Parque Nacional del Manu: La frontera de la vida salvaje

Un paraje remoto al que arriban más extranjeros que peruanos. Un destino en los confines de una selva abundante y misteriosa para quien busca otro tipo de aventura

ALBERTO REVOREDO

Esa noche no dormimos mucho. Una continuidad de sonidos selváticos vuelve el sueño ligero, pese al largo viaje. Todavía no había amanecido y nuestro guía ya daba aviso. Nos calzamos las botas de jebe, cargamos las cámaras y un poco de agua y bajamos hasta la orilla del río a buscar el bote.

Dejamos el Manu Learning Centre Lodge rumbo a la colpa de los guacamayos. El motor de la embarcación corta la silenciosa penumbra y se abre paso hasta un empedrado islote. Ese es el punto de reunión para el avistamiento de estas coloridas aves tropicales, una de las más emblemáticas en esta zona madredina del Parque Nacional del Manu.

Tras el cambiante y colorido amanecer empiezan a llegar algunas parejas de pájaros. Ornitólogos, ‘birdwatchers’, turistas y voluntarios de Cress –organización que administra el Manu Learning Centre Lodge– no apartan los ojos de los binoculares. Desde este punto, a una hora de camino por el bosque, el visitante puede visitar también la colpa de mamíferos, donde el objetivo principal es lograr divisar a un tapir amazónico. Cerca al Lodge están la cocha de Machuhuasi y el mirador, desde donde se obtiene una espectacular vista del lugar. Los voluntarios mantienen aquí diversos proyectos con las comunidades del área, así como biohuertos, un jardín de orquídeas, a los que se puede acceder con el permiso correspondiente.

Una de las cosas más interesantes que manejan – según nos explica el biólogo Andrew Whitworth– es el sistema de cámaras ocultas (alrededor de 20), que han colocado a lo largo del perímetro, en un área de 600 hectáreas, lo que les ha permitido obtener imágenes de bestias tan inasibles como el jaguar. “Hemos logrado ver más de 400 especies de aves, alrededor de 50 mamíferos, 50 especies de anfibios, 40 especies de reptiles y continuamente estamos encontrando nuevas especies”, agrega el representante de la ONG Crees.

En este lugar usted podrá encontrar acogedoras habitaciones con mosquiteros, tranquilidad y contacto con la naturaleza. Los baños son compartidos, pero todo está muy ordenado. Ofrecen comidas y bebidas y tienen una antena para contactarse con Cusco en caso de una emergencia. Cuentan con un sistema de energía solar y un generador que brinda energía eléctrica por horas. Por eso es básico llevar una linterna.

LA TRAVESÍA
Para llegar hasta este apartado lugar viajamos a Cusco por vía aérea. Desde allí tomamos la ruta por tierra hacia Pisac, Colquepata y Paucartambo, a donde arribamos tras unas tres horas de camino. Desde allí hay que viajar una hora más hasta Acjanaco, el paso de penetración por carretera a la selva del Manu. Este punto, ubicado a 3.500 msnm, es un lugar clave, ya que separa el mundo andino y sus agrestes páramos, de la exuberante vegetación amazónica. Tenga en cuenta que para ingresar al parque hay que pedir un permiso en Cusco. Es importante revisar bien el vehículo en el que irá, ya que la carretera es afirmada y difícil, pues es angosta e irrumpe entre precipicios.

Luego de cruzar Acjanaco, tras unos 40 minutos, podrá observar un desvío que lo llevará hasta el canopy que administra la Asociación para la Conservación de la Cuenca Amazónica (ACCA) en Wayquecha. Seguimos bajando la gradiente, pasando del bosque enano al bosque nublado, atravesando túneles y observando algunas cataratas.

Finalmente llegamos a nuestro primer destino, donde pernoctaremos la primer noche, el Cook of the Rock Lodge. Este se encuentra ubicado en la zona de San Pedro, en el Valle del Kosñipata a 165 kilómetros de la ciudad del Cusco. Hemos hecho alrededor de ocho horas de camino. Recargamos energías en el comedor y salimos hacía el ‘lek’ de los gallitos de las rocas. Con suerte lograremos divisar alguna de estas aves, uno de los principales atractivos de este circuito debido a su rumboso proceso de apareamiento.

El Cook of the Rock Lodge cuenta con habitaciones bastante confortables y baños privados con agua caliente. No hay señal de teléfono o Internet. Desde el comedor se pueden llegar a divisar hasta seis especies de picaflores. Otro de los engreídos es el mono Machín negro o Mono Martín y las traviesas ardillas. Si lo prefiere puede caminar hasta el río, que está a solo uno minutos del Lodge.

EL SONIDO DE LA SELVA
A la mañana siguiente salimos temprano para cubrir la última parte del trayecto que nos llevará hasta el Manu Learning Centre Lodge, nuestro destino final en este tibio acercamiento al Manú. La ruta larga implicaría navegar por el río Madre de Dios hasta el río Manu, entrando al Parque hasta el Refugio Romero y luego al Manu Wildlife Center de Inkanatura. Allí las posibilidades de ver una mayor fauna son altísimas.

Esta vez nos concentraremos en la ruta corta. Vamos ahora por la carretera de Kosñipata, bajando por aproximadamente 3 horas. La primera población en el camino es la comunidad de Chontachaca, situada sobre los 1,185 m.s.n.m. Las casas han sido construidas sobre pilotes de madera y pese al hermoso paisaje se puede oler la pobreza en la que viven sus pobladores. Después viene la localidad de Patria y luego Pilcopata, la capital del Valle de Kosñipata. Aquí encontrará señal telefónica, tiendas y un mercado. Es el último punto para abastecerse de todo lo que necesite: botas, pilas bebidas heladas, linternas, sombreros, pues solo encontrará cosas básicas.

Llegamos al puerto fluvial de Atalaya. Allí aguarda la embarcación motorizada que nos llevará al Lodge en Masquitania. Todos los botes turísticos que inician su viaje por río al Manu salen de este ancladero. El precio está sujeto a la distancias. Nosotros vamos a media hora de camino, lo que demanda entre US$ 100 y US$150. Si va hasta Boca Manu, le pueden cobrar hasta US$ 500 dólares, por eso es importante ir en grupo para poder prorratear el costo del transporte. El viaje en bote por el río resulta extremadamente beneficioso, ilustrativo, liberador.