Vive La Candelaria: La fiesta inolvidable

La ciudad de Puno tiembla en febrero por la Mamita Candelaria, la virgen morena más querida del Altiplano peruano

Vive La Candelaria: La fiesta inolvidable

Las matronas de la Confraternidad Morenada Orkapata danzan enarbolando matracas en forma de botellas de whisky. Esta agrupación se presenta desde 1956.

Vive La Candelaria: La fiesta inolvidable

Este 2014 se cumplieron 58 años de la Candelaria.

Vive La Candelaria: La fiesta inolvidable

La presencia de la mujer ha ganado mucho espacio en los últimos años y ha sido determinante para que la fiesta sea más dinámica.

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un traje comp leto (vestuario y másca ra) puede costar más de dos mil soles.

Los hoteles doblan sus precios y aún así están llenos cuando se celebra la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Todo el color que le falta a la monocroma ciudad de Puno aparece con los primeros danzantes. La misma fiesta, celebrada en época de lluvias, connota un desafío a la naturaleza, una reafirmación de la civilización ante las agrestes fuerzas que la rodean. Y es que la fiesta ha saltado “del campo a la ciudad, de lo indio a lo mestizo”, como dice el poeta José Paniagua.

DEVOCIÓN

Se supone que el dos de febrero es el día central, porque ese día se celebra el nacimiento de esta virgen en una cueva de las islas Canarias; que tiene el nombre de Candelaria porque llevaba una vela en la mano izquierda y al niño Jesús en el brazo derecho. Esa fecha se celebra la festividad católica mediante una procesión que recorre las calles de la ciudad exactamente cuarenta días después de la Navidad. Claro, no hay nada químicamente puro, pues la Virgen de la Candelaria no está en la catedral sino en la iglesia San Juan Bautista (los evangelizadores españoles llamaron así a los templos para indios), ubicada en el parque Pino.

Pues bien, este domingo dos de febrero, con retazos de sol, y amagos de lluvia, la virgen chiquita y acholada, que en Oruro es también conocida como la Virgen Morena “mamita de socavón”, arrastra una muchedumbre de fieles seguidos por cofradías de choros, como un serpiente humana. Y las pizzerías cierran sus puertas con más respeto que miedo en el céntrico jirón Lima, pues desde el piso de arriba los empleados tiran pétalos de flores a la venerada imagen. Y los gringos se quedan con el tenedor a mitad de camino y se miran entre sí. Estas cosas ciertamente no suceden en Times Square.

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