VIDEO: el Manu, un viaje al corazón de la selva... y de la paciencia

Acostarse temprano, madrugar y saber esperar es clave en esta travesía única en la que flora, fauna y paisaje deslumbran a sus visitantes. Cumplirá 40 años como parque nacional en el 2013

(Foto: Reuters / Video: elcomercio.pe)

ALFREDO ESPINOZA FLORES (@alfred_espinoza)

La shushupe está cerca y lo está mirando. Lo observa con detenimiento mientras cruza el sendero. Él, perplejo, estupefacto, pero maravillado por el avistamiento de un “animal de colección”, siente cómo el tiempo se detiene frente a sus ojos. Se detiene, pero ella sí se mueve apenas a medio metro, con toda la paciencia del mundo, como un amo de la selva que deja en claro quién manda. Veinte largos minutos y desaparece. Ese día la víbora de 3 metros de largo no tenía hambre. Él sonríe extasiado. Ha descubierto in situ que la Lachesis muta, una de las serpientes más venenosas del mundo, no te persigue hasta matarte cuando la ves, como decía la gente local. Al menos, no siempre. No esa vez.

El Manu es un lugar de sorpresas. No porque te vayas a encontrar con un animal que nadie haya visto antes, sino por el asombro de mirar lo que solo habías visto en imágenes: el huraño tapir, el majestuoso jaguar, las tiernas nutrias gigantes, los temidos caimanes e innumerables especies de aves son solo algunos de los animales más llamativos de este parque nacional. En el suroriente del Perú, partiendo del Cusco hasta Madre de Dios, más de millón y medio de hectáreas protegidas para deslumbrarse con lo más bello de la naturaleza. Animales en estado salvaje, paisajes únicos.

AVENTURA AL AIRE LIBRE
Tienes que olvidarte por unos días de las comodidades. Y no la vas a pasar mal. Desde el aeropuerto de Madre de Dios, dos horas y media hasta el poblado de Santa Rosa para cruzar en 15 minutos el río Inambari con un bote y llegar a Puerto Carlos; y finalmente varias horas por el río Madre de Dios hasta el lodge escogido. Solo llegar ya es una aventura. Pero lo mejor está recién por empezar.

El río Manu es el conducto perfecto para divisar toda clase de aves: cigüeñas, gansos, perdices, tucanes, loros, búhos, mariposas que nunca has visto y mucho más. “La biodiversidad es increíble en esta zona”, dice William Huamán, guía desde hace siete años en el parque fundado en 1977.

El espectáculo más significativo quizá sea el de la collpa de guacamayos. Primero una caminata de 20 minutos de trocha y luego la espera. Este es un punto clave en el viaje: saber esperar. Pueden ser minutos u horas. Para ello hay un escondite especial, camuflado, y es importante tener buenos binoculares. Los oyes a lo lejos, poco a poco, llegando en grupos de 2 ó 3. Agitando sus coloridas alas, se posan en los erosionados bancos de arcilla, a veces junto a loros y periquitos, y uno no puede hacer más que admirar la naturaleza en todo su esplendor.

Ir al Manu para ver aves es una actividad bastante común. Los ‘birdwatchers’ llegan de todas partes del mundo –“es raro ver turistas peruanos”, reconoce William- y cada uno tiene su historia. Como John Karzt, un biólogo inglés que a los 7 años coleccionaba tarjetas que venían en los paquetes de té. Como esas en las que aparecen jugadores de béisbol, estas eran de aves. Una en particular llamó su atención: el gallito de las rocas. 58 años después por fin llegó al Perú para cumplir su sueño. A sus 65 años era otra vez un niño. “Si hay que estar todo el día buscándolos, no me importa. Si es necesario no comemos”, le dijo. Estaba ahí, en el bosque nublado, su hábitat natural. Eran 15, específicamente en el llamado LEK, la fiesta de apareamiento, el lugar donde los machos se reúnen para danzar y cantar para las hembras. Él lloraba y reía.

EN LA COCHA LA VIDA ES MÁ SABROSA
A bordo de un catamarán, el amanecer te saluda de la manera más espectacular posible. La embarcación es propicia para ver al ras del agua y observar así a las tímidas nutrias gigantes. Es vital no perturbarlas: el estrés puede hacer que no produzcan leche para sus crías y es una especie en peligro de extinción por la exportación de su piel.

Allí, quietas, se puede ver cómo se mueven en grupos, sigilosas y precavidas. También juguetonas. Inspiran ternura. Por eso resulta penoso e indignante cuando a uno le cuentan que los machos deben salir de su lago en busca de uno vacío y solo si lo encuentran esperan a la hembra y es hasta una cuestión de suerte que se reproduzcan concebir la caza indiscriminada de este animal. Se calcula que actualmente hay un promedio de 1.200 en la zona.

Alternar entre la cocha y el río resulta perfecto para seguir divisando animales y observar su comportamiento, nada comparable al que uno ve en un zoológico, allí entre rejas. Las familias de ronsocos saliendo del río y caminando bajo el sol y desapareciendo a la distancia; los temidos caimanes a las orillas deslizándose rápidamente. El jaguar no aparece, pero William asegura que una vez vieron uno cerca de Santa Rosa. El Sol se esconde tiempo después de que la Luna ya se posa sobre el cielo. La noche es hermosa. Pero para aprovechar al máximo la estadía, es recomendable acostarse temprano y madrugar siempre. A veces en cabañas y más adentro del parque en habitaciones que son prácticamente mosquiteros. Se duerme con el soundtrack de la naturaleza.

LA ESPERA INFINITA Y EL REGRESO PROMETIDO
La espera desespera, pero la paciencia suele ser gratificante. No todos tienen esa virtud, claro está. No la tuvieron los productores de un reconocido canal de cable internacional que cogieron una serpiente de una universidad de Lima y la llevaron hasta el calor de la selva para hacer creer a los televidentes que habían hallado una de manera fortuita. Lo mismo se hizo en un antiguo documental nacional con un animal disecado, según cuentan habitantes de la zona.

Expectativa y suerte. Solo así te cruzas con hormigas gigantes, monos uno más raro que otro por las mañanas en infinitos grupos encima de tu cabeza, arañas de todo tipo en la oscuridad, un búho camuflado que huye apenas siente que alguien lo ve, una familia de sajinos corriendo a los alrededores.

El telón de fondo es el tapir, un animal raro de nariz larga, ojos y orejas pequeñas y de unos 270 kilos. William lo describe como un animal “relativo a los caballos, que parece más un rinoceronte”. Para verlo, hay que caminar alrededor de una hora y media solo de ida y ya caída la noche, por lo que hay que estar siempre atentos a lo que sucede a los costados y a las pisadas. Luego hay que dormir. Sí, dormir en una plataforma especial, totalmente quietos y completamente a oscuras, mientras el guía observa atento para avisar el momento de su llegada. Pueden ser minutos u horas.

Esa noche, la luna llena jugó una mala pasada. Los tapires le temen y nunca aparecieron. Como una mala jugada del destino, sí lo hicieron otro día cerca al lodge pero en horas de la madrugada. Así es la selva, impredecible. Acaso una invitación para regresar sin pensarlo dos veces. Para volver con la misma ilusión… y la misma paciencia.

DATOS
El Manu cumplirá 40 años como Parque Nacional en el 2013.
Se calculan 3.500 especies de plantas, 160 de mamíferos, 140 de anfibios y 210 de peces.