Verónica Linares: "La tía Olga"

Era la tía más familiar: estaba siempre atenta de lo que pasaba con cada uno de sus sobrinos

Verónica Linares: "La tía Olga"

Se casó a los 15 años, con su primer enamorado. Al poco tiempo salió embarazada. Nunca le pregunté si esa fue una época difícil porque yo la veía tan segura de sí misma, dirigiendo sus empresas de vigilancia y limpieza que no me pasaba por la cabeza pensar que llorara por la depresión posparto o por el dolor de pezones al dar de lactar. Ahora que he pasado por esas dos etapas, hecha un valle de lágrimas, imagino lo duro que debe haber sido para ella siendo aún una adolescente. Pero bien dicen que los golpes o te vuelven un pusilánime o un combativo. Ella era una guerrera.

Hace cincuenta años no era tan escandaloso casarse a los 15 años, pero sí lo era divorciarse. Yo no la recuerdo casada, así que debe haberse separado cuando su menor hija era muy pequeña. Para mí siempre fue una empresaria exitosa.

Mi papá me cuenta que siempre fue la más chancona de los cinco hermanos. Que se levantaba a las cinco de la mañana a estudiar la lección del colegio. También era la más familiar: estaba siempre atenta de lo que pasaba con cada uno de sus sobrinos. Incluso de nosotras, que no vivíamos en Arequipa.

La Navidad más triste para mi familia la pasamos con ella. Habíamos tenido unos problemas económicos que nos llevaron a vivir a su oficina de Lima. Ella estuvo a nuestro lado haciendo la cena: un pavo encorbatado sazonado con mostaza, delicioso. Nos hizo sentir importantes.

Además, se fajó con algunas cuentas de la universidad de mi hermana que aún no terminaba de estudiar Derecho. Y cuando las cosas mejoraron y alquilamos una casa, ella nos ayudó a amoblarla. No teníamos nada.

En el 2003 nos reencontramos en Estados Unidos, ella vivía en Savannah y viajó hasta Florida para verme. Era una tía orgullosa: la comunidad peruana me entregaba el Tumi de Oro. Poco tiempo después recibí la noticia de que también era una mujer desahuciada a causa del cáncer.

Fui a una cabina y conversamos por teléfono. No lo podía creer. Ella estaba cansada, casi no podía hablar, pero mi papá me dijo que estaba terca por saber de sus sobrinas de Lima. Yo había empezado a conducir un noticiero y estaba interesada en saber cómo me iba.

Todos los hermanos viajaron. Yo no podía creerlo.

Mi hermana, mi mamá y yo lloramos mucho al recibir esa llamada que nunca quieres recibir. Sentadas en los muebles que ella nos había regalado –ahora con otro tapiz– nos preguntábamos una y otra vez: ¡¿por qué?! Era tan sana, nunca fumó un cigarro ni tomó licor. Comía tan sano. Se cuidaba mucho.

El domingo pasado prometí ir a visitarla y no pude cumplir. Ella está enterrada en Atlanta, a donde llegué para que un médico viera a Fabio. Vine por una semana y me quedé dos. El doctor dijo que había que operarlo. Justo el día previo a la operación, Fabio amaneció con fiebre. No sabíamos qué tenía y preferimos no salir. Si no se operaba, tendría que postergarla por meses porque no me iba a atrever a pedir una semana más de vacaciones.

Discúlpame, tía. Quería pedirte en persona que cuides a mi hijito como hiciste con Sofi y conmigo en los momentos más difíciles. Pero compruebo otra vez que en el cielo las cosas no cambian. Sigues siendo la tía amorosa y dedicada que lo entregaba todo sin esperar nada a cambio. No esperabas ni siquiera que pidiéramos auxilio y ahí estás siempre: me mandaste a dos guardianes espectaculares, tus dos hijos, que han sido soporte no solo para Fabio, sino para mí y mi esposo en esta loca odisea en Estados Unidos. Gracias, tía, mañana volamos a Lima con mi hijito a salvo.

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