, ‘Monseñor Cipriano’, ‘Marco Aurelio Denegro’, ‘Chamo del Solar’, ‘Rómulo Ratón’ y tantos otros.

Así nomás no llegó a Chile en el 2009 y sorprendió con personajes como ‘Presidenta Michelet’, ‘Huevo Morales’ y hasta hizo de Pinochet y “fue bien recibido” (“yo había ido en los 90 y no se podía imitarlo ni en voz”).

Ese es el Carlos Álvarez que ayer cumplió 47 años y hoy los celebra en el teatro Canout, en su otra faceta como actor cómico, las tablas, donde reconoce sentirse más libre y más cerca del público. Este 2011 cumple 28 años de carrera artística y, si todo sale bien, los celebrará estrenando programa cómico en Estados Unidos. Casi 30 años con la misma chispa y espontaneidad con la que me dice que me parezco a ‘Popi Olivera’ de joven y no me deja aguantarme la risa. Con el mismo propósito de borrar cachetes y alargar los labios de oreja a oreja. Por eso no descansa pensando con qué sorprendernos esta vez y lanza una advertencia: “el que va a volver a la palestra es Raúl Diez Canseco, que es dueño de Kentucky”, y lo imita con la misma naturalidad con la que abre y cierra los ojos: “Ofertas Kentucky: 15 soles y te viene tu piernita, bien sazonada, tu ensaladita, y por un sol más, te agrando la papa” y se carcajea como si lo contara por primera vez, como si cada año de estas casi 3 décadas se hubiesen pasado chiste tras chiste, y de esos que es imposible parar de reír.