Elda Cantú: Beyoncé y la infidelidad

«Beyoncé hizo de su rabia un motivo para hacerse mejor, más fuerte, más popular y más adinerada», dice Elda Cantú.

Elda Cantú: Beyoncé y la infidelidad

«A través del álbum, Beyoncé nos lleva de la decepción a la ira a una tranquila calma», escribe Elda Cantú.

Beyoncé le sacaron la vuelta. Su esposo, el padre de su hija, le ha sido infiel.  En eso, Beyoncé es igual a tantas. Pero la diva del pop es distinta a la mayoría, porque ha convertido ese drama tan vulgar, ese dolor, esa rabia en un motivo para hacerse mejor, más fuerte, más popular, más adinerada. 

A la vista de todo el mundo. Mientras escribo esto, hay ocho millones y medio de páginas de Internet que están hablando sobre la diva del pop y “Lemonade”, las doce canciones y los doce videos en los que ha convertido el trance amargo de descubrir que tu chico se ha ido con otra (aunque sea un ratito, aunque siempre vuelva a dormir contigo, aunque sea un buen padre).

A través del álbum, Beyoncé nos lleva de la decepción a la ira a una tranquila calma. El título lo tomó de las palabras de la abuela de su marido que al celebrar su cumpleaños número noventa dijo: “Me sirvieron limones, pero hice limonada”. El resultado es a la vez conmovedor, inquietante y espectacular.

La juventud nos hace creer -erróneamente-  que somos inmunes a ese destino de “señoras cultas, de situación acomodada, que se rompían como juguetes en manos de hombres que no les prestaban atención (...). Yo quería ser distinta, quería escribir historias de mujeres con recursos, mujeres de palabras invencibles (...). Era joven y tenía ambiciones”, según escribe Elena Ferrante en ‘Los días del abandono’.

Más adelante, el mismo personaje de Ferrante, ahora una mujer adulta, dice: “No hagas como ‘la pobrecilla’, no te consumas en lágrimas. Evita parecerte a las mujeres rotas de aquel famoso libro de tu adolescencia”. Se refiere, en ambas citas, a “La mujer rota” de Simone de Beauvoir. Puede que no seamos inmunes y que el tiempo y la edad nos vayan enseñando lecciones amargas, pero en lo que sí podemos -y debemos- perseverar es en la ambición.

 

 

 

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