Rumbo al norte: el perpetuo brillo de Colán

Sus famosos atardeceres se combinan con la belleza de su playa y su antigua iglesia: un tesoro junto al mar

IÑIGO MANEIRO LABAYEN

Hace muchos años que no regresaba a Colán. Cuando lo conocí, llegué con un grupo de piuranos con quienes devoré varios kilos de percebes. Comencé con buen pie y buen paladar mi viaje a esta playa, conocida como La Esmeralda de Colán, por la belleza y el color de su mar. Mis siguientes visitas al balneario más característico de Piura, levantado sobre una amplia extensión de tierra y arena que era un conchal prehispánico, siempre han estado marcadas por el disfrute y el placer. Lo primero fueron los percebes y lo segundo fue un consejo de los amigos piuranos: cuidado con los pastelillos (rayas).

A mí ya me había picado en Cerro Azul una de estas rayas enanas y me recordaba tirado en la vereda de este puerto llorando de dolor. Por ello, haciendo caso de sus consejos, aprovechaba la marea alta o simplemente arrastrar los pies en la arena, para nadar en su mar amplio, apacible y turquesa donde se practican muchos deportes acuáticos.

Colán se encuentra a unos 58 kilómetros de Piura y a 15 kilómetros del puerto de Paita por la carretera que nos lleva a Sullana. A la playa se llega por la parte alta, cruzando los pequeños cerros de tierra y piedras coloradas, y desde donde se nos ofrece una vista majestuosa del litoral. Aquí se ubican los hospedajes, los restaurantes y las casas de madera sobre pivotes que miran el horizonte.

LA IGLESIA MÁS ANTIGUA
Alejada de todo ello se encuentra una de las mayores joyas que posee este balneario: su iglesia. El templo de San Lucas de Colán, construido por los dominicos Indalecio Astorga y Bonifacio Escoquis en 1536, es la iglesia más antigua del Pacífico Sur, como indica el cartel de madera en la entrada. Fue levantada en homenaje al apóstol San Lucas, el Evangelista, patrono del pueblo y cuya fiesta se celebra el 18 de octubre. Pocas veces he visto una iglesia igual. Aunque de estilo barroco, tiene algo de tierna y sencilla, sobre todo por su ubicación, alejada de todo, del mar, de las casas, de los cerros de colores y de la pista principal.

La iglesia fue construida con barro, piedra caliza y roca fosilizada de origen marino sin enlucir, gran parte extraída de los cerros que rodean la playa. Cuatro grandes columnas torneadas miran al mar y encuadran su fachada principal. Su interior de madera cobija esculturas de santos y vírgenes realizadas en cedro y roble.

Su altar también es de madera, tiene cuatro columnas salomónicas, el escudo nobiliario de los Habsburgo y está adornado con pan de oro que reluce con fuerza entre las sombras del templo.

San Lucas de Colán es de esas iglesias que conservan, de alguna manera, una densidad espiritual fruto del tránsito de los siglos, que las hace más silenciosas, más acogedoras y más admirables a medida que pasa el tiempo.

Me pregunto por qué los evangelizadores dominicos decidieron construir la primera iglesia de América del Sur en este lugar y deseo tener una máquina del tiempo para regresar a 1536 y ver el Colán, habitado por pescadores tallanes mirando sorprendidos cómo se levantaba un templo de piedra frente a uno de los atardeceres más bellos de la costa peruana.

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