Verónica Linares: "Lecciones para menores en una discoteca"

"Fui a una discoteca a los 13 y mis padres recién se enterarán. Ahora, adulta y con un hijo me pregunto cómo debo guiarlo"

Verónica Linares: "Lecciones para menores en una discoteca"

La primera vez que fui a una discoteca tenía 13 años. Estaba con una amiga en la casa de su prima y sucedió de manera muy casual. Ella tenía un enamorado que ya había cumplido 18.

Recuerdo que mi amiga se tuvo que ir. Al cabo de unas horas llegó el chico acompañado de un amigo. No había nada planeado y así salió la invitación. Yo estaba en short negro y una blusa color coral manga cero. Que lo recuerde con tanto detalle hasta hoy, creo que revela cuán importante fue aquella noche en mi vida.

El local estaba dentro de un club. Abrían por las tardes y hasta la medianoche. Eran las 7 y decidimos ir, cada pareja en un carro. Mi acompañante no estaba mal pero me parecía muy ‘grande’. A esa edad mis amigos del colegio eran casi púberes que para divertirse acostumbraban sacarme la silla cada vez que quería sentarme. Estos chicos eran distintos: vestían con camisa, tenían brevete y pagaban la cuenta. No solo se trataba de mayores de edad, sino que se las sabían todas. ¿Me entienden?

Nos sentamos en una mesa alta y conversamos los cuatro. Aún a esa edad, una se da cuenta cuando un muchacho está interesado en ti. Y eso no me hacía sentir bien. Aunque yo parecía mayor y actuaba relajada, estaba simulando para no pasar roche. Estaba incómoda ante este chico que me hacía sentir como un plato de comida a punto de ser devorado por un hambriento. Cuando bailamos fue peor.

En ese entonces todavía se bailaban las canciones ‘lentas’ en una discoteca. De pronto estaba bien apachurrada y tenía al jovenzuelo hablándome al oído. Cuando terminó la canción me fui al baño. Estaba temblando. Solo buscaba un refugio. Ni siquiera quería ver a la prima de mi amiga, pero ella entró a buscarme. Yo seguí en mi pose de agrandada y le dije que su ‘pata’ no me gustaba y que no me regresaría con él de ninguna manera. Es más, creo que dije algo como: «Ag, qué feo». Ella insistió en su papel de Celestina. Yo me excusé aduciendo que era tarde, que en mi casa creían que estaba con una amiga y que tenía permiso hasta las 10 de la noche. Nunca más volví a verla a ella, a su novio ni a aquel chico. Fue la primera vez que intentaron seducirme.

Si mis papás leen esto, recién se enteran de aquella aventura juvenil. Hay travesuras que caducan con el tiempo y creo que después de tantos años esta es una de ellas. En realidad, son varias las que ya expiraron. Mi mamá debe estar diciendo: «Ay, Verónica, siempre has hecho lo que te ha dado la gana». Mi papá estará sorprendido con los ojos bien abiertos, tal vez sintiéndose culpable. Los dos estarán pensando que esto los deja mal como padres. Yo creo lo contrario: me enseñaron a vivir.

Ahora, ya adulta y con un hijo de un año, me pregunto cómo educarlo. No quiero volverlo un ser dependiente. Tampoco un libertino. Cómo hago para que sea libre y a la vez responsable. Qué difícil hacer que tenga ‘calle’ sin que se pierda. Cómo enseñarle a reaccionar cuando tenga miedo y no parezca un miedoso. Cómo le explico en qué momento hay que decir que no. Cómo hacerle entender que los hombres y las mujeres somos diferentes, pero que uno no es más ni menos que el otro. Espero ir aprendiendo en el camino. Hasta ahora solo sé que a mis papás debo decirles: gracias.

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