Katya Adaui: "Mi abuela Margherita"

Desde mucho antes de envejecer ya era una anciana. No esperaba algo asombroso, parecía defenderse de la vida.

Katya Adaui: "Mi abuela Margherita"

Ilustración de Carlos Chung

Por Katya Adaui

Mi única abuela murió cuando yo tenía 16. No me lo contaron apenas ocurrió para postergar lo irreparable. Que inútil fue ese silencio. Yo ya lo sabía. Tuve que ir al colegio, soportar las horas. Fue la primera muerte.

Cuando nací, la nonna Rita tenía 76 y usaba bastón. Desde mucho antes de envejecer ya era una anciana. No esperaba algo asombroso, parecía defenderse de la vida. Sus brazos eran breves, no le gustaba que la tocaran mucho.

Vestía faldas oscuras de tela gruesa. Nunca la vi en pantalón. Cuando era dura, era durísima; disparaba las palabras, como desde una catapulta. Luego me conmovió saberlo: en la Primera Guerra Mundial tuvo que cavar tumbas, y en la Segunda Guerra Mundial, soldados nazis la amenazaron con partirle la lengua contra una piedra por escucharla hablar italiano. Su historia no fue de migración, sino de huida. De Italia a México, de México a Bolivia y de Bolivia a Perú.

Vivió entre La Victoria, Pueblo Libre y Santa Clara, cuando «todo esto eran chacras». Nunca Más Viajó.

Yo era la flaca endemoniada. Así me llamaba porque corría todo el día, jugaba con barro y siempre andaba con jean. Cuando me veía con la cara pegada a un libro, me tocaba la barbilla con el bastón y me decía: alta con la testa. La nonna tenía un don especial para regalar lo que le regalaban, envuelto en otro papel.

Su mejor amiga era la vecina de enfrente. La señora Portugal. Ella la visitaba todos los días. Mi nonna odiaba la palabra comadre. Jugaba solitario, una al lado de la otra.

Le robé con meticulosidad todo cuanto pude. Estampillas, billetes antiguos, botellas de Guaraná, camafeos. La nonna era una coleccionista.

Con los aprendizajes de casa, el carácter de mi madre y su modo de relacionarse fueron como un ‘deja vu’ (de la infancia no nos recuperamos nunca). Me contaba con terror que cuando la dejaban sola en la chacra de Santa Clara, la nonna le daba la escopeta y decía «Si alguien entra, tu disparas». No toleró su divorcio de un italiano y que se casara años después con mi padre, porque era árabe y también divorciado. La insultó y le cerró la puerta. O se acostumbró o aprendió algo porque llegó a quererlo. Si este rechazo hubiera durado para siempre, quizá yo no estaría escribiendo esto.

Una escena repetida: en cada reunión, la nonna Rita preparaba una deliciosa algarrobina y una chicha terrible. Una sola mazorca se hundía en el balde de un violeta cadavérico. Para que los nietos pudiéramos disfrutar media copa de algarrobina, teníamos que soportar el larguísimo vaso de chicha. Todos en fila, haciendo doble cola. Vieja tortura que extrañábamos.

Un misterio: la foto de una familia desconocida irrumpió alguna vez entre nuestras fotos. La nonna nos lucía en una vitrina que mantenía actualizada. «¿Y ellos?¿Son parientes de otro país?», le pregunté. Me dijo: «Esa foto vino de casualidad entre las mías. La voy a dejar aquí porque me gusta que todos salgan sonriendo». Mucho más tarde comprendí que la nonna Rita, como cada uno de nosotros, deseaba en secreto.

 La recuerdo tanto como la olvido. Miedo de la irrealidad de su voz. No tengo un solo gesto completo. No voy a idealizar. Hay sombra hay luz.

Le heredé un mantel blanco con cuadrados azules. Lo uso de cortina en las mudanzas.

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