Natalia Parodi: "Esa amiga que se desaparece"

A veces uno necesita aislarse y lo más valioso es sentir que los demás -aunque no lo entiendanrespetan y aceptan la decisión

Natalia Parodi: "Esa amiga que se desaparece"

Cuando era cachimba tenía un grupo de amigas con las que andaba de arriba abajo todo el tiempo. Un día una de ellas se sintió mal por un malentendido con nosotras, y se nos alejó. No entendíamos qué ocurría. No logramos conversarlo con ella porque nos evitó durante un tiempo. En esa época fue desconcertante, pero con los años descubrimos que había momentos en los que ella necesitaba aislarse y tiempo después se nos volvería a acercar, poco a poco.

Ya sea porque anda con otro grupo de amigos, porque la relación con el enamorado resulta tan absorbente que deja de frecuentarnos, o porque no quiere salir de su casa ni ver a nadie, todos tenemos al menos una amiga o amigo que a veces decide tomar distancia. Que de pronto se ha vuelto escurridiza y parece inaccesible.

Durante años he visto este tipo de comportamiento en algunos amigos míos y solía sentirlo como abandono, como falta de cariño. Me resentía. No entendía cómo era posible que habiendo sido tan cercanos de pronto, de la nada, ya no quisieran ver a nadie. Ni siquiera a mí, aunque no les hubiera dado motivos. No lo entendía, porque sentía que yo siempre estaba ahí para ellos. ¿Por qué no valorar eso?

Hasta que un buen día, hace unos años, yo necesité aislarme. No quise ver a nadie. No quería hablar. No quería salir de mi casa. Buscaba tiempo para mí. Tiempo en silencio. Tiempo sin nadie más. Y de pronto estaba yo en la otra orilla. Amigos y familiares me buscaban, me reclamaban. Y no podía recibirlos ni estar ahí para ellos. Incluso me declaré con derecho a sentirme no disponible, y muchas veces ni respondía el celular.

La última vez que alguien se alejó de mí así, fue una muy querida amiga que había recibido una dolorosísima noticia familiar. Cuando lo supe, la llamé. No contestó. Insistí varias veces, por teléfono y por correo. No obtuve ninguna respuesta. Sin saber bien qué hacer, al fin le escribí lo siguiente: «No sé qué es mejor para ti, si prefieres que deje de buscarte y te dé espacio, o si prefieres que te busque y te busque hasta que te encuentre». A los pocos días ella respondió: «No puedo hablar. Pero por favor no te rindas conmigo». Entendí el mensaje y no me rendí. Por momentos dejaba días o semanas sin escribirle ni llamarla y luego lo intentaba de nuevo. Durante algunos meses ella no respondió. Pero yo ya había entendido que mi presencia no le era indiferente. Hasta que se comunicó conmigo y me agradeció la paciencia de estar ahí, sin presionar. Y yo entendí y aprendí que a veces el espacio que una persona necesita no tiene nada que ver con los demás.

A veces uno necesita aislarse o simplemente no está en condiciones de dejar que nadie se acerque, y tampoco puede estar ahí para los demás. Es más grande la necesidad de calma, de distraerse, de no confrontar, quién sabe. Cada quien tendrá motivos distintos. Pero en esos momentos lo más valioso para ellos es sentir que aunque no los entiendan, los respetan y aceptan su decisión y la distancia que han decidido tomar.

Quizá entre adultos la amistad ya no se trata de reclamos ni de deberes ni de deberle nada a nadie. Simplemente es valioso cuando un amigo nos recuerda y le nace buscarnos, pasar tiempo con nosotros. Y cuando suceda que se alejen, serán buenos el respeto, la paciencia y el cariño; darles espacio para encontrar lo que están buscando. El tiempo hará lo suyo y después, sin resentimientos, volverán al reencuentro.

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