Metallica en Lima: La noche máxima del metal

No hay duda de que el concierto de Metallica será recordado como uno de los mejores que ha tenido nuestra ciudad. Los cuatro jinetes del Apocalipsis se apoderaron de Lima, donde abrieron su gira sudamericana

*Por Rafael Valdizán* Las caras de al lado tenían un semblante extático. Era el final de una "noche de ensueño hecha realidad":http://elcomercio.pe/noticia/400942/historico-metallica-hace-delirar-50-mil-fanaticos-estadio-san-marcos. Rostros relajados, tras haber saboreado el clímax de un show arrollador, descomunal. Atrás había quedado una sinfonía de guitarras retorcidas, de ráfagas y traqueteos. Atrás había quedado el paso de un monstruo colosal que aun mucho después de terminado el concierto dejó una estela de final feliz consumado. El pulso retomaba su ritmo, todo volvía a la normalidad, y mientras el tropel de fanáticos abandonaba lentamente el estadio de San Marcos, cualquiera de nosotros podía tener el derecho de preguntarse si todo fue un sueño o realidad Metallica atacó desde el saque. Luego de que las luces se apagaran y empezaran los primeros acordes de “Creeping Death”, el coloso se convirtió en un infierno. “Lima, I see you!” (“Lima, ¡te veo!”), fueron las primeras palabras de James Hetfield, y luego la promesa que todos esperaban: “¡Es nuestra primera vez aquí y juntos vamos a hacer mucho ruido!”. Los cuatro jinetes trajeron el Apocalipsis con un combinado de composiciones de antaño y de su más reciente placa en estudio, aquella que marcó la resurrección de la banda de San Francisco: “Death Magnetic”. Como Metallica se caracteriza por guardar la lista de canciones bajo siete llaves, cada comienzo de ellas inyectó una savia de sorpresa en los parroquianos. Como era de esperarse, las clásicas de la banda desataron el delirio absoluto entre los de abajo. Euforia máxima cuando los golpes previos de “Master of Puppets” tronaron en el cielo limeño. El tema, uno de los favoritos para la comunidad de acólitos del metal, fue la demostración perfecta de lo que el cuarteto es capaz de hacer: meter en un mismo costal la fiereza extrema y la melodía más sublime. El corazón no miente, y en temas como este pareciera inflamarse y ocupar toda la caja torácica. Los sonidos de una guerra, combinados con alucinantes explosiones artificiales, precedieron a otra pieza entrañable precedida de llamaradas y fuegos artificiales “One”, aquella que postuló a Metallica a un Grammy en 1988. Una obra maestra que se desliza como una balada y deviene progresivamente en una rampante descarga de ametralladora. Puños arriba, gritos desbocados, la gente se vuelve loca. Increíble lo de “Fade to Black”, una de las conexiones más fuertes con la nostalgia de los años 80. Un tema capital en la discografía del cuarteto. Entre los temas del último disco sonaron “That Was Just Your Life” y “The End of The Line”. y no faltaron muestras del “álbum negro”, “Nothing Else Matters”, un lento que emociona incluso a los espíritus más gélidos, y “Enter Sandman”, una suerte de tractor: demoler, demoler, demoler *SOLDADOS DE HIERRO* La banda disparó todas sus municiones. Se entregó por completo. James Hetfield, como un comandante general, condujo la noche con actitud; con una mezcla de sobriedad y euforia. Su voz permanece intacta y su contacto con el público impecable: todos disfrutaron cuando, en castellano, lanzó: “¡La vamos a pasar mostro!”. La guitarra de Kirk Hammett ha incrementado su valor con la experiencia que dan los años. Atrás, Lars Ulrich, un pulpo. Un tipo eléctrico que por momentos parecía querer abandonar el asiento para brincar hacia la parte delantera del escenario. El más nuevo de la banda, Robert Trujillo, empuñó un bajo musculoso: con los movimientos que le conocemos, semeja un simio o un tipo que habita en las cavernas. Hacia el final, “Seek and Destroy”, del primer álbum, y el broche dorado. El sello de una noche de antología. Irrepetible. Una puesta en escena máxima que quedará impregnada en las retinas y oídos de las casi 50 mil personas que acudimos a San Marcos. Una noche que nos acompañará hasta el final, a nuestra última morada.

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