Natalia Parodi: "Tengo todo y nada me contenta"

"Hay mujeres y hombres que alcanzan un momento de sus vidas en el que las cosas parecen no calzar"

Natalia Parodi: "Tengo todo y nada me contenta"

Natalia Parodi (Foto: Miguel Carrillo)

Lorena está casada con un hombre bueno, tiene hijos hermosos y la han ascendido en el trabajo hace poco. Pero una tristeza angustiante la ha ido invadiendo. Nada parece llenarla.

Está desconcertada. ¡Se supone que lo tiene todo para ser feliz! Valora el cariño que recibe, la familia que ha formado, la estabilidad económica, y sin embargo… no resulta suficiente. ¿Dónde está esa alegría que había imaginado que tendría al llegar a este momento de su vida?

No quiere ser malagradecida. Evalúa su situación y se convence de que no tiene motivos para sentirse mal. «Hay tantos que padecen miserias», se dice. «Tengo suerte de estar rodeada de mis seres queridos y buena salud. No debería quejarme. ¡Son engreimientos! », concluye. Respira, se va al gimnasio, prepara un postre que a los chicos les encanta y se pone a organizar las siguientes vacaciones. «Ya se me pasará, es una tontería», y con toda la buena voluntad del mundo intenta cambiar de actitud. «Mente positiva», se alienta. Pero los días pasan y esa sensación de opresión en el pecho no desaparece. Una especie de ansiedad, como una pena con desgano que irrumpe en medio de su rutina y va aumentando.

Como Lorena, hay mujeres y hombres que alcanzan un momento de sus vidas en el que las cosas parecen no calzar. Se les hace difícil entender «Hice lo que debía hacer, he cumplido con lo que se esperaba de mí, ¿por qué este vacío?». Es como si hubieran vivido con una lista imaginaria en sus mentes, marcando con aspas todos los requerimientos de lo que implica armar una «buena vida».

Son personas que han obtenido logros y los han disfrutado. Personas que han enfrentado con valentía circunstancias difíciles de la vida. Pero de pronto se sienten atrapadas por lo que ellas mismas construyeron: cumplir con la familia, proveer lo que corresponde, ir, llevar, traer, ascender… y quizás distraerse un poco el fin de semana. Para arrancar todo de nuevo el lunes.  Corriendo sin saber a dónde van ni para qué.

¿Qué sucedió? Pasó que dejaron de escucharse. Probablemente desde jóvenes. Sin darse cuenta confundieron el ‘deber’ con el ‘querer’, sintiendo que debían ganarse la aprobación de otros cumpliendo expectativas ajenas. Y pasó el tiempo y se fue haciendo más y más difícil definir qué deseaban para sí mismas. 

Pensar en uno mismo puede volverse complicado. Quizás en el fondo es más sencillo dejarse llevar por lo que otros (o por lo que creían que otros) deseaban de ellas. Y creyeron que podían seguir así. El problema es lo que le pasa a Lorena: de pronto ya nada es suficiente porque algo en el interior empieza a protestar. Esa parte privada y honda que abandonaron.

Y continúa esa tristeza con angustia que no saben de dónde viene. Lo que hicieron, lograron, viajaron, vieron ya no los llena. Hasta se hace difícil gozar: la vida sexual disminuye o desaparece. La angustia abruma. Parece no haber salida. Pero la hay. Exige valentía pero se puede: hay que buscarse. Allí dentro, en algún lugar, está esa parte temerosa de desear, de hablar con su propia voz.

Una crisis así es una experiencia dura y maravillosa. No hay que renunciar a los logros, sino de encontrarse con esa parte desconocida de su esencia. No se trata de convertirse en otra persona o tirarlo todo por la borda. Se trata de escucharse. De descubrir ese talento no explotado, la sensibilidad desatendida, el deseo. Sentimientos a los que antes no prestaron atención. Con paciencia, cariño, tiempo y respeto a sí mismos y a lo que surja. Si te has sentido como Lorena, busca un espacio que ayude. O una mano solidaria. Quizás explorar con el yoga, meditar, intentar con las flores de Bach, el Reiki, la danza, el teatro, o quizás el psicoanálisis o la psicoterapia, o la terapia de arte. Buscar una ruta. Y que esta vez sea la propia.

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