Mariana de Althaus: "Un novio que se parezca a papá"

Hoy los padres que se comen el pleito de la crianza la tienen más difícil.

Mariana de Althaus: "Un novio que se parezca a papá"

Mi hija me dice: «Cuando yo sea grande y tenga un bebe, lo voy a tener con mi papá». Cuando le explicamos que eso no es posible, agrega, resuelta: «Bueno, entonces buscaré un padre que sea idéntico a él». Desde niñas, las mujeres perfeccionamos una adoración incondicional hacia nuestros papás, lo que los psicoanalistas llaman una relación edípica positiva. Es decir, deseo hacia el progenitor del sexo opuesto, y rivalidad con el progenitor del mismo sexo.

O sea, por más que yo me saque la mugre para ser la mejor mamá del mundo, el papá de mi hija siempre me llevará kilómetros de ventaja en su lista de valoración. Acepto mi condena con resignación, puesto que yo he hecho siempre lo mismo: mi papá es lo máximo y quien se atreva a criticarlo en mi presencia sale rasguñado.

En cambio, la pobre de mi madre no ha conseguido moverse del banquillo de los acusados jamás. Por más sacrificios, renuncias y desvelos que realice una madre, difícilmente alcanzará las condecoraciones que obtiene el padre sin demasiado esfuerzo.

Más allá de las explicaciones psicoanalíticas, en el mundo en el que yo crecí, el papá casi nunca es ese pesado que te persigue en las mañanas para que tomes el jugo, ni el que te atrapa en la puerta de la casa para que no salgas sin chompa, ni el que te llama de adulta cuando estás ocupada para preguntarte cómo te fue en el trabajo. El papá es ese señor guapo, poderoso y juguetón que no anda metiendo las narices en tus cosas. El papá no espera gran cosa de ti, solo contempla a su hermosa niña con una sonrisa. ¿Cómo no va a ser adorable?

Pero hoy, así como las madres nos exigimos mucho (trabajar y ser buenas mamás a la vez), los padres también la tienen más difícil. El macho proveedor con el que antes nos contentábamos ha sido reemplazado por el nuevo papá: un hombre trabajador que a la vez es empático y conectado con su familia. Es decir, un padre al que cuando regresa del trabajo le pedimos que sea capaz de ayudar a sus hijos con las tareas, darles de comer, bañarlos y acostarlos, y –cuando estos se han dormido–, conversar con su mujer.

No sé si estos nuevos padres que se comen el pleito de la crianza lograrán el edípico amor incondicional de sus hijas sin atenuantes, ni si terminarán en el banquillo de los acusados como nosotras. Pero admiro a estos señores que se han atrevido a modificar su rol tradicional y se involucran más en la crianza, que les permiten a sus hijos crecer mirando una masculinidad más compleja, rica e integrada. Ojalá que sus hijas sigan pensando en casarse con un hombre como ese.

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